Por Javier Berecochea García

La alegría contagiaba, todo era prometedor. Ahora sí, después de tantos años cargados de penalidades, la bonanza se avizoraba a la vuelta de la esquina. Los trabajos de desmonte para tender las paralelas del ferrocarril habían iniciado en diciembre del 1882. Hasta mil 324 trabajadores mexicanos y 113 extranjeros llegaron a estar repartidos en el asentamiento y en diferentes campamentos ubicados a inmediaciones de donde se construían los terraplenes sostenedores de durmientes y vías. El trazo señalaba su inicio en el muelle sanblaseño hasta llegar al puente de Bellavista, 3 kilómetros al norte de Tepic, corredor industrial de la región. Las textiles de Bellavista y Jauja, los ingenios de la Escondida y Puga verían reflejado un beneficio en el transporte de insumos y productos. En los meses de abril y mayo los salarios erogados por la compañía del Ferrocarril Central Mexicano a los trabajadores de esta línea Pacífico ascendieron a $42,168.50, generando un dinamismo comercial que daba gusto ver. Los impresos informaban que el general Remedios Meza, metido a empresario, el día 13 del mismo mes había dado inicio a los trabajos de apertura de un canal, que habría de comunicar a través de los esteros a este puerto con el vecino Mazatlán por medio de vapores planos. El diario El Sur de Sinaloa anunciaba que en febrero a más tardar estarían funcionando las dragas y excavadoras adquiridas en San Francisco, California. Abonaba al optimismo la producción de pequeñas embarcaciones en los astilleros. En abril, don Eligio Hupertz, de oficio carpintero, de ribera botó un pailebot de su propiedad con una capacidad de 48 toneladas bautizado con el nombre de San Blas, dirigiendo él mismo su armado.

El acceso principal desde la falda del cerro de Basilio hasta la dársena pasando por la aduana era de un aumento en el trajinar diario; carretas iban y venían cargadas de comestibles. En el correo su administrador don Natividad Rivera veía con satisfacción el aumento del tráfico postal: cartas salían y recibían de distintas direcciones y lugares nunca imaginados. El código morse se escuchaba repiquetear hasta el cansancio en la oficina telegráfica. El jefe Pancho Contreras observaba cómo el empleado no podía despegar la mano del manipulador de tan sorprendente aparato ante la exigencia de envíos. Secundino Luna y su mujer Leocadia Cevallos se vieron obligados a aumentar la producción de birotes, chilindrinas, conchitas y picones en su panadería; hasta el aroma del pan se tragaban los parroquianos, no dejaban nada. Lo mismo pasaba en la de Epitacio Lorenzana y Lorenza Castro, dueños de las otras dos que había en el puerto.

Los propietarios de abarrotes y los empresarios pureros, madereros o dedicados a otra actividad, eran una muestra del ambiente cosmopolita de aquellos años: E. Weber, Louis Goldbanm y Gustav Delius, alemanes; Lanzagorta, Mariano Erro y Mateo Cuadra, españoles; Francesco Chelo, y Joan B. Mariani, italianos; Willians Streken y Rafael Dickson, ingleses; Charles Bouttier, francés, junto con los mexicanos Manuel Carpena, Abel Villaseñor, Felix Uribe, Patrón Hernández, Ignacio Muñoz Vega, Feliciana P. de García y Guadalupe Alaniz, poseían los mejores inmuebles en el corazón de la villa, que a la vez servían de casas habitación y establecimientos saturados de efectos comerciales.

La felicidad se empezó a empañar con las malas nuevas. Los rumores de la presencia de la fiebre amarilla importada del istmo panameño por los vapores americanos San Juan y San Blas al puerto mazatleco fueron confirmadas. San Blas entró en pánico, la alerta hizo que la Junta de Sanidad decretara las medidas pertinentes con el objeto de proteger el contagio de la terrible epidemia. El día 8 de septiembre de 1883 a las 14:30 arribó a puerto el pailebot nacional Náufrago, procedente del infestado Mazatlán con patente sucia. Entre los pasajeros venían varios pertenecientes a la compañía operística Montiel-Peralta, de la cual la estrella era la soprano mexicana Angela Peralta, una de las primeras víctimas del contagio, fallecida el 30 de agosto en los altos del Teatro Rubio. Las autoridades portuarias ordenaron izar vela a la tripulación y tomar rumbo a la ensenada de Matanchén a cumplir cuarentena.

