La carta arranca con una confesión: «estoy nervioso». Martín Caparrós le escribe a Juan Villoro desde Madrid, en la víspera del Mundial que abren Estados Unidos, México y Canadá. Los dos cronistas retoman «Un mundial de ida y vuelta», la correspondencia que iniciaron en Qatar 2022 y que el escritor argentino daba por cerrada para siempre. Por entonces le habían diagnosticado, cuenta, una enfermedad que le dejaba un futuro muy breve, y supuso que aquel sería su último torneo. Poder cartearse en éste lo describe como una de esas raras veces en que uno siente que le ganó «unos meses, unos metros» a lo inevitable. Esa circunstancia personal está presente en todo el texto, sin dramatismo, y le da a su escepticismo un peso distinto.
La forma importa. «Un mundial de ida y vuelta» es una correspondencia entre dos narradores mayores de la lengua, que escriben a la vez para el otro y para el público. Esa estructura, un argentino y un mexicano que se desean la victoria mutua sabiendo que sólo uno puede ganar, encarna en pequeño la misma contradicción que la carta examina: el afecto personal y la pertenencia nacional tirando en direcciones distintas.
El argumento de Caparrós parte de una cifra y una paradoja. El fútbol convoca a dos o tres mil millones de personas a pensar en lo mismo durante seis semanas, algo que, dice, sólo lograron las grandes religiones, y ninguna a esta escala. Pero el mismo espectáculo que une, separa. Hoy empieza lo que llama «el Gran Festival de las Patrias», y ahí está el centro de su incomodidad: él, que rechaza la trampa de la patria y considera que los países son una ficción para controlarnos, pasará las próximas semanas encerrado en esos límites, queriendo que gane Argentina, mientras imagina a Villoro deseando lo mismo por México.
De ahí la pregunta que ordena toda la carta: por qué le importa tanto que un millonario santafesino o cordobés metan «una bola de cuero en una red colgada de tres palos». El escritor admite que podría fabricar argumentos, alguno hasta elegante, y que ninguno respondería de verdad. Y duplica la perplejidad: a la tontería del fútbol se suma una peor, la de la patria. Querer que gane el país donde uno nació le parece un instinto bajo, y aun así lo confiesa sin coartada.
La carta cambia de registro cuando pasa de la introspección a la crítica. Describe el fútbol como un negocio de jeques y oportunistas que necesitan al espectador para que la vaca más sagrada siga dando leche. La sede lo confirma: el penúltimo Mundial bajo Putin, el último entre los jeques cataríes, éste en lo que el cronista llama «el circo macabro de Trump», con México y Canadá como anfitriones secundarios. De ahí el título de la pieza, un juego con el apellido del presidente de la FIFA, Gianni Infantino: la «infantinización» del fútbol nombra un modelo donde, sostiene, todo se explica por el dinero.
Las quejas tienen nombre concreto. Los precios de alojamiento y transporte, las «entradas uberizadas» que volvieron las tribunas un balneario para ricos aburridos e influencers, la paradoja de que jueguen Cabo Verde y Curaçao y no Baluchistán. Y un recuerdo más duro: en Qatar, para los cuartos de final, ya nadie hablaba de los obreros muertos construyendo estadios. Caparrós lo usa para una idea sobre la memoria, según la cual el ser humano se especializó en olvidar lo que debería recordar, y sospecha que en unos días nadie se acordará de Trump.
Y aun así. Cada Mundial empieza, observa, con la misma frase, éste ya no me importa, que él ha oído en los quince que lleva vistos y que siempre terminó desmintiendo. Al final, el escritor vuelve al tono de la carta privada: imagina a Villoro con la cachucha tricolor rumbo al Azteca, lo envidia, le desea que gane México. La última línea pone en duda todo lo anterior. Después de enumerar las razones para no entregarse, Caparrós afirma que el fútbol es, «al fin y al cabo, lo que importa», y agrega de inmediato: «¿O no?».
Esa duda resume la carta. Caparrós convive con la contradicción en vez de resolverla: sabe que el fútbol es una minucia administrada por gente impresentable y lo quiere igual. Para el lector mexicano, que estos días verá el Azteca abrir el torneo y sentirá el tirón de la cachucha tricolor, el texto ofrece permiso para disfrutar sin ingenuidad, sabiendo quién cobra la entrada y por qué, y preguntándose, con el argentino, por qué le importa tanto algo que sabe tan menor.







