Martín Caparrós escribe con la incredulidad todavía puesta y una sonrisa que, dice, no se le borra de la boca. Le extraña sentir tanta alegría por algo a la vez lejano, ajeno y muy suyo. La primera imagen que encuentra para explicar lo que vio es la de un guionista sin escrúpulos, dueño de todos los trucos, empeñado en inventar cada vez una forma nueva de hacer sufrir a los argentinos. Volvió a pasar, resume: estaban perdidos y no perdieron, y el mito del padecimiento y la épica salió reforzado de una noche difícil de olvidar.
Su crónica del partido evita la complacencia. El primer tiempo fue un cambio de golpes, con los ingleses luciendo mejores, amenazando sin concretar, y con una Argentina incapaz de armar nada. El triunfalismo hará olvidar, advierte, que fueron cincuenta minutos de zozobra, con un equipo que no hallaba la salida y un capitán que perdía casi todas. Por eso el gol de Anthony Gordon, a los diez minutos del complemento, le pareció una lápida: si el juego seguía así, el conjunto que aún no había disparado al arco tenía poco que hacer. El registro coincide con el marcador, Gordon marcó al 55 en Atlanta.
Y ahí llega la parte más sabrosa de la carta, que conviene leer como lo que es, una sátira. Caparrós finge darle la razón a quienes en las últimas semanas decidieron que el futbol argentino es puro amaño. Cuenta que una revista francesa lo llamó para preguntarle por qué medio mundo cree que su país se volvió «la mantenida de los malos», y que un amigo italiano le informó que ahora lo llaman «Argenfifa», apodo del que se ríe por lo que esa palabra significa en el habla argentina, que él prefiere dejar sin explicar. Con esa carnada montada, suelta su broma: el pueblo nunca se equivoca, y esta noche quedó claro, la llamada del pérfido Infantino se oyó en el banco inglés y el técnico, alemán para más señas, obedeció y llenó su equipo de defensas.
Debajo de la ironía hay una lectura táctica exacta. Thomas Tuchel, en efecto, respondió al gol replegando a los suyos, cambió a una línea de cinco atrás y llegó a sacar a Gordon, autor del tanto, para meter otro defensor. El propio entrenador lo admitió al final, su equipo se volvió demasiado pasivo y concedió demasiadas ocasiones. Caparrós lo cuenta con las tribunas de fondo, coreando el viejo cantito que da título a la carta, «el que no salta es un inglés», mientras los futbolistas de camiseta azul entendían que el rival se había asustado y mordían.
De ahí sale su mejor observación. Argentina, que en este torneo no ha jugado bien, tiene talento suficiente para aprovechar una cancha regalada: abrió por las bandas y empezó a bombardear el área con centros para cabecear. La paradoja lo divierte, cuando el futbol inglés era inglés eso era todo lo que hacía, y ahora a duras penas sabía defenderlo.
Los dos goles quedan retratados sin épica de relator. En el primero, seis o siete ingleses amontonados en su área por miedo a que avanzara Messi le regalaron a Enzo Fernández el tiempo necesario para preparar su pegada. Luego los palos empezaron a devolver pelotas, el arquero se probó una corona de laureles que le quedó grande y Lautaro Martínez, un muchacho de estatura corriente, cabeceó a dos metros del arco entre dos zagueros enormes. Los datos afinan la escena: Enzo empató al 85 con un zapatazo de lejos, Mac Allister estrelló una en el poste, y el cabezazo de Lautaro llegó al 90 más dos tras un centro de Messi.
El título de la película que invoca vale como tesis. Recuerda El salario del miedo, aquel filme francés de los años cincuenta, y plantea la disyuntiva con sorna: o creemos en la maniobra de Infantino, o admitimos que Argentina acaba de cobrar ese salario, porque fue el miedo inglés el que la devolvió a la final. Lo llama justicia poética, y también suerte.
Sobre el domingo no arriesga pronósticos. El duelo con España es, apunta, esa «finalísima» que ninguno de los dos quiso jugar hace unos meses, un dato exacto, la Finalissima entre campeones de América y de Europa quedó sin disputarse y ahora define la Copa en Nueva Jersey. Su única esperanza la deposita, con malicia, en la prensa española: ojalá los jugadores lean lo que sus medios dicen de ellos y se lo crean, porque saldrían tan agrandados que achicarlos sería sencillo. Lo cree improbable, sospecha que ellos saben, así que bromea con volver a hablar con Infantino, «o quizá directamente con su jefe».
La despedida devuelve la ternura de la serie. Le dice a Villoro que lo sabe mejor de salud y que todo mejora por eso, se disculpa por escribir a las apuradas, confiesa que gritó bastante y que está cansado. Y le tiende una trampa cariñosa: que le cuente a quién quisiera ver campeón el domingo, aunque le pide ser convincente, porque su amigo también carga la nacionalidad «de tu padre y mi padre», un guiño al origen español de ambos progenitores. Firma con una sola palabra que resume su filosofía del hincha, «Sísifo entonces».
La carta muestra a un Caparrós distinto del que veníamos leyendo. El mismo que hace tres días desconfiaba de la victoria y hablaba de tristeza aparece ahora rendido a la alegría, sin dejar por eso de señalar que su equipo jugó cincuenta minutos perdido. Su hallazgo consiste en devolverle la acusación a quienes lo acusan: si el mundo insiste en que a Argentina la ayudan, él convierte esa sospecha en chiste y la usa para nombrar lo que de verdad pasó, que un rival se encerró por miedo y pagó el precio. Queda para el lector una idea que sirve fuera de la cancha, que el temor a perder lo que se tiene suele costar más caro que la audacia de ir por lo que falta.







