La imagen que Salvador Camarena elige para Claudia Sheinbaum es la de una mujer que opone temple a los destemplados de su propia casa. A las puertas de su tercer año de gobierno, escribe, la Presidenta ha toreado la primera rebelión interna y salió airosa, aunque juzga temprano para llamarla fortalecida. Su diagnóstico es agridulce, la ve condenada a ser la única con madurez en un entorno de «improvisados con iniciativa».
De ahí baja a la que considera su verdadera carga, una doble jornada. Le falta, sostiene, un equipo que le ahorre desaguisados, tanto en el gobierno como en el partido. El movimiento no produce buenos cuadros para administrar, y en los mandos del gobierno abundan quienes llegaron por méritos de la lucha antes que por oficio en la gestión. En medio de esos dos extremos, resume con una frase feliz, queda ella sola, desfaciendo entuertos: mucho pueblo, suficiente Presidenta y pobre movimiento.
El caso que lo prueba es el de Rubén Rocha, y aquí conviene apoyarse en lo verificado. Con licencia desde mayo, tras la acusación del Departamento de Justicia estadounidense por presuntos vínculos con el Cártel de Sinaloa, señalamientos que rechaza, el gobernador intentó reincorporarse el viernes 21 de agosto; en poco más de un día, cercado y sin respaldo de la Federación ni de otros gobernadores de Morena, pidió una licencia indefinida, y el Congreso local nombró interina a Graciela Domínguez Nava para cerrar el periodo. Para Camarena, la explicación fácil, que Rocha teme ser detenido o extraditado, se queda corta.
Su lectura va por otro lado. Rocha, dice, es uno de los muchos «padres de la victoria», compañeros que se sienten coautores de la épica de 2024 y reclaman su cuota, convencidos de que sin ellos la Presidenta no habría ganado, «o no tanto». Volvió, conjetura, al calcular que desde el poder maniobraría mejor de cara a las candidaturas, y que nadie le regatearía nada a quien capturó un estado difícil en 2021 y a quien el propio López Obrador puso en la boleta. Si durante años, y aun después de abril, todo fue trato con «guante de seda», por qué habría de pedir permiso para volver.
En ese cálculo, añade, pesó una certeza incómoda, que a él nadie podía dejarlo fuera. Estados Unidos no manda las pruebas, las acusaciones internas venían de la oposición y fueron desestimadas, Morena sabe cómo se opera en un territorio como el suyo, y de cara a la elección lo necesitan, a él y a su gente. El hombre fuerte, el dueño de la plaza, no cabía en una hamaca, apunta el columnista con sorna, su sitio estaba donde se amarran los pactos.
El pasaje más filoso llega con una frase de la propia Presidenta. Sheinbaum aseguró que se enteró del regreso de Rocha por las redes sociales, y Camarena remata que lo peor es que no hay forma de no creerle. Porque lo contrario sería una confesión, que el gobierno federal no tuvo inteligencia para anticipar la jugada, que en las reuniones de seguridad nadie previó el escenario, que el gobierno no gobierna y la Secretaría de Gobernación es un «tigre de papel». Conviene tomarlo como lo que es, la caracterización de un autor severo con el oficialismo.
Su conclusión es institucional, y ahí gana solidez. Sin instituciones, dice, no se puede gobernar ni disciplinar a los propios; el nuevo presidencialismo no ha nacido y López Obrador no es un modelo replicable. Un partido en el que la Presidenta debe recibir a diario a las dirigentes para palomear cada decisión de las precampañas es, a su juicio, una fachada, y le pregunta qué pasará cuando alguno de los ungidos aparezca en un escándalo. Ese temor lo aterriza en un nombre, el de la gobernadora Mara Lezama y sus viajes en avión privado.
El dato exige precisión. Una investigación del diario Reforma, basada en registros aeroportuarios y migratorios estadounidenses, atribuyó a Lezama noventa y siete vuelos en aeronaves privadas a destinos de lujo desde que era alcaldesa. La gobernadora niega esa cifra y sostiene que ninguno de esos viajes se pagó con dinero público, que fueron de carácter familiar; el PAN pidió a la Secretaría Anticorrupción y a la Auditoría que investiguen. No hay, por ahora, nada probado, y Camarena la usa como símbolo de la distancia entre el lema «no robar, no mentir» y la conducta de algunos de sus abanderados.
Su cierre es la imagen que da título a la columna. Sheinbaum, escribe, heredó un castillo de naipes con demasiadas esquinas podridas, y cuando una de esas cartas se cree con vida propia, amenaza el equilibrio entero. Lo único que sostiene el tinglado, concluye, es ella, obligada con demasiada frecuencia a echar mano del «no sabía», el «me enteré en las redes» o el «que explique él». Vale situar la pieza: es más dura con el movimiento que con la Presidenta, a quien reconoce temple y madurez, y por eso su reproche a la estructura pesa más. Lo verificable, el episodio de Rocha y la investigación sobre Lezama, queda separado de lo interpretado, y ninguno de los aludidos ha sido condenado. Lo que perdura, más allá del cuadro, es una advertencia difícil de rebatir, que el temple personal no sustituye a las instituciones, y que un movimiento incapaz de formar cuadros o de disciplinar a los suyos deja todo el peso sobre una sola persona. La pregunta que deja servida va más allá de si a Sheinbaum le sobra templanza: es cuánto tiempo puede la templanza hacer el trabajo que le corresponde a las instituciones.







