Ayer 19 de agosto fue el Día Mundial de la Fotografía y podría escribir sobre la luz, el encuadre, la memoria o esa frase gastada de que una imagen vale más que mil palabras. Podría hacerlo y salir del paso. Pero sería una forma bastante cómoda de hablar de fotografía sin decir lo que realmente me ocurre con ella, hace tiempo que dejé de tomar fotografías con la frecuencia que quisiera y, mientras tanto, la escritura terminó por ganarme la batalla.
Hace tres años escribí sobre el oficio fotográfico desde un lugar distinto. Tenía la cámara más cerca, buscaba historias y, sobre todo, buscaba a quienes estaban detrás de los lentes. El texto que publiqué entonces fue una recopilación de las voces de varios fotógrafos que aceptaron hablar de su trabajo, de la manera en que miraban, de lo que significa congelar un instante y de todo aquello que ocurre antes y después del clic. No era una reflexión sobre la fotografía desde la distancia; era un intento por entenderla a través de quienes todavía estaban ahí, en la calle, mirando.
Tres años después, la situación cambió poco en los periódicos, aunque sí cambió mi lugar frente a la cámara. Sigo escribiendo, sigo buscando historias, sigo metido en el oficio periodístico, pero no he tenido la oportunidad de hacer otra recopilación como aquella. Tampoco he tenido el tiempo para salir a buscar a más fotógrafos, sentarme con ellos y preguntarles qué están viendo ahora. La letra me ha ocupado las manos y, en algún punto, la cámara terminó guardada.
No es una confesión dramática. Es una deuda.
La fotografía sigue teniendo un problema dentro del periodismo impreso, su valor editorial no siempre determina el espacio que recibe. Las letras, los nombres, los titulares y las declaraciones suelen tener mayor peso en la página. Y después está la publicidad, que tiene una razón bastante menos romántica para ocupar el lugar que ocupa, paga las cuentas. Un periódico puede hablar durante horas de la importancia de la imagen, pero cuando llega el momento de cerrar una página, el anuncio que sostiene la operación suele tener prioridad sobre la fotografía que pretendía contar la historia.
Así funciona buena parte de la prensa impresa. La estética tiene límites y la supervivencia económica también dicta el diseño.
Aun así, una buena fotografía puede hacer algo que varias líneas de texto no consiguen. Puede obligar al lector a detenerse. Puede mostrar una dimensión de la historia que no aparece en el relato escrito. También puede equivocarse, manipular, revictimizar o convertir el dolor de alguien en espectáculo. Por eso fotografiar periodísticamente nunca ha sido solamente apretar un botón. Hay una responsabilidad detrás del encuadre, decidir qué mostrar, desde dónde hacerlo y, en ocasiones, cuándo bajar la cámara.
Eso lo aprendí escuchando a otros fotógrafos. Cada uno tenía una relación distinta con la cámara y con aquello que ocurría frente a ella. Algunos hablaban de técnica; otros, de paciencia; algunos de la suerte de estar en el sitio correcto en el momento exacto. Había quienes entendían la fotografía como memoria, quienes la veían como identidad y quienes simplemente perseguían ese instante que no volverá a repetirse.
Quizá por eso extraño aquellas conversaciones más que las fotografías.
Porque la fotografía también se aprende escuchando a quien mira. Se aprende preguntando por qué una imagen y no otra, qué quedó fuera del encuadre, qué pasó antes de que se disparara el obturador y qué ocurrió después. Una fotografía termina cuando se imprime o se publica, pero la historia que hay detrás casi nunca cabe en ella.
Yo sigo escribiendo. Y escribir también tiene algo de fotografía, seleccionar, encuadrar, decidir qué entra y qué queda fuera. Un periodista corta una frase de la misma manera en que un fotógrafo corta una escena con el borde del cuadro. Ambos construyen una versión posible de la realidad, porque la realidad completa no cabe ni en una página ni en una fotografía.
Tal vez por eso no he dejado de pensar en la cámara, aunque la use menos. La fotografía sigue ahí, esperando. Lo que me falta no es una razón para volver, sino el tiempo y la oportunidad de hacerlo.
Este Día Mundial de la Fotografía me encuentra entonces en una contradicción bastante sencilla, llevo tiempo escribiendo sobre historias que otros salen a buscar con una cámara, mientras la mía permanece guardada. Y mientras yo sigo llenando páginas, también sigo teniendo pendiente algo que hace tres años parecía natural, salir a preguntar, escuchar y conocer las historias de quienes todavía miran el mundo a través de un lente.
Quizá eso sea lo que realmente extraño de la fotografía. No el clic, ni la cámara, ni siquiera la posibilidad de conseguir una buena imagen. Extraño esa necesidad de salir a buscar algo que todavía no conozco y regresar con una historia que antes no tenía.
Por ahora, la historia la sigo escribiendo.
La cámara puede esperar. La mirada, espero, no.







