En el quinto y último capítulo de su encíclica, León XIV retoma, por enésima vez, la doble lógica expuesta por San Agustín en “La ciudad de Dios”, la cual va adquiriendo diferentes configuraciones a lo largo de la historia y, en estas primeras décadas del tercer milenio, por un lado como una cultura del poder y, por el otro, hacia una civilización del amor.
La lógica de la cultura del poder se muestra ―como se expuso en la colaboración anterior― cuatro ámbitos principales: la normalización de la guerra; la persecución de un poder militar cada vez mayor; la crisis del multilateralismo y un supuesto realismo político.
La lógica para una civilización del amor ―que, a diferencia de la lógica de la cultura del poder no tiene la misma penetración en la sociedad― ante todo, no ha de ser vista como una utopía ingenua, sino como un proyecto exigente y consiste “en traducir la caridad en estructuras de justicia, en dar cuerpo institucional a la fraternidad y en considerar al otro ―ya sea persona o pueblo― como un aliado necesario para la construcción del bien común”.
En el caso concreto de los procesos tecnológicos en general y de la IA en particular, el proyecto de la civilización del amor “debe servir para edificar esa familia humana universal, con derechos y deberes compartidos, donde la proximidad digital se convierta en una ocasión real de encuentro y de cuidado recíproco”.
Antes de pasar a enumerar algunos de los principales componentes del proyecto de la civilización del amor, reitera que “la construcción de un mundo en estado de beligerancia permanente [como el nuestro] es un mal, y hay que llamarlo por su nombre”. Pero también subraya que la perspectiva cristiana no se agota en la denuncia del mal, ni interpreta el presente como un destino cerrado y tiene la convicción ―a la luz de la historia del Crucificado-Resucitado― que la fuerza del Reino de Dios y del proyecto de la civilización del amor, se desarrolla a partir de la pequeñez semejante a la de un grano de mostaza, o como una semilla que una vez sembrada, brota y crece silenciosamente.
Esa perspectiva cristiana es capaz, entre otras cosas, de reconocer “hombres y mujeres capaces de no resignarse y de perseverar en el bien: personas que protegen a los frágiles y abren caminos de reconciliación”.
Un primer elemento clave para la construcción de la civilización del amor consiste en resistir la tentación sutil de pensar que los problemas son demasiado grandes y nosotros demasiado pequeños y en convencerse de que cada uno de nosotros dispone de un ámbito propio de acción y ahí está llamado a elegir si alimenta la lógica de la fuerza o la lógica de la paz.
El segundo elemento que posibilita la construcción de la civilización del amor consiste en “desarmar las palabras” ya que su poder es enorme. Por ello, todos debemos “hacer un examen de conciencia sobre las palabras que usamos, sobre los prejuicios de los que están impregnadas y sobre la agresividad, abierta o encubierta, que las motiva”.
Construir la paz con justicia es el tercer elemento que posibilita la construcción de la civilización del amor porque la paz que es uno de sus elementos clave no se limita a “una ausencia de conflicto a cualquier precio, sino […] que nace de la justicia, ya que ―como lo dice S. Juan Pablo II en su Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de 1998― “hay una estrecha relación entre la justicia de cada uno y la paz de todos”.
Asumir la mirada de las víctimas, señala “Magnifica Humanitas” es el cuarto constituyente de una civilización del amor ya que “no basta pensar en no ser cómplices”, sino que “debemos ‘tocar la carne’ de quienes sufren; mirar los rostros, escuchar las historias, reconocer las heridas” “cuando nos enfrentamos a bombardeos contra civiles, ataques contra hospitales, escuelas o infraestructuras vitales, a abusos que afectan a los niños…”.
Un sano realismo “que evite tanto el idealismo político como el cinismo” se requiere también en la construcción de la civilización del amor ya que, por un lado “existe un idealismo que, para salvar su propia visión del mundo, selecciona los hechos, los manipula, los renombra y termina habitando una realidad construida a la medida de sus propias convicciones [y] por otro lado, existe también un realismo degradado que confunde la constatación con la resignación: dado que la fuerza domina, concluye que debe dominar”. Un sano realismo, afirma, “no renuncia a cambiar el mundo: comienza por ver con claridad los intereses, los miedos, las limitaciones y las relaciones de poder, precisamente para calcular qué es posible lograr y con qué pasos. No reduce la política a la moralidad, pero tampoco la entrega a la violencia: busca modos viables para que la paz sea más que una palabra, es decir, instituciones creíbles, garantías verificables, negociaciones pacientes, prevención de conflictos y protección de los civiles”.
Asimismo, para construir la civilización del amor es indispensable “relanzar el diálogo”, porque “es el principal instrumento de la convivencia entre las personas y los pueblos, y es la alternativa al conflicto abierto”. “Se trata de adquirir una actitud para construir lazos de fraternidad, hechos de escucha, de miradas sinceras, de tiempo dedicado, incluso de tiempo perdido juntos”. Que este elemento es clave en la construcción de la civilización del amor, se evidencia en el llamado “a quienes tienen el honor y la responsabilidad de gobernar”, en el que, entre otras cosas, les recuerda “que los pueblos quieren la paz” y les grita: “¡encontrémonos, dialoguemos, negociemos!” exhortándoles a rechazar “las visiones maniqueas típicas de los relatos violentos, que dividen al mundo entre buenos y malos”.
En esa misma línea del diálogo como elemento indispensable para construir la civilización del amor, León XIV hace hincapié en la necesidad de la diplomacia y del multilateralismo “frente a las comunicaciones impulsivas, las retóricas agresivas y las lógicas de poder que marcan nuestro tiempo”. Y, de nuevo, muestra la relevancia de este elemento al afirmar que las organizaciones internacionales, en particular la ONU, siguen siendo instrumentos esenciales para promover una civilización del amor y apoyar el diálogo entre las naciones, no obstante que requieran “reformas profundas”.
Concluye el capítulo ―y el cuerpo todo de la encíclica― recordando que, para los cristianos “la paz es un don entregado por Jesús a sus discípulos el día de la Pascua […] una paz desarmada y una paz desarmante, humilde y perseverante”…







