7.7 C
Tepic
martes, julio 28, 2026
InicioOpiniónLa España de adentro

La España de adentro

Fecha:

spot_imgspot_img

Quienes vivimos aquí
sólo necesitamos
sopita caliente y buen vino

Una voz en Perales

Salgo a caminar desde el centro del poblado. Todavía no es la hora en que las madres despiertan a las niñas para llevarlas a la escuela. Saliendo por el lado derecho del edificio del Ayuntamiento se encuentran las parcelas donde los productores cultivan lechugas de la tierra, jitomates, papas. Ahí los veo sobre la tierra, a hombres y mujeres cuidando los surcos de cebollas, de nabos. Hablan con el agua, con las flores moradas, con la tierra misma.

Alrededor de todos los caminos que entran o salen del pueblo -depende de si vas o vienes- los riachuelos te acompañan con su melodía de agua. En algunos tramos corre de prisa; en otros, tropieza con las piedras. El rumor del agua rodea al pueblo quien ha levantado fuentes en su honor: la Fuente Redonda que data de 1912, la Fuente de la María Blanca y Fontanilla, la Fuente del Cuartel, la de la Butrera, la de la Gasca, la Fuente de la Iglesia, la de la Matagacha, o los abrevaderos del Prado de Arriba y del Pico de la Alameda. En las fuentes puedes beber agua fresca todos los días del año. Todas ellas forman parte de la ruta del agua, de cerca de nueve kilómetros alrededor del municipio, por donde se puede seguir el camino a Santiago. Quienes peregrinan, encuentran aquí el agua para seguir el viaje, como antes; igual hoy cuando la gente devota o turista viene a hacer el camino para llegar a Santiago.

El olor de los higos embriaga. Los higos se desprenden de sus ramas rompiendo el aire y caen en los caminos o sobre los tejados que, todavía, antes del sol, retienen palomas susurrando el amanecer.

Al llegar al sendero rumbo al panteón, me cruzo con las personas que seguirán la misma ruta que yo en estas mañanas frescas. Todas nos encaminamos al Risco de las Cuevas, un yacimiento que conserva las huellas de cuevas que fueron habitadas en el periodo Neolítico. No sé qué me emociona más, si mi incapacidad de imaginar la vida de esos pobladores o las personas de hoy, muy parecidas a la gente que vive en mi tierra en su deseo de buenos días, pero que aquí está hecha de árboles de oliva, de racimos de uvas, de praderas y terrazas húmedas.

Estoy acá por una estancia académica, pero antes de iniciar mis labores camino en esta ruta que me hace recordar el poema de Emily Dikinson

Se necesita un trébol y una abeja
para hacer una pradera,
un trébol y una abeja
y soñar.
Soñar es más que suficiente
si las abejas son pocas.

Es cierto que quienes subimos al risco a esta hora de la mañana somos personas de edad. Quizá porque es una señal del poblamiento de los pueblos rurales de buena parte del planeta, porque los jóvenes se trasladan a las ciudades en busca de sus vidas. Aquí permanecen personas jubiladas, parejas con hijas pequeñas, productores del campo, quienes guardan las remesas de la nostalgia, crean identidades y nos ayudan a conservar ese sentido de los pueblos de silencio donde se pueden escuchar las pisadas de quien pasa en las horas sin sombra.

Llegué hasta el final del risco orientándome por la propia montaña de piedra, por su frescura de roca y el sonar del río debajo. Se cruzan conejos que, apurados, suben la ladera para desaparecer en algún resquicio.

De entre la bruma del amanecer, sube el sol y vuelve todo de colores; les saca luz a las piedras, brilla en el esplendor del verano, mientras animales y personas empezamos a escondernos en la sombra. La remota lejanía se trasluce en un horizonte luminoso. Más allá se puede adivinar cualquier tramo de civilización con su inundación de tecnología, de vida apurada, de mercado.

Cuando descendemos del risco, dejamos atrás el aire fresco para sumergirnos en el calor con que inicia la mañana. Ese calor que, sin aire, se apropiará del pescadero y sus peces; de la costurera y sus diseños; de la panadera. De los niños de la población migrante que han encontrado en este lugar, una escuela, una farmacia, una clínica de salud. Y digo una, porque estos pueblos de la España de adentro están planeados así: tienen una sola oferta de cada servicio. Bueno, hay dos bares, pero una sola iglesia que el siete de julio inició el novenario de la Virgen del Carmen.

El templo está destinado a la advocación de Santa María del Castillo; fue construido sobre los cimientos de una iglesia medieval que funcionaba como parroquia del castillo. Aún se pueden ver los restos del torreón de la Edad Media y las murallas del antiguo castillo. Dentro, la virgen es muy conocida por nosotras porque pertenece a la estética de la Virgen de Talpa, de Huajicori, de San Juan de los Lagos. Es una virgen pequeña, que porta un niño entre sus ropas, con manto triangular que en Europa es un simbolismo de la Contrarreforma porque simboliza a la Santísima Trinidad (Padre, hijo y Espíritu Santo), pero que en América fueron utilizadas para la evangelización ya que la forma triangular recordaba a las pirámides y a las divinidades femeninas prehispánicas.

Trabé amistad con Carmen, una mujer de Paraguay porque vi en sus ojos la confianza. Ahora podemos conversar sobre asuntos del pueblo, acompañarnos en el camino y, como latinoamericanas, compartir este sentimiento de estar en otro lugar; de convertirnos en las otras a los ojos de los moradores. Aquí están también mujeres afganas, dominicanas, argentinas, ecuatorianas.

La señora pelirroja de la esquina de la Iglesia se ha vuelto flor en la memoria del muro.
Por la noche, en ocasiones, frente a la plaza del Ayuntamiento hay verbenas con chotis y cantos. Ya se anuncian las fiestas del 15 de agosto. Un mes antes se hizo la presentación de los festejos taurinos de este año y el campeonato de Mus, un juego de cartas por parejas con baraja española, desde luego. El cartel del Certamen de Novilladas sin picadores del Sureste ya está publicado.

Muy pronto tendré que despedirme de estos lugares; del camino del risco, del bosque de los higos, de la ruta del agua; de estos cielos azules donde el verano transcurre como un aliento en que uno se deshace. Regresaré a mi ciudad donde el cielo, repleto de agua, se cae en las tormentas.

Entretanto, recuerdo las letras de Emilia Pardo Bazán (1851-1921) en la novela Los Pazos de Ulloa (1886), donde narra la campiña española:

Ahora tiene que seguir hasta aquel pinar ¿ve? Y luego le cumple torcer a mano izquierda, y luego le cumple bajar a mano derecha por un atajito hasta el crucero…En el crucero ya no tiene pérdida, porque se ven los Pazos, una construcción muy grandísima.
-Pero… ¿cómo cuánto faltará? -preguntó con inquietud el clérigo.
Meneó el peón la tostada cabeza.
-Un bocadito, un bocadito

spot_img

Más artículos

spot_img
spot_img
spot_img
Artículo anterior