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El futbol como tregua de la polarización

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Reflexión a partir de la columna «El Mundial, volver a creer», de Jorge Zepeda Patterson, publicada este miércoles en El País

Jorge Zepeda Patterson anuncia su elección desde la primera línea: esta vez escribe del Mundial por razones deportivas, sin política. El analista que suele dedicar su columna a la economía o al balance de la Cuarta Transformación pide, por una vez, licencia para entregarse a otra cosa. Y lo argumenta con una imagen ajena al fútbol: quien va a la ópera debe dejar en el guardarropa dos cosas, «el abrigo y el sentido común». Adentro reina una lógica propia, y la incredulidad sólo arruina la función.

Esa entrega tiene un precio reconocido. Miles de millones de personas cuelgan a sus selecciones esperanzas sin sustento, sabiendo que los antecedentes no las respaldan. A Zepeda no le importa: «qué más da». De ahí salen los héroes y los villanos que el torneo fabrica cada cuatro años: el gol que consagra a un jugador para siempre, como el de Iniesta, o el penalti fallado que vuelve irrelevante el resto de una carrera y habita después en las noches de insomnio de un delantero.

El columnista subraya una cualidad poco mencionada del Mundial: funciona como marcador de la memoria. Uno recuerda en qué ciudad estaba cuando Miguel Mejía Barón se negó a mover el banco y México cayó ante Bulgaria, o con quién compartió la indignación por el clavado de Arjen Robben que simuló un penalti en 2014. El torneo ordena el tiempo de los aficionados, y cada edición queda anclada a un lugar y a una compañía.

El recuerdo más fuerte de la columna es de Qatar 2022. Aquel Mundial coincidió con la Feria del Libro de Guadalajara, y el bar del hotel frente al Centro de Convenciones se volvió gradería. Zepeda describe a intelectuales y comentaristas políticos, gente que hace de la ecuanimidad un uniforme, convertidos en hinchas durante México contra Arabia Saudita. El tricolor necesitaba ganar por dos goles para avanzar, lo acarició unos minutos, y un gol saudí en el descuento lo dejó fuera. Lágrimas y botellas volcadas. Lo que el cronista destaca es quiénes las compartían: unos de izquierda y otros de derecha, doctorados en Boston junto a egresados de la UAM y el Politécnico. «La magia del fútbol», escribe, fue lo único capaz de borrar por un momento cuatro años de polarización y volverlos la misma tribu.

A partir de ahí, Zepeda plantea la rareza de fondo. Es una competencia hecha para perder. De los 48 equipos, uno será campeón y 47 terminarán derrotados, incluido el que deje la piel en la final. Llegar lejos, dice, es un «pobre y falso consuelo ex post». Lo ilustra con Croacia, un país de cuatro millones de habitantes, que en 2018 disputó la final ante Francia y la perdió por 4 a 2. Cita a un croata: durante unos días soñaron con ser los mejores del mundo en algo que todos deseaban, y la frase que rescata es la del hubiera, porque si hubieran ganado «nadie nos lo habría quitado».

La decisión llama la atención en este Mundial. Buena parte de la conversación previa insiste en la lectura política: el torneo en el país de Trump, el negocio de la FIFA, los precios y las sedes. Zepeda conoce ese terreno y lo transita a diario, y por eso su renuncia pesa más. Concede esos reproches y pide, aun así, una pausa para sentir lo que el análisis no alcanza.

Zepeda cierra con una declaración de intenciones. Que México sea anfitrión, admite, obliga a revisar méritos y deméritos del organizador, y eso lleva de vuelta a la política. Prefiere dejarle esa tarea a otros. Por esta vez renuncia a los males del mundo y al inventario de la Cuarta Transformación para entregarse a «la montaña rusa de ilusiones y desilusiones» que arrancó con el primer minuto del partido de este jueves, cuando México abrió el torneo en el Azteca ante Sudáfrica.

El valor del texto está en esa elección. Un columnista político decide hacer a un lado el análisis durante seis semanas y convierte esa renuncia en su tema. Reconoce la banalidad de la pasión futbolera y se entrega a ella de todos modos. Para el lector mexicano que estos días sentirá el mismo tirón, la columna ofrece una compañía honesta: la de alguien que sabe que la ilusión es injustificable y decide, aun así, volver a creer.

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