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sábado, septiembre 19, 2026
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Pagué, ahora no es mío

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El cierre de la librería Porrúa me dejó pensando en algo que va mucho más allá de una librería que baja la cortina. Ya escribí una crónica sobre lo que vi durante su último día de venta al público, pero después apareció una pregunta que sigue dando vueltas, ¿por qué dejamos de comprar libros?

Las respuestas pueden ser tan simples como incómodas. Ocupan espacio, pesan cuando uno se muda, acumulan polvo, humedad y hasta hongos. Vivimos en casas cada vez más pequeñas y, en algunos lugares, tener una colección de libros puede parecer un lujo poco práctico, además del costo que representan. También está la seguridad. Si alguien pierde su casa por un robo, un incendio o cualquier otra desgracia, los libros son de las primeras cosas que nadie puede rescatar. Y están los ultimátum domésticos. Como les ocurrió a mis jefes, Avelleira y Jorge Enrique González, cuando sus esposas les pidieron deshacerse de algunos.

Qué sé yo. Lo cierto es que el libro físico tiene un defecto que hoy parece bastante serio, existe.

Ahí entra el formato digital para resolverlo todo. Un Kindle, un celular, una tableta o una computadora pueden almacenar una biblioteca entera. No pesa, no ocupa espacio y está disponible a cualquier hora. Es práctico, barato en muchos casos y, para quien lee mucho, resulta difícil encontrarle defectos.

Hasta que uno se pregunta qué compró realmente.

Cuando compro un libro físico, puedo prestarlo, venderlo, regalarlo, heredarlo o guardarlo durante décadas. Si mañana desaparece la librería donde lo compré, el libro sigue conmigo. En el mundo digital, muchas veces pagamos por acceder a un contenido bajo determinadas condiciones. Si una plataforma pierde derechos, cambia sus reglas, cancela un servicio o retira un título, podemos perder el acceso. En algunos casos podemos conservar el archivo; en otros, dependemos completamente de que una empresa siga prestándonos el servicio.

Esto ya lo hicimos con la música, dejamos de comprar discos porque era mucho más cómodo pagar una suscripción y tener millones de canciones disponibles, aunque repitamos las mismas 100. Después hicimos lo mismo con las películas y las series. Ahora ocurre con los videojuegos. La industria lleva años trasladando el contenido hacia bibliotecas digitales, cuentas y servicios en línea.

La comodidad es indiscutible. La propiedad, cada vez menos.

Y ahí es donde el cierre de Porrúa me parece más significativo. No estamos dejando de comprar libros únicamente. Estamos dejando de comprar cosas.

Byung-Chul Han aborda esta transformación en No-cosas. El filósofo plantea el paso de un mundo construido alrededor de objetos materiales hacia otro dominado por la información. Las cosas tienen peso, superficie, desgaste, memoria. Están en un lugar y permanecen ahí. Un archivo digital puede contener una cantidad enorme de información y, físicamente, ocupar prácticamente nada.

Esa diferencia parece trivial hasta que pensamos en nuestra relación con lo que tenemos.

Un libro viejo puede tener una dedicatoria, una mancha de café o una página doblada. Un disco puede estar rayado. Una película puede conservar la caja rota que llevamos años prometiendo reemplazar. Son objetos que acumulan nuestra historia, incluso cuando ya no recordamos cuándo llegaron a nuestras manos.

La pantalla no hace eso con facilidad. Tocamos el celular todo el día y, paradójicamente, cada vez tenemos menos contacto con aquello que consumimos. Pasamos el dedo por una superficie de vidrio para cambiar de canción, película, libro o juego. Todo está ahí y nada parece quedarse.

Lo curioso es que mientras avanzamos hacia ese mundo completamente digital, también aparece una reacción en sentido contrario. Cada vez más artistas vuelven al vinilo. Los formatos físicos de música, libros y películas siguen encontrando compradores. Hay personas que prefieren pagar más por un objeto que puedan conservar antes que tener acceso ilimitado a un catálogo que no controlan.

Yo mismo tengo CD que compré hace unos veinte años y que terminaron llenándose de hongo por la humedad. Resulta bastante irónico, aquellos discos que alguna vez fueron presentados como la gran revolución tecnológica hoy pueden estar peor conservados que los viejos acetatos que sustituyeron, tengo más de una docena de acetatos de más de 40 años.

También en Europa comienza a discutirse con mayor seriedad hasta dónde conviene llevar la digitalización, particularmente en las escuelas. Algunos gobiernos han empezado a revisar políticas que sustituyeron libros y herramientas tradicionales por dispositivos electrónicos. Después de años de entusiasmo tecnológico, aparece una sospecha bastante razonable, quizá digitalizarlo todo no era necesariamente una buena idea.

La tecnología resolvió muchos problemas. También creó otros que apenas estamos empezando a entender.

Lo mismo ocurre con el dinero. Cada vez usamos menos efectivo y más tarjetas, aplicaciones y transferencias. Un billete es un objeto que podemos guardar en la cartera y contar con las manos. El dinero digital es una cifra almacenada dentro de un sistema financiero. Si falla el sistema, falla nuestra posibilidad de acceder a él. Si una cuenta es bloqueada, nuestra relación con ese dinero deja de ser tan directa como parece, ¿Bancomer cuantas veces no te has caído en momentos importantes? Y solo aparece el mensaje ¡Lo sentimos, inténtelo más tarde!

Tal vez estamos confundiendo acceso con posesión; tenemos millones de canciones, miles de películas, cientos de libros y una biblioteca de videojuegos al alcance de una pantalla. Y, sin embargo, basta una decisión empresarial para que alguna de esas cosas desaparezca de nuestra vida.

Por eso creo que hoy puede haber algo profundamente revolucionario en leer un libro impreso, comprar un periódico o conservar un disco. No porque lo antiguo sea automáticamente mejor, sino porque lo tangible tiene una virtud que la pantalla no puede ofrecer, permanece fuera de una cuenta.

Un objeto puede romperse, perderse, llenarse de polvo o terminar en la basura. También puede sobrevivirnos. Puede pasar de una persona a otra, conservar una dedicatoria durante décadas y recordarnos quiénes éramos cuando lo compramos.

Quizá por eso duele el cierre de Porrúa, de Blockbuster, de cientos de tiendas más. Porque cada vez quedan menos lugares donde uno entra, escoge algo, paga y sale con un objeto que puede guardar durante el resto de su vida sin pedirle permiso a nadie.

En una época en la que casi todo está a un clic de distancia, conservar algo que podamos tocar empieza a tener otro significado.

Cada vez podemos decir menos veces, con absoluta certeza, esto es mío.

Diego Mendoza
Diego Mendoza
Licenciado en Comunicación y Medios por la Universidad Autónoma de Nayarit. Premio Estatal de Periodismo en 2021, 2022, 2025 y 2026, en las categorías de Columna, Crónica, Entrevista y Artículo de Fondo. Con gran experiencia en periodismo de datos enfocado en temas sociales y derechos humanos.
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