7.7 C
Tepic
martes, julio 16, 2024
InicioNayaritEl Mercado Juan Escutia de Tepic | Una historia pendiente de contar

El Mercado Juan Escutia de Tepic | Una historia pendiente de contar

Fecha:

spot_imgspot_img

Por Javier Berecochea García

En aquel tiempo el repiqueteo rápido y constante de las campanas de los templos era aviso del peligro, una catástrofe o el ataque enemigo. El toque a rebato de la campana de Catedral de Tepic interrumpió la tranquilidad de las primeras horas de ese viernes 16. Era el llamado de alerta a los serenos a dejar la labor policiaca y la vigilancia de que las farolas públicas cumplieran su misión, para encaminarse presurosos hacia la cochera de la casa municipal marcada con el número 81 de la calle de Lerdo. Había que realizar su tercera labor encomendada, la de bomberos emergentes de la ciudad.

El desesperado chocar del badajo alborotó al vecindario e hizo brincar de cama a Federico Vázquez Terán. Los golpes en la puerta de su domicilio, el 24 de la Veracruz, sólo abonaron a confirmar el mal presentimiento. Era un amanecer de noviembre de 1900, de esos de viento fuerte, de los de sacudir sotana del santo Francisco pero sin lluvia. Nunca lo iba a olvidar: al salir de la casa presuroso para recorrer las dos cuadras que lo separaban de La Plaza del Mercado, antes de doblar en la esquina de Zaragoza, vio pasar de prisa por la Juárez la bomba contra incendios del Ayuntamiento montada sobre la singular carreta de color rojo jalada y empujada por varios gendarmes. Al llegar al lugar del siniestro pudo observar cómo el voraz incendio alimentado por las materias inflamables que tenía a la venta iba reduciendo a cenizas las existencias de la tienda y una columna de humo impresionante nublaba las alturas. Fueron inútiles los esfuerzos de los voluntarios que en cadena pasaban cubetas de agua extraídas de los pozos de casas vecinas y de los agitados municipales que con gran ímpetu balanceaban en un subibaja acelerado la palanca de la bomba hidráulica recién adquirida, causando ante los ojos atónitos el ver no un chorro brotar de la boca ancha de la manguera sino un chisguete inofensivo de líquido incapaz de hacer perder fuerza a la intensidad del fuego. No había más que hacer, sólo volver a empezar. Descendiente de ancestral familia tepiqueña, arraigada al terruño, los Pintado Patrón, Federico, a sus 36 años era hombre de convicción, no se sentó a lamentar. Desde ese momento en su cabeza, y después con todo el esfuerzo, empezó a levantar de nuevo el tendajón.

Por aquellos años la conocida como La Plaza del Mercado de Tepic, de esmerada limpieza producto de la observación del reglamento en vigencia, se componía de seis edificios rectangulares con techos de terrado y caídos de madera con teja; dos corrían paralelos de oriente a poniente de la calle Mérida a Puebla, limitando uno al sur con la Juárez y otro al norte con la Zaragoza. Al centro tenían vecindad con calles interiores de piso con baldosas de barro; dos iban de sur a norte colindando uno al oriente con la Mérida y el otro con la Puebla, y al centro con calles interiores del mismo mercado. En medio de estas cuatro edificaciones se albergaban dos construcciones más pequeñas dispuestas de sur a norte separadas por calle de por medio. Algunos de los negocios que albergaba era la tienda de doña Epifania Terán, ubicada en la esquina de Juárez y Mérida, que destacaba por ser una de las de mayor proporción, teniendo al sur una extensión de catorce metros limitando con la Juárez y el mismo metraje al norte con calle interior de la plaza; al oriente medía ocho metros teniendo vecindad calle de por medio con El Hércules, negociación anunciada en los periódicos de la comarca como un gran local de abarrotes atendido por sus propietarios Nicolás Pérez González e hijo; en él expendían entre otra variedad de artículos las mantas de su fábrica de Santiago Ixcuintla. Los Pérez traspasaron la negociación en 1895 al señor José Vargas cuando éste se retiró como administrador de la hacienda de Puga. Al poniente el comercio de los Terán medía ocho metros, teniendo colindancia con la tienda de don Irineo Ocegueda, para continuar después de ésta con otro establecimiento propiedad de Barron-Forbes y Compañía. Al final en la esquina de Juárez y Puebla con puertas hacia cada una de las calles se encontraba la tienda del señor Jorge Llanos. Entre otros establecimientos ubicados en La Plaza del Mercado, ahí se podía visitar la casa de empeño El Convenio, de Antonio Galarza; la aromática panadería La Aurora. Si se deseaba saborear una rica comida reforzada con tortillas del comal había que visitar la fonda de la señora Antonia Ruelas, o si querían olvidar las penas y entonarse bastaba entrar a la cantina El Barril Azul a empinar dos o tres alipuses. Las maicerías y pajerías al menudeo gozaban de gran demanda, encontrándose dentro del perímetro la de Román Gutiérrez, Aurelio Huerta, Nieves Hernández, Pablo Miramontes, Vicente Valdez, Francisco Valdez y Carlos Martínez.

