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Abrazar al adversario

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Reflexión a partir de la carta «La lealtad del enemigo», de Juan Villoro, publicada el 12 de julio de 2026 en El País, dentro de la serie «Un mundial de ida y vuelta»

Juan Villoro le escribe a Martín Caparrós todavía desde el hospital, y le agradece el tributo a Fleming, «que me mantiene vivo». Con su humor de siempre define a la gripe como «una gran impostora», la que desde niños nos enseña que la fiebre se cura en siete días, pero que ahora, dice, anticipa algo más grave, la pasión en su sentido original, el que Caparrós recordó en su carta, el camino hacia la muerte. Se compara con los enfermos de La montaña mágica, condenados a no salir del sanatorio mientras les silbe el pecho, algo que puede durar «tanto como la novela de Thomas Mann». Y cuenta una escena que lo retrata: en un delirio febril, del que sólo quedó registro porque su esposa Sofía lo escuchó hablar dormido, Villoro dirigía un equipo cuyos jugadores «tenían chispa pero rendían poco», empezaba a hablar en alemán para fichar a un delantero del Borussia y se negaba a «abandonar mi changarro» de director deportivo imaginario. «El futbol», concluye, «es la otra vida que llevamos».

Repuesto para escribir, le concede la razón a su amigo. Reconoce que suele desatender sus quejas, porque sabe que a su amigo los desperfectos lo vuelven elocuente, pero admite que el partido contra Suiza confirmó sus críticas a Argentina. De los suizos hace un retrato delicioso: un país donde uno de cada siete habitantes es millonario, los edificios tienen escaleras para que los gatos suban al departamento y los trenes son puntuales como corresponde a una tierra de relojeros. En ese bienestar, apunta, el futbol no parece una compensación necesaria, y sin embargo Suiza arma una selección competitiva, con jugadores que hablan los cuatro idiomas nacionales, más el albanés de los inmigrantes y el inglés como puente. «El vestuario suizo es una Babel con duchas», resume, sostenida por el técnico Murat Yakin. Les faltó, dice, el «extra» que sí tuvo Argentina, y le resulta peculiar que la campeona del mundo necesite esa dosis adicional de enjundia.

Sobre la expulsión que definió el juego, coincide con Caparrós. Se declara harto de «las faltas que fingen o exageran los futbolistas», y celebró la amarilla a Embolo, la segunda, porque el suizo, guiado por la teatralidad del futbol de hoy, olvidó que ya estaba amonestado y ejecutó «una pirueta de cirquero para fingir que lo agredían». Aun así, reconoce destellos argentinos, y sobre el golazo de Julián Álvarez teje su mejor hallazgo literario: fue, dice, «una calca» del que días antes le había hecho Lopes Cabral, de Cabo Verde. «No en balde un escritor de tu país inventó al copista absoluto», Pierre Menard, el personaje de Borges que reescribió el Quijote; Álvarez, sugiere, se tomó una «demorada venganza», imitar el gol del rival que lo había vencido.

De ahí surge el tema que comparte con Caparrós, el de la élite intocable. En el hospital, cuenta, todas las enfermeras apoyaban a Noruega frente a Inglaterra y a Suiza frente a Argentina, y en esa simpatía Villoro ve algo más que el cariño por el débil: el hartazgo ante «la reiterada élite de campeones». En una época en que la gente duerme en la calle para comprar cuanto antes el nuevo iPhone, escribe, «decepciona que el futbol no actualice a sus campeones». Se pregunta si es una actividad clásica o apenas conservadora, y responde con la imagen de las tribunas que describió su amigo, el espectáculo es para ricos, y los países que más invierten, o que colocan legionarios en los que sí lo hacen, son los que más provecho sacan. Su sentencia es lapidaria, «las semifinales del Mundial pertenecen a los socios de siempre. Ese club exclusivo no acepta nuevos miembros».

El pasaje más grave de la carta lleva el futbol a una zona de guerra. Villoro relata la historia de Mohamed al Wahidi, activista palestino del Comité Egipcio de Ayuda a Gaza, que organizó pantallas gigantes en varios puntos de la Franja para que la población pudiera ver el Egipto-Argentina, y que murió una hora antes del partido, según su relato, en un bombardeo israelí en el que también perdieron la vida dos niños que volvían de jugar al futbol. Tres horas después, cuenta, aficionados argentinos le mostraron una bandera de Israel al entrenador de Egipto, «transformando una insignia de identidad en una ofensa». El Mundial, reflexiona, pretende crear una comunidad planetaria, pero la convivencia no borra «la Patria y sus extremos», la noción que retoma de Caparrós. Conviene tomar el episodio como lo que es, el testimonio del propio Villoro.

Por fortuna, dice, el juego ofrece también el reverso, y en él está el título de la carta. Rescata una escena del Noruega-Inglaterra: cuando el árbitro marcó un penalti para los ingleses, luego anulado por el VAR, Bellingham tomó la pelota para cobrarlo y Haaland se acercó a abrazarlo. Los dos jugaron dos años en el Dortmund, adonde Bellingham llegó siendo menor de edad y donde Haaland, líder del vestuario, lo ayudó a integrarse hasta volverse su mejor amigo. El Mundial los enfrentó, y en ese instante Jude ya había marcado dos goles y buscaba el tercero. Era, con claridad, un adversario. La pregunta de Villoro, «¿qué debía hacer su amigo vikingo?», tiene una respuesta que redime la jornada, «abrazarlo, por supuesto». Y con esa imagen se despide de Caparrós, «hago lo mismo».

La pieza reúne, desde una cama de hospital, casi todos los hilos de la serie: la fragilidad del cuerpo, la injusticia de una élite que no admite advenedizos, el horror de la guerra y un solo gesto de ternura. Donde Caparrós desconfía de la victoria, Villoro rescata, hasta de los perdedores y de los enfermos, un motivo para seguir mirando. Su lección, la que da nombre a la carta, es que la rivalidad más feroz no cancela la lealtad, y que a veces lo más humano que puede hacerse en la cancha, o en la vida, es cruzar la línea del bando contrario para abrazar al que juega en contra.

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