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El eclipse total de sol del 30 de agosto de 1905

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Por Amado Nervo

Desde que llegué a la frontera española empecé a oír los peores pronósticos. Una dama, que conversaba nada menos que con el Príncipe viudo Don Carlos de Borbón, que iba en el tren, afirmaba que había quien pagaba en Burgos mil pesetas diarias por alojamiento y comida. Que los trenes no admitían ya pasajeros; que el material rodante se había agotado; que…

Yo, pobre de mí, que había precipitado mi salida de París por el famoso eclipse; que tres meses antes no pensaba en otra cosa, sentí eclipsarse todo mi buen humor y llegué a San Sebastián muy mohíno y cariacontecido.

Pero no sucedió absolutamente nada de lo que yo temía. En San Sebastián supe que en la noche del 29, a la media noche, saldría una un tren especial para Burgos, y claro está que una hora antes estaba yo en la estación. Ésta jamás se había visto tan concurrida. Medio San Sebastián se había ido ya como había podido a la milenaria capital de Castilla la Vieja, y la otra mitad invadía el andén. Entre los mexicanos ahí presentes se hallaba el señor Ministro de México, su primer Secretario, el señor Pardo, y el ilustrísimo señor Montes de Oca.

A las ocho de la mañana todo el mundo estaba en Burgos, con una avidez…, ¡pero qué avidez! En todas las caras se leía la expectativa ansiosa de un fenómeno jamás contemplado. El día era espléndido, uno de esos días de Castilla en que todo se dora y radia como bajo una lluvia de oro fundido. Pero a eso de las diez, gruesas nubes empezaron a opacar aquella enorme gloria matinal, y desde ese instante hasta el en que el fenómeno llegó a su totalidad, Dios sabe cuántas veces todos los espíritus suspensos flotaron con fluctuación dolorosísima entre el miedo y la esperanza.

Yo de mí sé decir que a eso del mediodía había perdido toda esperanza de ver el eclipse. El sol jugaba a las escondidas, sin piedad de aquel enjambre inmenso de sabios y de curiosos que con sacrificios sin cuento habían venido a la patria del Cid, de los cuatro rincones del planeta.

El astro, mordido ya en el corazón por la sombra invasora, semejaba  un barco de fuego flotando en un revuelto océano de nubes.

Poco antes de la totalidad, en un solar cercado en toda su extensión, y al cual tanto el señor Pardo como yo habíamos logrado fácilmente el acceso, la Familia Real, el Arzobispo de Burgos, el ilustrísimo señor Montes de Oca e innumerables personalidades más, presenciaban la ascensión de tres globos donde algunas comisiones científicas iban a observar el fenómeno. Los tres se elevaron sucesivamente con una lenta majestad y yo envidié a los afortunados que iban allá arriba, por encima de las nubes, a contemplar la celeste tragedia en toda su aplastante magnificencia…

El sol no era ya a la sazón más que un arco adamantino, a cada paso envuelto en la pertinacia de los vapores atmosféricos… Dos minutos más…, un minuto más…, medio minuto más de nublado y la totalidad se reduciría para nosotros a una oscuridad uniforme y sin encanto, como la que viene al caer de un día nubado, y nuestro largo viaje y nuestra fatiga y nuestra larga esperanza serían vanos y estériles…

En todos los ojos había despecho, cólera, desesperación… Pero de pronto, como si aquello hubiera sido arreglado por un gran metteur en scène, el sol penetró al único claro azul que habían dejado las nubes, y en ese instante, trece horas seis minutos cincuenta y siete segundos, empezó la totalidad… De todos los labios surgió un grito y todas las manos aplaudieron…

Y el inefable drama se desarrolló a nuestra vista…

Un disco negro, a través del cual se escapaban pálidos o sonrosados rayos de gloria, de una gloria inexplicable, avanzó por la zona azul del cielo.

¿Cómo describir la luz cadavérica, nunca vista, absurda, temerosa, que alumbraba la tierra…; y aquellas sombras violadas que sembraba sobre el llano…; y el aspecto singularmente trágico de los rostros…; y sobre todo, allá arriba, aquel divino conflicto, aquella máscara inmensa sobre la faz del dios y las luces de aquella corona enorme, irregular, hecha de las protuberancias de hidrógeno inflamado, que forman como una inconmensurable y terrible cabellera al Apolo milenario y augusto…? ¡Qué cortos fueron aquellos tres minutos y cuarenta y dos segundos, durante los cuales contemplamos lo que a tan pocos les es dado contemplar!… Recogidos, mudos, ansiosos, asistíamos al celeste espectáculo.

Huían los pájaros en bandadas, indecisos y llenos de espanto; temblaban los corazones…

Mas he aquí que un rayo maravilloso de una vivacidad indefinible, de un brillo raro, de un colorido único, surgió de pronto fuera de la sombra…; y aquel primer rayo fue tan bello, tan inesperado, tan sorprendente, de una magia tal, que hizo palidecer hasta el propio encanto, hasta la propia maravilla de la totalidad… ¡Los que tuvieron la dicha de ver el eclipse, jamás, jamás olvidarán ese primer rayo!

El sol había vencido. Apolo lanzaba su saeta de oro… El Creador nos volvía a sonreír con la eterna sonrisa de nuestro sol… El mundo subsistiría aún, prendido al hilo invisible de su centro radioso.

¡Y los cielos continuarían cantando la gloria de Dios!

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