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Lecciones de una semana cinéfila

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El receso del trabajo me ha permitido disfrutar más del cine. Esta semana vi dos películas que me llamaban mucho la atención. Digger y The Social Reckoning.

La primera del mexicano Alejandro González Iñárritu, ganador del Oscar, y la segunda del director y guionista estadounidense, Aaron Sorkin, a quien considero uno de los grandes cineastas políticos en la actualidad.

Ambas obras cinematográficas tienen historias distintas pero un trasfondo interesante: la constante lucha por el dominio de las narrativas.

El monopolio de la persuasión surgió como una idea de esto: la lucha del poder dominante por crear, imponer y mantener las narrativas convenientes en todos los medios posibles.

En Digger, Iñárritu apela a esta lucha a través de la creación de una obra de teatro, basada en uno de los momentos más trágicos y cumbres de la distopía planetaria en la que viven sus personajes.

En ella se explora de manera simple y efectiva la manera en que las narrativas se han convertido en el principal activo de quienes ostentan el poder, al llevar al mundo al borde de su aniquilación con tal de salvar la economía de un país.

Una comedia política que muestra cómo las élites utilizan la sátira política como una válvula de escape para darle la oportunidad al oprimido de reírse de su desgracia, lo que permite a las clases hegemónicas aliviar un poco el malestar que ellos o sus cercanos han causado para lograr sus intereses.

Esta película ha sido un auténtico fracaso a nivel comercial. Y es entendible, a pesar de contar con un elenco espectacular, encabezado por una de las mejores actuaciones de Tom Cruise, la película resulta demasiado simplona para los intelectuales y demasiado complicada para el público en general.

“Estuvo rara la película, ¿no?”, le decía su novia a un hombre a la salida del recinto cinematográfico.

Iñárritu ha dicho que la película está hecha para los jóvenes y quizá tenga razón. El fracaso en la taquilla en un futuro podría compensarse con el estatus de cine de culto que las nuevas generaciones podrían otorgarle cuando sean más conscientes de esta lucha por controlar las narrativas de sus vidas.

En The Social Reckoning la cosa resulta más interesante. La secuela de la película The Social Network narra la historia de Facebook a principios de esta década, el juicio de Mark Zuckerberg y la construcción de la serie de artículos de The Wall Street Journal que exhibieron la cuestionada ética de la hoy conocida empresa Meta.

La película que también cuenta con un envidiable elenco encabezado por la ganadora del Oscar, Mikey Madison, así como los también nominados a la estatuilla, Jeremy Strong y Jeremy Allen White. Destaca el funcionamiento del algoritmo que llevó a la gran red social azul a aprovecharse de la creciente polarización política en el mundo para generar una mayor interacción que se tradujera en mejores ganancias.

Ahí se observa a Mark Zuckerberg navegando en un mar de argumentos que defienden dos posturas claras: la responsabilidad social y la responsabilidad con los accionistas de una empresa que cotiza en bolsa.

Ingenieros idealistas de rango medio que buscan con Facebook incentivar la creación de comunidades sanas y accesibles, enfrentándose a la defensa férrea de los ejecutivos de alto nivel que se escudan en la libertad de expresión para justificar su negligencia.

Además de ser testigos de cómo el asalto al Capitolio por parte de grupos de extremistas de ultraderecha se convirtió en punto de quiebre para Facebook, al decidir o no suspender la cuenta de Donald Trump.

Esta obra cinematográfica navega con humor ácido que en ocasiones luce involuntario, lo cual ayuda a sobrellevar la historia que mantuvo entretenida a mi camarilla, mientras nos señalábamos mutuamente un amigo y yo, al ver que nuestros perfiles se representaban en la pantalla grande con una confrontación entre el periodismo escrito y la industria tecnológica.

Me resulta curioso cómo simbólicamente esta película se convierte en la obra de teatro que se presenta en Digger. Quizá no trata sobre el desastre ambiental que llevó al mundo a una distopía genocida, pero presenta uno de los momentos clave en que la humanidad se vio vulnerable ante la manipulación consciente de una empresa creada para conectar a las personas, pero que terminó enfrentándolas por ganar dinero.

EN DEFINITIVA… La lucha por la persuasión es algo que nunca terminará. Hoy el cine nos deja un par de lecciones contemporáneas para reflexionar sobre el papel de la construcción e imposición de narrativas en nuestra vida diaria. Mientras las élites nos siguen cobrando por reírnos del espectacular caos que han causado.

Pablo Hernández Avendaño
Pablo Hernández Avendaño
Periodista. Formado en la Ciencia Política. Premio Estatal de Periodismo 2022 en Crónica. Con más de 13 años de experiencia en medios de comunicación locales. Editor web de Meridiano de Nayarit.
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