Por José Luis Olimón Nolasco

Hace poco más de un año, con ocasión de la muerte del P. Salvador Santiago Iglesias, inicié, sin habérmelo propuesto, mi colaboración en El Meridiano de Nayarit, al responder, afirmativamente, a la pregunta de Jorge Enrique González acerca de la posibilidad de publicar en ese diario del que era Director Editorial, ese texto que se había publicado en la página de la Diócesis de Tepic.

Desde entonces, la muerte de personas que han peregrinado en la Diócesis de Tepic, ha sido uno de los temas más recurrentes en mis “palabras” compartidas en este espacio.

Y, esta vez, no es la excepción, la muerte del Cardenal Javier Lozano Barragán es lo que da razón de las “palabras” que aquí comienzo a “dar a luz” y a entrelazar…

Como suele suceder en mis colaboraciones, dejo para otros espacios, las referencias a “la vida, obra y milagros” del Cardenal Lozano Barragán, que, hace apenas unas horas, se han empezado a publicar a través de diversos medios electrónicos de comunicación y le daré un “toque” muy personal a estas “palabras” cuya responsabilidad asumo totalmente.

El ahora y aquí lejano 1976, fue el año que un amplio grupo de seminaristas de Tepic —“filósofos” y “teólogos”— llegamos al Seminario Diocesano de Zamora, ubicado en su vecina ciudad de Jacona, en donde, casi un siglo antes, Amado Nervo había estudiado humanidades, latín, filosofía y leyes y producido sus primeras obras y al que habían llegado, el año anterior, dos seminaristas de Tepic a iniciar sus estudios de teología, una vez que se había tomado la decisión de no enviar ya seminaristas al Seminario Interregional de Tula, Hidalgo, heredero del célebre Seminario de Montezuma, Nuevo México, por el riesgo del sesgo marxista que los jóvenes jesuitas le habían estado dando a la formación de los futuros sacerdotes del país.

Y, el Doctor en Teología Dogmática Javier Lozano Barragán era, sin duda, la estrella más brillante del profesorado del Seminario Diocesano de Zamora, por lo que ser alumnos suyos en las asignaturas de Eclesiología y Teología Dogmática fue inevitable, así como ser testigos —en un contexto eclesial dividido en dos bandos con actitudes cercanas al maniqueísmo— de la postura “antiliberacionista” del posteriormente nombrado obispo y cardenal. Como olvidar sus constantes “Cuidado, mucho cuidado” que, lejos de alejarnos del “bando liberacionista”, en mi caso y en el de otros, “nos arrojó hacia sus brazos”, por decirlo coloquialmente.

Cuando el movimiento “antiliberacionista” se fortaleció en los altos niveles de la jerarquía eclesiástica en Roma y en los organismos eclesiales latinoamericanos, llegaron para el Doctor Lozano Barragán sus tiempos de gloria: como fundador de la Universidad Pontificia, en la que se desempeñó como una especie de censor teológico; como Obispo titular de Tinisa y Auxiliar de la Arquidiócesis de México; Obispo de la Diócesis de Zacatecas; miembro del Consejo Pontificio de la Cultura; miembro de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos; Consejero de la Comisión Pontificia para América Latina; Presidente del Departamento de Educación y Presidente del Departamento de Economía en el CELAM; miembro de la Congregación para los Obispos y, finalmente, Presidente del Consejo Pontificio para los Agentes Sanitarios desde 1996 hasta 2009, año en que pasó a ser Presidente Emérito de dicho Consejo, no sin antes haber participado en el Cónclave que eligió al Papa Benedicto XVI.

Sin duda, un personaje relevante de la Iglesia Católica en México, muy probablemente fiel a lo que consideró que era su deber como teólogo ante lo que consideraba una seria amenaza para la fe católica en Nuestra América y en nuestro país. A final de cuentas, él, como todos y cada uno, seremos juzgados —como lo afirma San Juan de la Cruz— acerca del amor y desde el amor hasta el extremo de nuestro Dios y Señor, un Dios y Señor con un corazón y unos riñones [en la Biblia, el sitio en que se encuentran los sentimientos más profundos] de misericordia infinita…

Así que más allá de las diferencias “ideológicas” que hayamos podido tener y que en algún momento me llevaron, en un arrebato juvenil a osar salirme de una de sus clases y teniendo en mi memoria algún recuerdo grato de un encuentro con él, en su cuarto, después de un examen y algunos recuerdos de jugar basquetbol contra el equipo “de los padres” del que él formaba parte, en la cancha del Seminario de Zamora, no me queda sino confiar en que ya esté en la Casa del Padre, en la habitación que le corresponda, reconociendo sus faltas, dando gracias y alabando al Dios a cuyo servicio dedicó su vida y su talento…

¡Descansa en la Paz de nuestro Señor!

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