Ojo, esto no es spoiler, tampoco es una reseña de la película. Hoy quiero hablarles del ambiente que vi, que viví dentro de una sala de cine viendo El Coyote vs. Acme. Porque, en esta ocasión, lo que ocurrió alrededor de la pantalla terminó siendo casi tan interesante como lo que estaba pasando dentro de ella.
Para empezar, el primer cortometraje en el que aparecieron el Coyote y el Correcaminos se estrenó el 16 de septiembre de 1949, bajo el título Fast and Furry-ous. Fue su primera aparición cinematográfica y, años después, el sábado 10 de septiembre de 1966, por la mañana, la cadena CBS de Estados Unidos les dio un espacio dentro de su programación. En México tendríamos que esperar hasta 1974 para encontrarlos en las pantallas a través de Canal 5.
Eso significa que El Coyote y el Correcaminos llevan 52 años formando parte de la televisión mexicana. Cincuenta y dos años son suficientes para que un personaje deje de ser simplemente un dibujo animado y termine convertido en parte de la memoria de varias generaciones. Para muchos, el Coyote no era un programa más. Era parte de una rutina familiar, de las mañanas frente al televisor, de las vacaciones, de esperar a que llegara cierta hora para ver qué nueva desgracia le ocurriría intentando atrapar al Correcaminos.
Además, había una condición que hoy parece extraña para muchos niños, no cualquiera tenía un televisor en casa y, cuando había uno solo, ese aparato tenía dueño colectivo. Los niños tenían que portarse bien si querían verlo y, muchas veces, los padres estaban ahí mismo porque tampoco había otro televisor al cual escapar. Todavía me tocó vivir esa dinámica a principios de los años noventa. La televisión era un espacio compartido y, aunque en aquel momento podía parecer una limitación, también terminó construyendo recuerdos que hoy tienen un peso enorme.
Con ese contexto, puedo decirles que, al momento de entrar a la sala para ver esta nueva historia del Coyote, mi sorpresa fue grande. La mayoría de los espectadores eran mayores de 40 años. Algunos habían llevado a sus hijos, algo perfectamente lógico, pero otros llegaron acompañados de sus propios padres. Hacía mucho tiempo que no veía familias completas, abuelos, padres e hijos, reunidas en una sala de cine para ver una película que, de alguna manera, pertenecía a todos.
Ahí estaba el abuelo riéndose con una escena que probablemente habría visto décadas atrás en una televisión mucho más pequeña. Estaban los padres disfrutando de una historia que les devolvía una parte de su infancia y los hijos mirando a sus papás con esa expresión de incredulidad que parece decir: “¿A poco tú veías eso?”. En esa escena había algo mucho más interesante que la película misma. Tres generaciones compartiendo una referencia cultural que, con el paso del tiempo, consiguió sobrevivir a cambios tecnológicos, nuevas plataformas y cientos de personajes que aparecieron y desaparecieron.
También me tocó ver a un grupo de amigos. Eran unos siete u ocho, todos rondando los 50 años, disfrutando como niños de diez. Se reían, comentaban entre ellos y reaccionaban a la pantalla con una libertad que pocas veces vemos en adultos dentro de una sala de cine. Y ahí entendí algo bastante sencillo, la nostalgia puede vender boletos, puede convertirse en una estrategia de mercadotecnia y puede utilizarse para recuperar personajes conocidos, pero hay cosas que no se pueden fabricar con una campaña publicitaria.
Las risas de esa gente eran genuinas. No estaban intentando demostrar que la película era buena. Tampoco parecían preocupados por analizarla. Estaban disfrutando el recuerdo de quienes fueron alguna vez. Y eso, cuando ocurre frente a uno, resulta difícil de ignorar. Ver a una persona reírse con esa intensidad también nos obliga a recordar que todos tenemos objetos, canciones, películas, lugares o personajes capaces de abrir una puerta hacia una época que creíamos olvidada.
La película, además, presenta varias encrucijadas y paradojas que, en determinados momentos, provocaron más de una lágrima dentro de la sala. Hay personajes atrapados en situaciones que pueden resultar absurdas en apariencia, pero que terminan conectando con experiencias bastante humanas. Ahí aparece el mito de Sísifo, ese esfuerzo interminable por empujar una piedra cuesta arriba para verla caer una y otra vez. La insistencia del Coyote por alcanzar algo que parece estar permanentemente fuera de su alcance permite una lectura que va mucho más allá del chiste.
También hay algo de Platón en esa experiencia de salir de la cueva. Uno puede pasar años observando una realidad determinada, convencido de que así funciona el mundo, hasta que una circunstancia obliga a mirar hacia otro lado. El golpe puede ser incómodo porque descubrir otra realidad también significa cuestionar aquello que dábamos por cierto.
Quizá por eso esta película terminó provocándome más reflexión de la que esperaba. Fui al cine buscando distracción y terminé observando al público, sus reacciones, sus acompañantes y la manera en que una película podía reunir a personas que probablemente no habrían compartido una sala por ninguna otra razón. En algún momento dejé de pensar únicamente en lo que ocurría en la pantalla y comencé a pensar en lo que estaba ocurriendo en las butacas.
El cine suele medirse en taquilla, críticas, efectos especiales, actuaciones y números. Todo eso tiene su lugar. Pero hay otro indicador que resulta imposible colocar en una gráfica, la memoria que una película consigue activar en una persona. Esa tarde vi personas regresar, aunque fuera durante un par de horas, a una época en la que tenían diez, quince o veinte años. Vi padres compartir con sus hijos algo que alguna vez fue exclusivamente suyo. Vi abuelos reírse con sus nietos. Vi amigos adultos comportarse como niños sin preocuparse demasiado por parecer ridículos.
Y quizá ahí está el mayor valor de estas historias. No necesitan convencer a nadie de que el pasado fue mejor. El pasado tampoco merece ese tipo de idealización. Basta con recordar que alguna vez fuimos niños, que tuvimos cosas que nos emocionaban profundamente y que, con los años, aprendimos a esconder un poco esa capacidad de disfrutar sin estar calculando qué impresión causamos en los demás.
Por eso, si están pensando en ir a verla, háganlo. Y si tienen la posibilidad, lleven a sus padres, a sus abuelos o a esos amigos con quienes compartieron la infancia. No les prometo que saldrán pensando que vieron una obra maestra. Tampoco creo que ese sea el punto. Lo que sí puedo decirles es que existe una buena posibilidad de que, durante un par de horas, la sala de cine deje de ser solamente una sala de cine.
A veces uno compra un boleto para ver una película y termina comprando, sin saberlo, un boleto de regreso a una parte de su propia historia. Y eso fue precisamente lo que encontré aquella noche frente a la pantalla, no estaba viendo únicamente al Coyote perseguir una vez más al Correcaminos. Estaba viendo a varias generaciones encontrarse alrededor de un recuerdo que, contra todo pronóstico, todavía consigue hacerlos reír.







