En alguna calle del centro de la Ciudad de México, compré por unas monedas un ejemplar de segunda mano de A Sangre Fría, el número uno de la colección del Club Bruguera. En algún periódico había leído una reseña. Aquella nota roja llevada a la literatura me impactó por el fondo y por la forma. Aunque estudiaba lo que asumíamos como ingeniería conductual, porque nos parecía poca cosa la psicología, ya había trabajado en un periódico y me emocionaban las fronteras entre realidad y literatura. Me demostró que eran posibles las novelas de no ficción. Tuve, como muchos, a Truman Capote por padre del género. Pero un argentino se había adelantado con Operación Masacre, que yo no conocía. Mi libro rojo de pasta dura de Bruguera sigue por ahí resistiendo a las termitas.







