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martes, julio 14, 2026
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Ciudad cuidadora: repensar Tepic desde el cuidado, la justicia y la sostenibilidad de la vida

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Mariana Betzabeth Pelayo Pérez

Lucía Pérez Sánchez

Georgina Castillo Castañeda

Ian Coahtepetzin Zavala Pérez

Una ciudad puede sonreír para la fotografía oficial. Lo verdaderamente difícil es que cuide cuando las cámaras se apagan. Porque una sonrisa no protege del calor que cae sobre una banqueta sin árboles, no acompaña a una persona mayor que intenta cruzar una avenida, no reduce las horas que una madre invierte trasladando a sus hijos entre la escuela, el trabajo y la casa, ni evita que una colonia vuelva a inundarse cada temporada de lluvias. La tormenta reciente nos recordó, una vez más, que la prevención no puede seguir esperando.

Los eslóganes pueden inspirar; las ciudades, en cambio, se juzgan por la experiencia de quienes las habitan. No por lo que prometen, sino por las condiciones reales que ofrecen.

Durante décadas, el desarrollo urbano se midió por la cantidad de calles pavimentadas, fraccionamientos construidos, automóviles en circulación o inversiones inmobiliarias. Parecía que mientras hubiera más concreto, más carriles y más anuncios de “progreso”, todo marchaba bien. El pequeño detalle era que nadie preguntaba si las personas podían caminar sin miedo, encontrar sombra en pleno mayo o llegar al centro de salud sin atravesar media ciudad. Confundimos desarrollo con bienestar. Y, como suele ocurrir, el concreto nunca respondió la pregunta más importante: ¿es fácil vivir aquí?

No todos experimentamos Tepic de la misma manera. Para una persona joven y saludable, caminar unas cuadras puede ser apenas una rutina. Para una persona mayor, una banqueta rota no es solo el riesgo de una caída; puede convertirse en una barrera política que la confina al aislamiento, recordándonos que la ciudad suele diseñarse ignorando el ciclo natural de nuestros propios cuerpos y discapacitando activamente a quienes envejecen.

Para quien vive con una discapacidad, una calle sin accesibilidad puede significar quedar excluido de la vida pública. Para una madre o un padre que todos los días traslada a sus hijos entre la escuela, el trabajo y las actividades domésticas, una ciudad dispersa implica horas perdidas en trayectos. Para quien trabaja bajo el sol, la ausencia de árboles deja de ser un asunto paisajístico para convertirse en un problema de salud.

Las ciudades nunca son neutrales. Su diseño facilita algunas formas de vivir y dificulta otras. Determina quién puede desplazarse con autonomía, quién encuentra espacios seguros para convivir, quién tiene acceso cercano a servicios básicos y quién debe invertir tiempo, dinero y esfuerzo adicionales para realizar actividades tan elementales como cuidar de alguien o cuidar de sí mismo.

Pero no todas las personas experimentan la ciudad de la misma manera. La edad, la discapacidad, las desigualdades entre mujeres y hombres, la condición socioeconómica y la diversidad sexual y de género siguen marcando profundas diferencias en la forma en que se vive, se transita y se habita el territorio. Una ciudad cuidadora reconoce esas desigualdades y busca reducirlas, no profundizarlas.

La infraestructura urbana también produce desigualdad. Una banqueta, un parque, una ruta de transporte o un árbol pueden parecer elementos menores, pero en conjunto determinan quién puede habitar la ciudad con seguridad, dignidad y autonomía.

Hoy esa realidad se vuelve aún más evidente. El cambio climático ya no es una amenaza lejana ni una advertencia para las próximas generaciones; ya forma parte de nuestra vida cotidiana. Mientras la comunicación pública se concentra en proyectar una imagen, el termómetro insiste en recordarnos que las olas de calor no entienden de fotografías, videos ni algoritmos. Las lluvias tampoco distinguen entre colores partidistas cuando convierten una calle en arroyo. Cada tormenta deja saldos, afectaciones y riesgos para la ciudadanía. La naturaleza tiene la incómoda costumbre de ignorar la estética y poner a prueba únicamente la calidad de las decisiones públicas.

A estos desafíos ambientales se suman otros igualmente importantes: el envejecimiento de la población, el incremento de enfermedades crónicas, la desigualdad territorial, la inseguridad, la pérdida de espacios públicos y el debilitamiento de las redes comunitarias. Cada uno parece pertenecer a un problema distinto. En realidad, forman parte de una misma conversación sobre la manera en que organizamos la vida en nuestras ciudades.

Frente a este escenario comienza a consolidarse en distintos países una propuesta que, lejos de ser una moda académica, representa un cambio profundo de perspectiva: la ciudad cuidadora.

Una ciudad cuidadora no es la que promete cuidar; es la que organiza el territorio para que el cuidado sea posible. Esto supone acercar los servicios a las viviendas, garantizar transporte y banquetas, accesibles, recuperar espacios públicos, ampliar la infraestructura verde y distribuir de manera más justa, las responsabilidades de cuidado, que todavía recaen principalmente en las mujeres.

Esta idea resulta especialmente pertinente para Tepic.

