Por Ernesto Acero C.

Los sindicatos a lo suyo y el gobierno a sus tareas. Esa es la tesis que sostiene el Gobernador Miguel Ángel Navarro Quintero y aplica a los organismos “representativos” de los trabajadores que tienen relación con el gobierno. Me refiero a eso que llaman “sindicatos”.

Los sindicatos no representan un problema en el espacio de la iniciativa privada. No son un problema si tenemos en cuenta que el porcentaje de trabajadores agrupados en sindicatos no representa en México ni siquiera un 13 por ciento. Los que representan un problema, para el gobierno y en general para la sociedad, son los sedicentes personajes que representan a los sindicatos del sector público. El problema de los sindicatos son los que los secuestran.

El porcentaje de trabajadores aparentemente aglutinados en sindicatos, niega de entrada que los sindicatos sean freno para el desarrollo, como se llegó a decir en algunos sectores. El indicador incluye a los trabajadores de la educación y a la burocracia federal, estatal y a la de los municipios del país.

Recordemos que el SNTE, en este caso, es el sindicato más grande de América Latina. Los sindicatos de trabajadores relacionados con el gobierno, como los universitarios, los del Poder Judicial, de las legislaturas locales y demás, están dentro de la cifra citada.

De lo anterior podemos concluir que la mayoría de trabajadores del país no poseen la cobertura de los sindicatos. Esa cobertura o protección de los derechos de un trabajador, confiada a la dirigencia de un sindicato, tiene una mala historia.

En México hablamos desde hace más de medio siglo, de charrismo sindical, de sindicatos blancos, de cacicazgos. La figura emblemática a nivel nacional, pocos la podrían recordar: Fidel Velázquez Sánchez, que muere en 1997. En la esfera local, nuestro buen cacique fue Emilio M. González, que muere en 1998.

El charrismo sindical tiene su explicación y las debidas justificaciones por parte de sus adalides. Uno de los personajes más conocidos dentro de la CTM, fue Juan S. Millán. Este (críticamente) sostenía que el movimiento obrero había hecho una alianza con el partido de la Revolución, o sea, con el PRI. De esa alianza habían surgido gobernadores, diputados, senadores, cientos de beneficiados de esa alianza. No obstante, él mismo agregaba que de esa misma alianza se derivaron procesos regresivos de los indicadores de bienestar para los trabajadores.

Dicho de otra manera, los “dirigentes” se beneficiaron y los trabajadores vieron caer sus condiciones de bienestar. Adorno, como siempre, con las respectivas comillas, la palabra “dirigentes”. Esos dirigentes realmente actuaban como traidores a los intereses de aquellos a los que decían representar.

Diputados, senadores, gobernadores, “representantes obreros”, cultivaron alegremente sus cuentas bancarias. Los “dirigentes” millonarios y los trabajadores viendo caer sus ingresos reales, de manera sostenida. El contraste de los niveles de vida de trabajadores y de sus “representantes”, es lo que lleva a una acerba crítica a los sindicatos.

Las agrupaciones de trabajadores surgieron como una forma de lograr mejores condiciones de vida. Ese es el caso de los sindicatos con impulso economicista. Otros sindicatos se cargaron con una agenda social y política, que los llevó a aliarse con partidos de izquierda, principalmente.

Empero, los sindicatos empezaron a corromperse en su nivel de dirigencia. De esa manera, los “representantes” traicionaban a sus agremiados con los patrones. Los patrones preferían beneficiar a un “representante sindical” en lugar de acceder a dar mejores condiciones de vida a todos sus trabajadores.

De esa manera, los trabajadores se vieron en medio de un fuego cruzado de intereses. De pronto, el trabajador era víctima de sus patrones y sus “representantes” se convertían también en patrones. En repetidas ocasiones, los trabajadores aspiraban a ver desaparecer a sus “dirigentes” y tratar a un solo patrón y no a dos.

Los sindicatos son necesarios. La aparición de las agrupaciones de trabajadores tiene que ver con las aspiraciones por una mejor vida. En el Constituyente de 1916-1917, se logró dar un paso significativo al plasmar en el Pacto Federal, una jornada laboral más humana y mejores condiciones de vida.

A más de cien años de haber logrado históricas conquistas en favor de los trabajadores, esa jornada laboral se mantiene en los mismos términos. Hace cien años, la jornada laboral era de 48 horas a la semana. Los datos de la OCDE revelan que estamos peor que hace más de cien años. La mayoría de los trabajadores en México carga con una jornada laboral de ocho horas diarias por seis días a la semana, cuando le va bien.

Existe un desarrollo impresionante de los medios de producción, se automatizan amplios sectores de la producción y la maquinización se ha generalizado. El hombre ya llegó a la luna y de manera indirecta ya salió hasta de su sistema solar. A pesar de esos enormes avances tecnológicos, el trabajador sigue como hace cien años, o peor. No obstante que se ha demostrado ya la existencia del bozón de Higgs, recurriendo a un Colisionador de Hadrones, los trabajadores en México siguen laborando de lunes a sábado por ocho horas al día, y en contraste, se construye otro colisionador con un costo superior a los 10 mil millones de dólares.

Los contrastes son dramáticamente espectaculares. El nuevo propietario de Twitter, a su llegada a la empresa, despide al 80 por ciento de su plantilla laboral. El adinerado sujeto despide trabajadores y se entretiene pensando que va a llegar al planeta Marte. Un mentecato esférico.

Pero lo que más no interesa es lo que ocurre en México y en nuestra entidad. La mayoría de los trabajadores sufren a sus patrones y a sus “dirigentes”.

Más grave es que ahora las camarillas que se han apoderado de algunos sindicatos, crean partidos (contrariando lo dispuesto por la Ley Fundamental), y se proponen apoderarse del gobierno. El gobierno fue saqueado por gobernantes bandidos. El mal ejemplo ha cundido hasta las cúpulas sindicales.

Las cosas deben cambiar en un país que posee una visión doble: una de lo que es y otra de lo que se desea que sea. Por una parte, los privilegiados sueñan embobados con un futuro galáctico. Por otra parte, los de abajo sueñan con vivir una vida sencilla, pero mejor, en “un sistema de vida fundado en el constante mejoramiento económico, social y cultural del pueblo”.

Los sindicatos han dejado de ser instrumento de los trabajadores. Algo parecido ocurre en el caso del “sistema de partidos”. En un país que no tiene partidos, no se puede hablar de partidos. En un país en el que los sindicatos se convierten en camarillas que usan para su beneficio a los trabajadores y los usan como carne de cañón, no se puede hablar de sindicalismo.

En el estado y en el país se requiere la presencia de sindicatos. Lo que ahora existe con el nombre de “sindicato” debe desaparecer. Procede empezar desde cero. Preferible.

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