Mis amigos y yo jugábamos al beli, un pasatiempo improvisado en el que utilizábamos la mitad de un palo de escoba para batear un envase mediano de plástico de Cloralex. Había que pegarle con toda la fuerza para proyectarlo lo más lejos posible; luego, levantando la botella con un golpe seco en el cuello, disponíamos de tres impactos adicionales para aproximarla a la meta. Ganaba quien completara el recorrido con la menor cantidad de pasos, medidos con el riguroso método de «gallo, gallina, pollo».
Era una tarde despejada de octubre de 1969 —el día cuatro, para ser exactos—. Jugábamos sobre la pendiente de nuestro callejón en el Cerro Grande de Santiago, inclinación que elevaba la dificultad de la contienda y nos otorgaba a los muchachos del cerro un rango de auténticos expertos en ese juego.
Tras una hora de trajín por la empinada cuesta, nos sentamos a descansar en los escalones de acceso a mi casa. La vista hacia abajo era privilegiada: dominaba la torre del templo, las techumbres de teja roja de las calles que desembocan en los portales, la ribera arbolada del río Santiago junto al pueblo de La Presa, las altas palmeras de la plaza principal, la techumbre del centro deportivo y, coronando el panorama, el remate de la presidencia municipal con su reloj monumental y el asta bandera en la cúspide. Era un paisaje entrañable que contemplábamos camino a la escuela por las mañanas, pero sobre todo al caer la tarde, cuando los juegos que practicamos después de hacer las tareas nos quedábamos charlando hasta que nuestras madres nos llamaban a cenar.

Rondaban las cinco y media y el sol aún resplandecía con fuerza. De pronto, ante nuestro asombro, la torre alta que sostenía el reloj del palacio municipal se quebró en dos: una sección se precipitó hacia la plaza y la otra colapsó sobre su propia estructura. El estruendo fue sobrecogedor, seguido por una densa polvareda que borró en segundos el paisaje que contemplábamos. De entre la bruma salieron en desbandada decenas de zanates —los pájaros negros que a esa hora ya buscaban refugio en los laureles de la plaza— graznando despavoridos.
A la distancia se escuchó un rumor sordo, roto apenas por algunos gritos dispersos. Nos pusimos en pie de un salto y corrimos calle abajo para atestiguar lo ocurrido; sin embargo, antes de alcanzar la esquina, el grito imperioso de mi madre me frenó en seco:
—¡Javier! ¡Gustavo! ¡Jorge! ¿Adónde van, cabrones? ¡Regrésense!
Nos detuvimos de inmediato, mientras los vecinos pasaban presurosos hacia la plaza para indagar la magnitud de la tragedia.
El casi centenario inmueble de la presidencia municipal había sufrido un colapso parcial. El pesado reloj cívico —traído de Boston a Santiago en 1901— terminó por vencer la resistencia de unas columnas debilitadas por el temporal de lluvias y resentidas por el implacable paso de los años.
Dos horas más tarde logramos acercarnos al lugar del siniestro. El impacto era sobrecogedor: el asta bandera había salido disparada como una saeta hasta estrellarse en el quiosco, mientras los reclusos de la cárcel municipal clamaban a gritos que los evacuaran ante el temor de que la estructura terminara por venirse abajo. Aquel derrumbe quedó grabado para siempre como un hecho inolvidable en la memoria colectiva de Santiago Ixcuintla.
Poco después se constituyó un comité de reconstrucción integrado por ciudadanos distinguidos y encabezado por Renato Caballero, entonces secretario de Obras Públicas del gobierno estatal de Julián Gascón Mercado. Las oficinas del Ayuntamiento se instalaron provisionalmente en el Teatro Colón y, en menos de seis meses, el inmueble quedó restaurado y el emblemático reloj, que siempre venía dirigido a tierras santiaguenses fué repuesto en su sitio de honor.
Octubre siempre trae sorpresas.







