El precio fijo de un telegrama incluía diez palabras, con las cuales el remitente debía expresar su amistad o amor, dar una buena noticia, avisar de un fallecimiento, precisar los datos para un negocio. Ahí aprendimos muchos que todo cabe en diez palabras sabiéndolas acomodar. El teléfono fijo primero y el móvil después desplazaron a la oficina de telégrafos, símbolo de comunicación rápida y segura del siglo veinte. Los giros telegráficos han cedido lugar a los depósitos bancarios y el envío de dinero al instante desde un abarrote o por banca móvil. La poesía de la brevedad está a punto de ser pieza de museo, y desconozco si ya lo sea su medio, el telégrafo. Desconozco del todo si en este tiempo hay alguna utilidad del mayor invento de comunicación del siglo antepasado.