La imprudencia causa de muchos males, fue la responsable del abatimiento que se empezó a sufrir, días horrorosos en que no se escuchaba más que los lamentos de los que agonizaban, los

golpes del martillo clavando los cajones para transportar los cadáveres hacían eco en las calles desiertas, el aire olía a muerte. Cuentan que hubo esposo que abandonó a la esposa, la hija a la madre, el hermano a la hermana, y que muchos infelices, dejados de la caridad de los vecinos, perecieron de hambre.

La epidemia, según consenso general, fue introducida por dos dependientes de una casa comercial que pasaban a entregar todos los días víveres frescos a los cuarentenados, llevados de su poca experiencia, subieron al Náufrago y le entraron a la fiesta que para aligerar el aburrimiento tenían los de a bordo. A los pocos días uno de ellos murió, salvándose su compañero. Poco a poco el mal empezó a manifestarse en la calle principal en la cual se encontraba el comercio donde laboraban. Murió otro dependiente de la misma casa y así de manera sucesiva fueron enfermando y muriendo más y más cada día.

Rodeado por dos esteros, el de El Pozo del Rey, que desde su fundación ha albergado al muelle y el de San Cristobal, donde cerca de él se ubicaba la garita del Conchal, que marcaba el inicio del camino hacia Tepic con paso obligado por Huaristemba. Existía además otro de menor tamaño que atravesaba la población recibiendo las inmundicias de las casas. Aunado a esto los inmensos fangos que había por todas partes alimentados por el temporal lluvioso, una temperatura de 32 a 35º C, y la presencia de muchos trabajadores venidos del interior del país a la construcción de las vías férreas que mezclados con los oriundos pobres en las barriadas vivían hacinados en los bajareques, contribuyeron para que la epidemia se expandiera, tanto así que faltaban vivos para sepultar a los muertos. El humo del puyeque, de la estopa de coco y la boñiga de los vacunos, no fue suficiente para contener a los zancudos, principales vectores de esta peste negra.

La versión oficial que es el informe de los doctores Nemesio Rodríguez y Antonio Caravantes, nos dice que el día 25 de septiembre murió la primera víctima con los síntomas característicos de la fiebre amarilla. La población sería de mil 800 habitantes, dividida en dos partes, la del sur la más poblada y llena de enfermos tocó a los informantes; la del Norte al doctor Pedrera. Los enfermos que visitaron fueron 241, enfermos de fiebre amarilla 161, de otras enfermedades 80. Murieron de fiebre amarilla, 11 hombres, 5 mujeres y niños 1. Murieron de diarrea, hombres 1.

La versión del pueblo a través de cartas enviadas a don Ireneo Paz por don Francisco F. Ramírez ,vecino del puerto y director de la escuela de primeras letras, nos dice:

“A pesar de la multitud de familias que emigraron, quedamos en la población en cantidad de seiscientos habitantes por más o menos, y de este número tan reducido, hubo días en que fallecieron veinticinco, siendo por fortuna unos dos días o tres a lo más en que se registraron tantas defunciones. Los demás días por termino medio, pueden calcularse en cinco a siete diarios en la fuerza de la epidemia….El Señor Administrador de la Aduana Marítima, desplegó un vigor tal, que hizo callar a muchos que suspiraban por salir de la población. Dictó medidas muy buenas para vigilar la higiene pública, y consiguió que los cadáveres fueran encerrados en cajas y transportados violentamente fuera de la población. Creemos varios, que si la planta de empleados de la Aduana hubiera salido del puerto, los que no hubieran salido habrían perecido como animales. Si sosteniendo así la situación, hubo días en que el pan, la carne y demás artículos de primera necesidad no se encontraban, abandonando los empleados sus puestos, como no quedaban más personas de representación, quedarían tal vez cortados los socorros para los pobres que ya por enfermos o faltos de recursos no pudieran salirse del puerto, porque solo dos tiendas de comestibles había abiertas, y su existencia de efectos era materialmente imposible que hicieran frente a las exigencias de la situación.… Todos hemos quedado con la curiosidad de saber la categoría, clase y nombre de la enfermedad que nos asoló, porque hasta esta fecha se han registrado casos bastante raros, habiendo algunos pacientes que han estado arrojando sangre por tres y cuatro días y que se han salvado con limonadas. Otros tomando horchata de hojas de fresno han curado maravillosamente.”

