Pronto descubrió que lo más le atraía era convivir
con los patieros del ferrocarril. En la estación era otra realidad.
Nada se mantenía igual, todo iba hacia el horizonte
como el tren que se lanza a lo desconocido.
Elena Poniatowska, El Tren pasa primero
El trayecto de Tepic a México duraba 24 horas. Tomábamos el tren en el atardecer del cerro de San Juan y la noche siguiente estábamos llegando a los patios de Buenavista, en la Ciudad de México, cuando todavía era Distrito Federal. Mi abuela llevaba comida para el viaje: pollo cocido, huevos duros, papas, fruta. En el carro restaurant comprábamos café con leche y desayunábamos.
El tren se abría paso entre montañas verdes que fueron vencidas a fuerza de túneles. Las niñas que éramos entonces, veíamos los paisajes como lugares donde habitaba lo salvaje, lo no presentido. Al paso del tren se sucedían olores de flores, de remansos de agua. La ruta del Pacífico conectaba hacia el norte con Nogales, Sonora y hacia el sur con Guadalajara. Por eso teníamos que transbordar en esta última ciudad. Se oía el traca traca del cambio en el nodo ferroviario. El fierro nos anunciaba el futuro. Después, el tren se detenía en ciudades como Pénjamo, Salamanca, Querétaro y otras más, hasta llegar al Distrito Federal.
Ahí llegábamos al bullicio. Era una algarabía llegar a las estaciones de ferrocarril. Creo que el olor a enchiladas que recuerdo, proviene de esos viajes. No se habían inventado los radios de pilas o al menos, no eran masivos, por eso en los vagones lo que se escuchaba eran las conversaciones, niños que lloraban y sobre todo, el arrullo del traca traca del tren.
Leer la novela de Elena Poniatowska, El Tren pasa primero me hizo recordar los viajes de México a Tepic y de Tepic a México con mi abuela Cayetana, mi abuela materna. Ella nunca se acostumbró a los viajes en automóvil, así que siguió viajando en tren durante toda su vida. Decía que prefería que la llevaran a caballo o en mulas que en automóvil. Era una abuela del otro, otro siglo; había nacido en 1900. Recordemos que los Ferrocarriles Nacionales de México se privatizaron en 1997, lo que significó la cancelación del servicio de pasajeros. Mi abuela había muerto en 1985, así que no vio ese final. La novela de Poniatowska, ganadora del Premio Internacional Rómulo Gallegos 2007, da cuenta de la vida del movimiento ferrocarrilero de fines de los cincuenta en México. Uno de los movimientos laborales más importantes que prefiguraron la apertura democrática después del 68 estudiantil.
La novela está estructurada alrededor del movimiento social protagonizado por los ferrocarrileros dentro de la consolidación de la clase política emergida por la revolución mexicana. La trama da cuenta del entrelazamiento entre un movimiento laboral con fuertes anclajes sociales y la construcción del poder en el país. A través del tren, el personaje central Trinidad Pineda Chiñas se construye en líder; se mueve a través de la geografía del país y muestra la interrelación entre vida privada y vida pública. El uso de los diálogos recrea la atmósfera de la época a través de personajes centrales.
Se ha dicho que el personaje real que da origen a la novela es Demetrio Vallejo. Sin duda es cierto, la autora lo que crea es un personaje literario capaz de tener dudas, incertidumbres, confianzas y desconfianzas. Justamente, la confianza, la buena fe de los ferrocarrileros aparece como cuota de ingenuidad ante el funcionamiento de un poder capaz de engullirlo todo con tal de fortalecerse, de destruir cualquier intento de oposición; de centralizar las decisiones de un poder que lo quiere todo, porque los reclamos por el cumplimiento de derechos eran traducidos como oposición al régimen.
La novela visibiliza a las mujeres de los ferrocarrileros dentro una trama aparentemente muy masculina. Efectivamente, las mujeres muy poco lugar tienen en la vida de los ferrocarriles. No obstante, la escritora les otorga un papel fundamental al convertirlas en interlocutoras de los trabajadores en distintos papeles de su vida. Las mujeres no son sólo las compañeras de las vidas emocionales y sentimentales, sino que también son parte de las posibilidades de la reflexión a partir de la cual los ferrocarrileros toman las decisiones.
Son ellas con las que dialogan.
Quizá los personajes menos trabajados correspondan al poder. Aparecen como sombras, como detrás de telones. Ello es comprensible si se toma en cuenta que la autora opta por contar la trama desde el punto de vista de los ferrocarrileros. Aún así, sería de esperar una novelación más compleja de los personajes que ejercen el poder en México con la finalidad de atisbar ese, su propio mundo de quienes están en el poder.
La derrota de los ferrocarrileros, su encarcelamiento en Lecumberri, muestra la derrota de un régimen; no necesariamente la derrota de los ferrocarrileros ni del movimiento. Porque es el régimen el que fracasa cuando los obreros piden justicia, ampliación de derechos, pero el poder solo tiene la represión como respuesta. La entereza de los hombres y mujeres del ferrocarril queda de manifiesto en la sobrevivencia de cada día.
“Afuera los grupos de presos se han dispersado. En la cárcel la repartición del rancho se inicia a la una y media de la tarde y los hombres entran a su crujía a comer. Sólo uno que otro permanece al acecho de una improbable visita. En la reja de salida, Rosa ve cómo una mujer vestida de negro con el rostro descompuesto baja de un taxi acompañada de dos hombres. “Viene por su muerto” y apresura el paso para no encontrarse con ella. Antes, Rosa se habría acercado: “Lo siento, ¿puedo servir en algo?” Ahora su marido Ramón ha muerto, Rafael está en la cárcel y Rosa huye de la desgracia- “Yo ya tuve lo mío; con más no puedo” y sus pasos precipitados la conducen a la carretera vacía” (237).
La novela inicia con la tensión antes del estallido de la huelga y termina con la entrada del líder a una nueva etapa amorosa en su edad otoñal. Un líder vencido y carismático cargando sus recuerdos a cuestas a punto de iniciar una nueva vida no deja un desaliento; deja lo que fue la esperanza de cambiar un régimen, la idea de que es posible empezar desde nuevos lugares.
La novela entrelaza los recursos que Elena Poniatoska utiliza: contexto de la época, testimonios, construcción de figuras literarias. La novela nos introduce en las luchas de los ferrocarrileros que no conocimos puesto que ocurrieron en la década de los cincuenta. Lo que sí nos queda de la novela es que no todos los líderes sindicales actúan para favorecer a los trabajadores, lo cual, a estas alturas, no es un descubrimiento en sí mismo, pero sí lo es, la constatación de la desilusión de las mayorías, la imposibilidad de transitar por vías de libertad y concientización en lugar de vías de complicidades y corrupciones.
Para quienes utilizamos los trenes en las décadas de los sesenta y setenta, el viaje era una aventura. Los trenes eran lentos, es cierto, pero la niñez nos protegía de las prisas, sobre todo, si vamos en ese coche dormitorio a donde la abuela lleva las ceremonias del dormir, del soñar. Donde nos despertaba para ofrecernos las viandas de chayotes cocidos, de calabaza enmielada, como verdaderos tesoros.







