A sus 47 años, Roberto Alejandro García Pérez recorre las calles de Tepic no con los pies, sino con una voluntad que desafía el desgaste de su propio cuerpo. Su silla de ruedas es hoy el centro de una batalla que comenzó hace casi tres décadas, cuando el diagnóstico de diabetes llegó como un susurro al que no quiso prestar atención. Aquella lejana juventud, marcada por una sensación de invulnerabilidad, dio paso a una realidad que hoy le exige temple y esperanza para seguir adelante.
Originario de la Ciudad de México, el hombre reconoce que la falta de orientación y los antecedentes familiares marcaron su camino. Al ser hijo de padres diabéticos, heredó una condición que, sumada a los descuidos alimenticios, terminó por cobrar facturas severas. Hoy, tras superar incluso un cáncer de colon, convive con la pérdida de ambas piernas y una insuficiencia renal crónica que lo obliga a depender de la ciencia médica para procesar las toxinas de su organismo.
Hace diez meses que Tepic se convirtió en su refugio y campo de batalla. Roberto acude puntualmente dos veces por semana a sus sesiones de hemodiálisis en el hospital de especialidades de la avenida Aguamilpa. Éste tratamiento es su ancla a la vida; sin el respaldo del servicio público, el costo de las sesiones superaría los cinco mil pesos semanales, una cifra que resultaría inalcanzable para su economía y que significaría un colapso inevitable para su salud.
En esta travesía de resistencia, el apoyo familiar es el motor que lo impulsa a no rendirse. Su sobrino, quien viajó desde Tijuana para asistirlo, se ha convertido en su soporte absoluto y en sus extremidades para realizar cualquier tarea cotidiana. Aunque no mantiene una relación formal con la madre de sus tres hijas, ella también forma parte del círculo de auxilio que le permite enfrentar la adversidad con la dignidad de quien se sabe amado y respaldado.
Cada día, Roberto se sitúa en los cruceros de las principales avenidas de la capital nayarita para solicitar el apoyo de los automovilistas. Desde su silla de ruedas, aprovecha los altos del semáforo para observar la prisa de los demás y lanzar una advertencia silenciosa. Pide una moneda para subsistir, pero también ofrece un consejo de vida a quienes padecen su misma enfermedad: tomar en serio los cuidados médicos y no confiar en la falsa seguridad de la juventud.
Sólo quien ha estado al borde del abismo comprende el valor de una jornada ordinaria. Roberto insiste en que su vida es normal porque conserva la capacidad de trabajar y el deseo de ver crecer a los suyos. Su testimonio es un recordatorio de que, a pesar de las limitaciones físicas y las cicatrices de las cirugías, el espíritu humano posee una fuerza capaz de transformar el dolor en un mensaje de prevención para las futuras generaciones.







