
Ayer fue el Día del Contador. Cada vez que nombro ese oficio recuerdo el lema de unas jornadas de literatura celebradas hace años en la Secretaría de Hacienda, en la Ciudad de México: «En la casa de los contadores de cuentas, los contadores de cuentos». Creía entonces que la mentira, y los frutos que de ella se cosechan, eran feudo de novelistas, cuentistas y poetas. Los años me enseñaron mi error: el dueño absoluto de la mentira es el político. La mentira lo encumbra y la mentira lo entierra, sea de derecha, de izquierda o de centro. Tampoco se salvan quienes enarbolan la bandera de no robar, no mentir, no traicionar; hicieron de ella el cuento más rentable. Cuánto daríamos porque los poderosos fueran por fin más contadores de cuentas que de cuentos.