Sobre La Plaza del Mercado, el viajero español Vicente Calvo por 1845 escribía lo siguiente: “A poca distancia de la plaza se haya el mercado que está superabundantemente surtido de pescado, fruta, vegetales, etc. Los puestos están generalmente bajo toldo de forma circular, algunos tienen casillas, y las escenas que este sitio ofrece por la mañana, son de las más animadas que puede imaginarse.”

De acuerdo con la información de los protocolos de escribanías, la manzana que ocupaba la mencionada plaza en el tiempo que la describe Calvo, estaba estructurada por un conjunto de construcciones, unas utilizadas como establecimientos comerciales y otras servían de casa habitación, distribuidas de manera perimetral de tal forma que en la parte central quedaba un espacio bastante amplio comunicado por cuatro entradas, donde los comerciantes en pequeño ofertaban la gran variedad de mercancías llegadas a la ciudad desde los distintos centros productivos de la comarca.

Los informes municipales datan que desde los primeros años del siglo XIX el Ayuntamiento tenía en arrendamiento el solar. Fue por 1870 que el dueño quiso que se le desocupara el predio siguiendo un juicio de desahucio contra la corporación, obteniendo en 1875 sentencia favorable, que no pudo ejecutarse entonces por no haber tribunal que conociera de la apelación que se interpuso de dicha sentencia, pero restablecida la administración de justicia en 1878 en el Distrito y confirmada la resolución, el desahucio se iba a llevar efecto en perjuicio de los comerciantes de la plaza y el público en general por no haber otro sitio a propósito para el mercado; mas el Ayuntamiento presidido por Tomás Andrade venciendo varias dificultades, no siendo la menor el precio excesivo que el dueño pedía por el terreno, consiguió comprarlo, bajo un préstamo de cinco mil pesos costo total del predio, facilitado por los señores Faustino Somellera Rivas y Juan Alvarez Tostado, pidiendo la administración municipal para liquidar la deuda contraída a los locatarios aportaran dos mil pesos entre todos, o sea el equivalente a 18 meses de renta libre de intereses o en dos pagos de nueve meses con un interés del 1%.

Durante décadas la antiquísima Plaza del Mercado sólo recibió parches, remiendos y promesas de remodelación. Es hasta el día 26 de marzo de 1923 siendo gobernador constitucional del estado Pascual Villanueva, que el Congreso promulga el decreto Número 207, estableciendo se adicione al presupuesto general de egresos del estado un subsidio de $12,000.00 (doce mil pesos), como ayuda al H. Ayuntamiento de la ciudad para la construcción del mercado, cantidad que sería suministrada conforme lo permitieran las circunstancias del erario. Por agosto la Plaza del Mercado quedó en recuerdo, la demolición se consumó. Para acelerar los trabajos el 12 de octubre de ese mismo año, el Congreso del Estado aprueba el proyecto de contrato de apertura de un crédito celebrado entre el Banco Nacional Hipotecario Urbano y de Obras Públicas S. A. de la Ciudad de México, y el H. Concejo Municipal de la ciudad de Tepic con el objetivo de terminar la construcción y acondicionamiento del mercado, que a partir de la fecha ya lo anunciaban con el nombre de Juan Escutia. Los avances se dieron muy lentos. En 1925 el mercado inició su funcionamiento a pesar de no haber sido concluido; el techo no se instaló, fue hasta el 1º. de junio de 1932 que el Concejo Municipal de Tepic representado

Por Ramón Narváez emite convocatoria para su culminación en los siguientes términos:

“De acuerdo con la Junta de Mejoras Materiales y Servicios Públicos de esta capital, se convoca a quienes se interesen por contratar con este H. Concejo Municipal las obras de techado del Mercado Juan Escutia de esta ciudad, tomando en cuenta que ya ha sido contratada la estructura que es de dos aguas y tiene una superficie en conjunto de tres mil ciento cuarenta y seis metros cuadrados.”

La cubierta del mercado con láminas de zinc se realizó hasta los primeros meses del año 1935 y para tal conclusión fue necesario contratar un préstamo más por $23,000.00 con el Banco Hipotecario Urbano y de Obras Públicas S. A.

Después de más de once años de iniciada la obra, el jueves 30 de mayo de 1935 se dieron cita a las 11:00 a.m. el gobernador del estado don Francisco Parra, el comandante de la zona militar general J. Jesús González Lugo y el presidente municipal, licenciado Eduardo López Vidrio, para inaugurar el edificio construido a la moderna, luciendo impecables baños, refrigeradores para la conserva de los perecederos, los puestos para venta de flores contaban con sus respectivas pilas, así como con mostradores azulejados los destinados a expendios de carnes, aves y mariscos. Al exterior hacia la calle de Juárez se apreciaba una hermosa fachada de cantería, el edificio contaba con ocho entradas amplias, bastantes para el acceso con comodidad del público.

Más artículos

spot_img

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí