
Una mujer cuidaba a adultos con discapacidad intelectual. Con un compañero de trabajo tenía un juego: fotografiarse haciendo lo contrario de lo que ordenaban los letreros, fumar bajo un «prohibido fumar», gritar donde pedían silencio. En el Cementerio Nacional de Arlington había uno que exigía «silencio y respeto». Posó junto a él fingiendo un alarido y con el dedo medio levantado. Subió la foto a Facebook y la olvidó. Tiempo después, estalló. La turba leyó una profanación donde sólo hubo una broma privada entre dos. La despidieron, y vinieron meses de desempleo y de quebranto. Nadie preguntó qué quiso decir; importaba lo que parecía decir. Antes este castigo se aplicaba en la plaza del pueblo, a la vista de todos. Hoy lo aplicamos nosotros, cada uno desde su teléfono. Lo hacemos sin piedad.







