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La segunda guerra en Santiago

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Mi abuela Toña lloraba quedamente junto a otras mujeres que observaban a los muchachos formados frente a la presidencia municipal, ataviados con uniformes militares. Mi tío Nacho, de apenas dieciocho años, había sido llamado a filas con carácter obligatorio por la junta municipal de reclutamiento. Como él, decenas de jóvenes enfrentaban un destino imprevisto: por primera vez en el siglo XX, México se encontraba en guerra contra las potencias del Eje, luego de que submarinos alemanes torpedearan y hundieran dos buques petroleros nacionales en mayo de 1942, orillando al presidente Manuel Ávila Camacho a declarar el estado de beligerancia.

Aquellos muchachos santiaguenses, de entre dieciocho y veinte años, colmaban las calles empedradas del centro para participar en el sorteo que determinaría quiénes recibirían adiestramiento militar regular en las instalaciones militares de Irapuato, Guanajuato, encuadrados en las tropas del ejército nacional.

A la explanada no solo acudían los conscriptos; también se arremolinaban madres, novias y esposas con la angustia a flor de piel. Sacar bola blanca significaba salvarse del traslado forzoso y permanecer en Santiago colaborando en tareas de organización civil. Sacar bola negra, en cambio, implicaba presentarse de inmediato en el cuartel para recibir uniforme, arma reglamentaria y parque, e iniciar a las seis de la mañana una rigurosa instrucción que culminaría, días más tarde, con el viaje a Irapuato para sumarse a las fuerzas de reserva encargadas de repeler una eventual invasión extranjera.

Días antes, el gobernador Candelario Miramontes había convocado con urgencia a los alcaldes de la entidad. Su postura fue tajante: “El que se niegue a colaborar será considerado traidor a la patria”. La advertencia respondía a los informes de las autoridades de Ruiz y Ahuacatlán, donde comerciantes locales rehusaban cooperar y grupos sinarquistas promovían la insumisión ciudadana. Nayarit, al igual que todo el país, hervía en una atmósfera de zozobra e incertidumbre política.

Candelario Miramontes: le tocó organizar la movilización militar

El 1 de octubre comenzaron las maniobras de preparación civil frente a posibles bombardeos aéreos, sabotajes o infiltraciones enemigas. En los pueblos de la costa se decretaron simulacros de apagón general, y los reclutas auxiliaron a los comités vecinales para garantizar el orden y la disciplina durante la penumbra reglamentaria.

En Santiago Ixcuintla se constituyeron los batallones 13, 14 y 15 de la llamada Fuerza Expedicionaria, bajo el mando del teniente coronel José María Narváez Madrigal, quien en la vida civil dirigía el periódico El Diario de Nayarit.

La noche del 12 de febrero de 1943, mediante altavoces que resonaron por calles y rancherías aledañas, los conscriptos fueron acuartelados para una partida inminente cuyo destino se mantuvo bajo estricta reserva militar. El desasosiego fue absoluto. Hacia las ocho de la noche, más de cincuenta camiones de transporte militar aguardaban apostados a lo largo de la calle Primera Corregidora. Los reclutas del Servicio Militar Nacional se cuadraron con mochila de campaña al hombro y mosquetones con bayoneta calada; más de uno contenía el llanto y el temblor de piernas para evitar la rechifla de sus compañeros.

El llanto de las madres se desbordó en la acera, salvo por una excepción memorable: doña María Astorga, quien le espetó a gritos a su hijo cuando este subía al transporte:

¡Nomás me entero de que andas en casas de putas y regresas con sífilis, cabrón, y yo misma te corto los huevos!

El soldado apenas acertó a devolver una sonrisa nerviosa antes de acomodarse en la batea con el fusil entre las piernas. Al filo de las diez de la noche, el convoy arrancó.

El hermetismo oficial alimentaba las peores sospechas: muchos temían ser enviados como carne de cañón al frente del Pacífico junto a las tropas estadounidenses. Sin embargo, tras dos extenuantes horas de camino a oscuras, el convoy ascendió por una serranía costera y se dio la orden de levantar el campamento.

Al amanecer descubrieron que estaban en el puerto de San Blas. La movilización secreta no era para embarcarse a ultramar, sino para encabezar un solemne despliegue de tropas en la conmemoración cívica de la gesta insurgente del cura José María Mercado. La marcialidad de la columna santiaguense fue tal que el mando militar del estado reconoció públicamente la disciplina del contingente.

Por la tarde, la tropa regresó a Santiago ante el asombro y alivio de sus familias. Su comandante despidió la jornada con una advertencia severa:

“Esta fue de fogueo, muchachos; pero la próxima va en serio, porque lo que está de por medio es la patria y la soberanía nacional”

Semanas después, uno de los batallones partió definitivamente hacia Irapuato para integrarse al Ejército regular y mantenerse en alerta ante un desembarco japonés en el litoral mexicano; una amenaza que, para fortuna de todos, jamás llegó a materializarse.

Francisco Javier Castellón Fonseca
Francisco Javier Castellón Fonseca
Académico y político. Presidente Municipal de Tepic 2017-2021. Rector de la Universidad Autónoma de Nayarit 1998-2004. Senador por Nayarit 2017-2021.
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