Empezamos nuestra relación inmediatamente. Acudí a la cita después de leer el anuncio, las características que solicitaban parecían describirme. Ella se plantó con absoluta confianza frente a mí y dijo. Usted me satisface. Era hermosa, de una manera contenida pero inapelable. Después me comunicó como en un dictamen que yo me parecía mucho, pero muchísimo, a su marido muerto. Tragué mi wiski de un golpe y pedí otro.
Soy Ondamia. Me dijo. Soy Arnoldo. Respondí. Ella hizo un gesto de disgusto y reviró. No, usted se llama Damián. Y, por cierto, usted no toma wiski, toma coñac. Dijo con un tono dulce y regañón e hizo una señal al mesero para que rectificara mi bebida. ¿Qué edad tiene? Preguntó. 37. Respondí. Imposible, desde ahora tendrá usted 48. Puntualizó. Sentí el peso del tiempo sobre mis hombros. Llevó su mano ligera y blanca a mi cabello y lo cambió de curso, lo peinó hacía la derecha, en vez de hacia la izquierda. Lo del sombrero lo arreglaremos después.
Pasamos la velada casi sin hablar. Me resultó difícil mantener una conversación con un nombre nuevo y con los once años que habían caído sobre mí de un sopetón. Ella se mostró complacida. Según me indicó, con el difunto hablaba muy poco, casi lo indispensable. A veces, las cosas más importantes se expresan con la mirada. Explicó y abrió grandes sus ojos verdes, de luz, para que no me quedara ninguna duda.
Un mes después nos casamos. La boda fue muy reservada, sólo algunas personas que dijeron venir con la novia, aunque más parecían miembros de un elenco teatral en el primer día de ensayos. De parte del novio asistió únicamente Talamantes, mejor amigo de Damián (es decir, mío), y su esposa Judith. Saludé a Talamantes con precaución y curiosidad, quería ver la cara que pondría. Hombre, ¡te ves rejuvenecido! Dijo el gordo Talamantes con el tono que siempre usaba para burlarse. ¡Pareces otro, cabrón! Y soltó una carcajada. Lo abracé con fraternidad y simulé conectarle dos ganchos al hígado, casi se me cae el sombrero: Panamá blanco de alas anchas. Soltamos tremendas risotadas que hicieron vibrar la pequeña capilla. Ondamia carraspeó con gesto molesto y nos dedicó una mirada de pistola. Nosotros, como niños regañados, nos reímos en silencio. Judith nos veía con su carita de pájaro.
Días antes de la boda, cuando le comenté a Ondamia que necesitaba invitaciones para mi madre y mi hermana (padre nunca tuvimos), ella me vio con horror. ¡No diga herejías, Damián! ¡Su madre ha muerto hace ya varios años! Se persignó con rapidez. Y usted no tiene hermana. Quedé dislocado, como si una antigua orfandad, un luto milenario, metiera su negra garra en mi corazón. Tener trato con los muertos es cosa de sacrílegos, de pecadores. Dictaminó Ondamia. Así que corté toda relación con aquellas señoras que habían sido madre y hermana de la sombra que alguna vez fui.
La noche de bodas, en Mismaloya, Vallarta, se cumplió con estricto apego a lo vivido alguna vez, o varias, por Ondamia. El hotel me pareció extrañamente familiar, aunque nunca había estado ahí. No obstante, al entrar a la habitación y toparme de frente con los ventanales que abrían el espacio hacia la bahía, sentí un familiar y poderoso llamado del deseo. Como un animal en brama, me le abalancé a Ondamia con las negras intensiones de consumar el matrimonio por las leyes salvajes. Pero ella me detuvo en seco. No, no, mi señor, acá le dejo, punto por punto, lo que tiene que suceder esta noche. Me entregó una hoja de cuaderno con una lista y, en efecto, venía punto por punto lo que sucedería. Diálogos, movimientos, posiciones, besos, todo estaba ahí, y yo seguí el guion al pie de la letra. Incluso los tacones de sus zapatillas contra mi carne.
Fue la primera vez que tuve el sueño: un lugar penumbroso, un espejo enorme en el que se reflejaban figuras humanas. Pronto sabría quiénes eran. Eran yo, todos eran yo y se agolpaban del otro lado del espejo, mientras yo, de este lado, los veía verme con extrañeza. Me gritaban con voces ahogadas, pero su furia aumentaba y empezaban a golpear con los puños el cristal del espejo.
Me mudé a vivir con mi mujer. Una casa enorme, fastuosa, pero hundida regularmente en una extraña penumbra. Había retratos de ella con Damián por todas partes. Aunque cada Damián tenía un aire distinto al anterior.
Pasados los años, aprendí a combinar el color de mis sombreros Panamá con los trajes que ella me compraba. Fumé puros Montecristo con absoluta naturalidad y, jueves tras jueves, entré en mi habitación de trenes miniatura y recorrí los rieles entre batallas de indios contra vaqueros. Aprendí alemán, jugué conquián los martes, fui a la capilla los domingos, degusté las uvas ugni blanc y las ensoñaciones del coñac; recibí cada semestre al gordo Talamantes y a su esposa con carita de pájaro; y cumplí con Ondamia los rituales del amor y la sangre (siempre la mía).
He vivido, palmo a palmo, mi vida de Damián.
Algunas noches, el sueño de mis yoes atrapados en el espejo me persigue.
Ahora estoy viejo. No salgo de casa, vivo sentado en mi silla de ruedas, con un grueso suéter de estambre y cobijitas sobre mis piernas enclenques, muertas. Ver por la ventana es mi actividad primordial. Ondamia, en cambio, permanece tan joven y tan bella como el primer día. Pero cuando me ve parece no verme, ve a través de mí como si yo ya no estuviera en este mundo, y se pasea por la penumbra de la casa hablando sola. Presiento lo que sigue.
Ahora, entra. Su hermosa silueta avanza hacia mí, un destello de acero se ilumina en su mano, se acerca y me susurra al oído.
Ha sido usted el Damián más eficiente.
Yo veo sus ojos verdes, de luz, e intento recordar el sabor del wiski y las letras de mi antiguo nombre.
Nada.







