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La rara compensación de la derrota

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Reflexión a partir de la carta «Efectos de contraste», de Juan Villoro, publicada el 5 de julio de 2026 en El País, dentro de la serie «Un mundial de ida y vuelta»

Luis Villoro le escribe a Martín Caparrós con la herida fresca de la eliminación. México dominó a Inglaterra y aun así perdió, 2-3, en un desenlace que el cronista descompone con lucidez. Tras cuatro victorias sin encajar gol, dice, la defensa mexicana no supo resolver los contragolpes verticales, y los dieciséis remates del equipo no alcanzaron para igualar el marcador, porque el ataque fue previsible, centros a un área que los ingleses dominaban. Frente a la Argentina «demasiado segura» que le describió Caparrós en su carta, Villoro coloca el complejo opuesto, el de una selección a la que «le costaba creer en sí misma». Reconoce el mérito de Javier Aguirre, que armó un equipo competitivo cuando parecía imposible, pero el sueño, escribe, «terminó con un baño de pragmatismo».

La paradoja del partido la resume en una imagen inglesa. Inglaterra hizo muy poco, tanto que el portero Rangel apenas trabajó, y sin embargo encajó tres goles. Los ingleses, dice Villoro, «maestros de las novelas de cozy crime, saben dosificar su veneno». El público arropó al equipo con un estruendo formidable y abucheó a Infantino cuando apareció en la pantalla; «gritamos», escribe Villoro, «como si la táctica dependiera de la garganta», aunque la flemática Inglaterra, con Harry Kane maniatado, encontró igual el camino.

Del duelo pasa a una estadística que consuela y asusta a la vez. La alegría futbolera, cuenta, hizo que los delitos bajaran un 33 por ciento, y por eso «da miedo volver a la realidad». De ahí una idea que ordena media carta: todos pensábamos que el torneo sería un desastre, por los traslados, los climas, la altura, los precios de delirio y las maniobras de la FIFA, y sin embargo «el futbol tiene anticuerpos contra los virus que pretenden liquidarlo».

Para explicar esa resistencia, Villoro construye su mejor metáfora, una lectura del Mundial a la luz del Fausto de Goethe, pero al revés. La obra empieza en el cielo y luego llama al Diablo; el torneo, en cambio, va «del infierno de los preparativos al paraíso en la hierba». Mefisto, escribe, hizo de las suyas en las reuniones con Trump y en la venta de boletos, «repartió los partidos con machete», gran tajada para Estados Unidos y migajas para México y Canadá, y luego se sentó a mirar su obra. El Mal sigue ahí, «como una marca de agua en la pantalla», pero lo que importa son «los hechizos creados con los pies».

De esa premisa nace el título y la tesis. Hubo partidos de enorme voltaje emocional, recuerda, como el Países Bajos-Marruecos o el Argentina-Cabo Verde, con grandes goles, e incluso un Portugal-Colombia que probó que un juego vibrante puede acabar 0-0, en ese caso «por cortesía del VAR». Los pocos partidos malos, propone, cumplen un «saludable efecto de contraste», porque el futbol también puede ser horrendo. Su ejemplo es feroz: un niño que debutara como espectador ante el Francia-Paraguay «puede vacunar de por vida contra la fiebre del balón».

Ese Francia-Paraguay le sirve para una meditación sobre la gambeta y la cobardía táctica. El talento, dice, depende tanto de mostrar virtudes como de evitar errores. De Haaland comenta que no sabemos si sabría gambetear porque «tiene el mérito de no intentarla». Y de Paraguay, que conoce sus límites y se abstiene de atacar, lanza la mejor boutade, «sería invencible si el futbol se jugara sin pelota». De tanto refugiarse en su área, los guaraníes concedieron el penal que les costó el 0-1, y ahí Villoro deja su sentencia más dura, «el que sólo se dedica a sobrevivir en realidad se suicida de la manera más lenta posible».

Francia, en cambio, llegó como «una maquinaria de disparos de alto calibre», aunque ante la muralla paraguaya apenas pudo rematar. El cronista aprovecha para recordar una anécdota, la de Batistuta diciéndole a Maradona, tras verlo burlar a media Inglaterra en 1986, que él «habría disparado de treinta metros, de veinte y de diez», mientras Diego soltó la pelota recién frente al arquero. Y celebra a los últimos poetas del regate, Vinicius Jr., que «se emborracha con la pelota, como Dylan Thomas con sus últimos quince whiskies», y Lamine Yamal, que deslumbra pero remata raro, «al estilo César Vallejo, vanguardista radical capaz de terminar un verso con preposición», con unos botines que «albergan una magia todavía futura». La frustración francesa la corona con un guiño histórico, el «mot de Cambronne», esa palabra soez que el general dedicó a los ingleses en Waterloo y que, bromea, también diría el niño vacunado contra el futbol.

Los otros «efectos de contraste» son Marruecos y Brasil. Marruecos, capaz de dominar a Brasil en la fase de grupos, se dejó controlar por Canadá, «país de jugadores de hockey sobre hielo», y aun así goleó 3-0, porque al futbol le gustan las paradojas. Y el Brasil-Noruega «no fue un carnaval»: Ancelotti, recuerda Villoro, evocó los tiempos en que Dunga hacía jugar a Brasil «con el freno de mano puesto»; su equipo cedió la iniciativa a Noruega y terminó eliminado por 1-2. De ahí una definición que vale por toda la carta, «los partidos de tedio son el impuesto moral del aficionado», el que le permite sentir que merece otros mejores.

El cierre es una elegía serena. Las derrotas dolorosas, como la de México, ofrecen «una rara compensación», escribe Villoro: dolió porque ese equipo de verdad importaba, porque «pudimos creer en él», y «cayó sin que dejáramos de admirarlo». La pieza confirma la cualidad más rara del cronista, la de convertir la eliminación de su selección en un elogio del juego, capaz de sostener la ternura incluso cuando pierde. Donde Caparrós hace inventario de las pérdidas, Villoro encuentra, hasta en la derrota, un motivo para seguir mirando, la certeza de que un equipo que se quiere no se deja de admirar porque haya caído.

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