Tal vez mi mayor desperdicio fue leer por obligación la teoría y la literatura que regía la ideología de los chairos de mi juventud. Hubiera preferido beber alcohol o fumar la hierba de mis amigos. Pero no. Perdí el tiempo en libros basura. Un buen día, ante el ultimátum de mi esposa, mis papeles o mi lugar en casa, tiré cientos de ejemplares cuyos títulos omito por decoro. Mi hijo adolescente me ayudó, y aprendió rápido. Vio un volumen titulado algo así como El Papel de la Mujer en la Revolución Tal, que sobrevive como vergonzosa dictadura y produjo trovadores y literatos con fachas de revolucionarios. Me lo mostró y preguntó: «¿A chingar a su madre?». Respondí que sí, como a tantos otros. Ojalá no envenenen a nadie si dan con otros ojos.