Tepic conserva un privilegio que no debería desperdiciar: todavía no es una ciudad inmanejable. Aún es posible imaginar trayectos cortos, barrios donde la gente se conoce y una planeación urbana capaz de anticiparse a los problemas, en lugar de llegar cuando ya hay listón que cortar. Sin embargo, la expansión urbana, la desigualdad entre colonias, la pérdida de árboles, una movilidad cada vez más complicada, las inundaciones y las olas de calor nos recuerdan que la improvisación también deja huella sobre el territorio.

La buena noticia es que muchos de estos problemas tienen soluciones compartidas. La mala es que requieren planeación, y la planeación rara vez produce fotografías tan vistosas como un corte de listón.

Cuando se plantan árboles, no sólo mejora el paisaje; también disminuye la temperatura, mejora la calidad del aire, se protege la biodiversidad y se crean espacios más agradables para caminar. Cuando hacemos esto, entendemos que Tepic es un hogar multiespecie. Cuidar la vida no es un asunto exclusivo de los humanos; nuestra resiliencia urbana depende de reconocer nuestra interdependencia con los árboles, los polinizadores, los animales y los flujos del agua que cohabitan y sostienen este territorio. Cuando se diseñan calles seguras, aumenta la movilidad peatonal, mejora la convivencia y se fortalece el comercio local. Cuando se recuperan parques y plazas, no sólo se embellece la ciudad; también se crean oportunidades para el encuentro, la actividad física, la cultura y la construcción de comunidad.

Las ciudades no necesitan políticas pensadas desde el escritorio, sino políticas situadas en el territorio, capaces de resolver los problemas que las personas enfrentan todos los días.

Con esa convicción, impulsamos una investigación para construir un Modelo Integral de Ciudad Cuidadora, Resiliente y Socioecológicamente Sostenible. La intención es generar evidencia, escuchar a la ciudadanía, aprovechar éticamente las nuevas tecnologías e inteligencias artificiales como herramientas de cuidado y predicción de riesgos climáticos y construir lineamientos que permitan que Tepic deje de reaccionar a los problemas cuando ya ocurrieron y comience, por fin, a diseñar una ciudad pensada para sostener la vida.

La investigación parte de una convicción sencilla: la vulnerabilidad no aparece por accidente. También se construye mediante decisiones que concentran servicios, abandonan barrios, deterioran los espacios públicos y excluyen ciertos cuerpos y formas de movilidad. Pero si la vulnerabilidad puede construirse, también puede erradicarse.

Las ciudades son una obra colectiva. Reflejan nuestras prioridades, nuestros valores y la forma en que entendemos la convivencia. Cada árbol conservado, cada banqueta accesible, cada espacio público recuperado y cada decisión de planeación representan una manera concreta de afirmar qué tipo de sociedad queremos ser.

Por eso, el desafío no consiste únicamente en nacer, crecer la ciudad, sino en preguntarnos qué tipo de crecimiento mejora realmente la vida de quienes la habitan.

Tal vez por eso la discusión más importante sobre el futuro de Tepic no sea cuántos fraccionamientos construiremos, cuántos kilómetros de vialidades inauguraremos o cuántas inversiones lograremos atraer. La pregunta verdaderamente decisiva es otra: ¿será una ciudad donde vivir resulte cada vez más fácil, más digno y más justo para todas las personas?

Porque una ciudad que cuida es aquella donde la vida cotidiana deja de sentirse como una prueba de supervivencia. Donde cruzar una avenida, caminar a solas al anochecer, esperar el transporte, soportar una ola de calor o mirar con preocupación el cielo cuando anuncia una tormenta dejan de ser riesgos asumidos como normales, especialmente para quienes viven en mayor situación de vulnerabilidad. Una ciudad que entiende que cuidar a las personas implica también cuidar el agua, los árboles, el espacio público, la biodiversidad y los vínculos comunitarios que sostienen la vida colectiva.

En tiempos marcados por la incertidumbre climática, las desigualdades y las múltiples crisis que atraviesan nuestras sociedades, quizá la mayor innovación urbana no consista en construir edificios más altos o avenidas más rápidas. Tal vez consista, simplemente, en recuperar una idea que nunca debimos perder de vista: una ciudad existe para hacer posible una vida digna. Y cuando una ciudad coloca el cuidado en el centro, no sólo mejora su presente. También comienza a construir un futuro más justo, más resiliente y humano para todas, todos y todes.

Sonreír siempre será una buena noticia. Nadie está en contra de las ciudades alegres. Pero las ciudades tienen una responsabilidad mucho mayor que proyectar optimismo. Deben garantizar que una niña pueda caminar segura a la escuela; que las personas mayores encuentren banquetas donde no tengan que mirar cada paso; que las personas de la diversidad sexual y de género puedan habitar y recorrer la ciudad con libertad, seguridad y sin miedo; que exista un árbol antes de que llegue la siguiente ola de calor; y que ninguna familia convierta cada lluvia en motivo de preocupación.

Una ciudad puede sonreír para las cámaras. Pero su verdadera calidad se demuestra cuando, lejos de los lemas, hace más digna y habitable la vida cotidiana. Porque, al final, la mejor ciudad no es la que más presume; es la que mejor cuida la vida.

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