Los comunicados oficiales y telegramas transmitidos por las autoridades del Distrito Militar de Tepic y de la administración del puerto de San Blas daban a conocer la magnitud de los acontecimientos:

—Telegrama depositado en Tepic el 9 de octubre de 1883. Recibido en México el mismo día, a las 5 de la tarde.

Señor secretario de Gobernación: Luego que se tuvo conocimiento de la fuga del doctor Carvajal, de San Blas, en el acto se mandó otro médico. La epidemia de ese puerto, que se cree ser fiebre amarilla, ha ocasionado desde el 24 de Septiembre tres defunciones diarias en término medio.

En el resto del distrito no ha aparecido ninguna epidemia. Precauciones continúan.- Leopoldo Romano.

—Telegrama depositado en Tepic el 16 de octubre de 1883. Recibido en México el mismo día a las 5 horas 10 minutos de la tarde.

Ciudadano secretario de Gobernación: Según opinión de tres facultativos enviados a San Blas para atender enfermos, fiebre amarilla es epidemia de ese puerto. Del 8 al 15 del corriente hubo 59 defunciones, debidas casi todas a la fiebre. Se han tomado todas las precauciones posibles para evitar contagio. En ningún otro punto del distrito ha aparecido epidemia. Leopoldo Romano.

Es copia. Mexico, octubre 19 de 1883. M. A. Mercado, oficial mayor.

—Telegrama depositado en Tepic el 29 de octubre de 1883.- Recibido en México el mismo día, a las 5 h. 30 m. de la tarde.

Ciudadano secretario de Gobernación: Del 22 al 28 del corriente fallecieron en San Blas 25 personas de fiebre amarilla.

En esta ciudad no se ha desarrollado la epidemia.- Leopoldo Romano. Es copia. México, octubre 30 de 1883.— M. A. Mercado. oficial mayor.

—Telegrama depositado en Tepic el 6 de noviembre de 1883.- Recibido en México el mismo día, a las 6 horas 10 minutos de la tarde.-

Ciudadano secretario de Gobernación: La autoridad política de San Blas me dirigió ayer el siguiente mensaje:

“En este momento, 7 noche, concluyo junta sanitaria y se declaró libre tráfico este puerto, mandándose expedir patente limpia a buques por haber terminado epidemia.”

Tengo el honor de transcribirlo a Ud. para su conocimiento.- L. Romano.- Confrontado, Palafox.

A partir del día 7 de noviembre parecía que el flagelo del vómito negro estaba controlado, del día 1º al 9 de diciembre se reportaron diez muertes más, culpando al poco cuidado de la capitanía de puerto al permitir el desembarco de las canoas de gente infestada procedente de Santiago, donde se seguían presentado un promedio de seis muertes diarias en los últimos de noviembre.

—A inicios del siguiente año, lo acaecido se recordaba como una horrible pesadilla, y sólo creían en la realidad cuando notaban la falta de hijos, hermanos, amigos, parientes y conocidos.

Hermosa perspectiva presentaban los trabajos de la línea Pacífico, la sola vista de las calderas y maquinaria hacían palpitar el corazón alborozado, el silbido del vapor lo esperaban para rayar en

delirio su entusiasmo. La claridad atestiguaba la escena el día 8 de febrero de ese año bisiesto, una impresionante locomotora rotulada a los costados con el nombre Jalisco salió del taller de armado, a lento avance, con el vaivén sincronizado de la barras laterales encargadas de acoplar las ruedas. El asombro embargó los ánimos de los espectadores, los ojos se abrían desmesurados, el articular palabras no acertaban, un fogonero alimentaba a paladas la caldera, el vapor exhalado por la chimenea se fundía en el aire de la marisma, el maquinista jaló la cuerda del silbato traspasando el pitido los límites de la bahía, la impresionante máquina recorrió dos kilómetros de vía de los cinco ya construidos hasta el puente de Gachupines, allá por las salinas del Zapotillo.

Las esperanzas seguían vivas, San Blas volvía a levantarse de la desgracia depositando por enésima vez la confianza en el futuro.

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