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Cuando el mercado deja de ser mercado

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Reflexión a partir de la columna «Diésel: cuando el sentido común deja de serlo», de Jorge Zepeda Patterson, publicada el 23 de septiembre de 2026 en El País

El martes, en Nueva York y al lado de Zelensky, Trump deslizó, en sus palabras, que «no enviemos diésel fuera», una ocurrencia dirigida a los votantes que sufren un galón en precio récord, a dos meses de las elecciones intermedias. Jorge Zepeda Patterson toma esa frase suelta como el certificado de defunción de la lógica que guio la política económica durante treinta y cinco años, porque un corte así, aunque fuera parcial, dejaría a la deriva a los países que juntos reciben cerca de un millón y medio de barriles diarios de ese combustible.

La receta vieja parecía de cajón, comprar afuera lo que sale más caro producir en casa, y así se traían gasolinas, medicinas, vacunas o piezas industriales cuando el precio internacional vencía al costo de fabricarlas dentro. El columnista recuerda que ese cálculo se apoyaba en una certeza hoy quebrada, la de un planeta que seguiría girando con reglas predecibles y mercados abiertos, con potencias dispuestas a honrar la interdependencia que ellas mismas armaron. Ese pacto, sostiene, ya no rige. La pandemia, la guerra de Ucrania, el pleito entre Washington y Pekín, el uso político de aranceles y sanciones y la rebatiña por minerales, energía y medicinas dejaron claro que la eficiencia se queda corta cuando el abasto puede volverse palanca de presión.

Zepeda advierte contra un error consolador, creer que todo esto se marchará el día que Trump salga del poder. Algunos exabruptos se irán con él, admite, pero el andamiaje ya se instaló. La opinión pública de las grandes potencias compró las premisas de la ola nacionalista, el recelo hacia la globalización, la defensa del empleo de casa, la desconfianza ante los rivales estratégicos y la idea de que producir dentro puede pesar tanto como comprar barato afuera. Y como la rivalidad entre Estados Unidos y China seguirá doblegando al mercado bajo la política, el comercio mundial irá dejando de ser un terreno neutro de eficiencia para volverse un campo de disputa.

De ahí una consecuencia que incomoda, lo que ayer era racional dejó de serlo. Traer gasolina refinada porque costaba menos que modernizar refinerías tenía sentido bajo un orden estable; depender de insumos hechos a miles de kilómetros resultaba tolerable mientras nadie temiera fronteras cerradas ni acaparamientos. Hoy, argumenta, el cálculo tiene que sumar la continuidad del suministro, la capacidad de reacción y la vulnerabilidad política. Se cuida, eso sí, de no proponer una autarquía carísima: México ni puede ni debería encerrarse, porque su prosperidad cuelga de su lugar en América del Norte y en las cadenas regionales. Su reclamo es más fino, que el Estado aprenda a separar los bienes ordinarios de los estratégicos, y las importaciones cómodas de aquellas de las que no puede prescindir sin quedar expuesto.

El diésel le sirve de prueba mayor, y aquí su lectura toca un nervio político. Lo que muchos tacharon de capricho anacrónico, el empeño de López Obrador por modernizar refinerías, levantar una nueva y comprar otra en Texas, el vuelco internacional se lo terminó premiando en este punto, más allá de las prisas y los excesos del voluntarismo presidencial. El dato ancla el argumento: en 2018, tras años de abandono, México importaba entre el 70 y el 75 por ciento del diésel que consumía porque salía más barato traerlo; para julio de este año, según Pemex, esa proporción bajó a cerca del 21 por ciento, cerca de la autosuficiencia. Falta un matiz que la columna apenas toca, buena parte de ese abasto «nacional» sale en realidad de la refinería que Pemex posee en Texas, y la planta nueva de Dos Bocas costó mucho más y llegó mucho después de lo prometido, de modo que la apuesta luce mejor por la geopolítica que por la contabilidad.

Hecha esa salvedad, su tesis se sostiene. En el orden que asoma, dice, el diésel y el gas dejaron de ser mercancías cualesquiera para volverse, en su expresión, «condiciones de viabilidad» de la economía, y otro tanto vale para las vacunas, los fertilizantes, los granos, los chips o el equipo médico. La pregunta ya no puede reducirse a dónde cuesta menos, tiene que incluir qué ocurre si mañana no nos venden, nos venden tarde o nos venden con condiciones.

Su criterio de salida es la «prudencia estratégica», lejos del nacionalismo de discurso, y pide abandonar las dicotomías fáciles entre apertura y soberanía, entre mercado y Estado, entre eficiencia y seguridad. Las grandes potencias, remata, ya no cuidan un orden abierto, compiten y someten el comercio a sus intereses, y México no puede razonar como si nada hubiera pasado. El valor de la columna está en devolverle a la palabra soberanía un sentido práctico, sacarla de la trinchera partidista y volverla un asunto de simple cautela, la de preguntarse qué debe el país producir, asegurar o compartir con aliados para no quedar inerme el día que el mercado deje de portarse como mercado. Y deja una inquietud de peso, si un país conserva la posibilidad de decidir su futuro cuando las potencias de las que depende resuelven usar el abasto como arma.

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