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jueves, mayo 7, 2026
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Comunicadores y físicos

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La relectura del libro Los ingenieros del caos, de Giuliano Da Empoli, me recordó este fin de semana una anécdota: el director de la campaña a favor del Brexit, aquella locura que propició la salida del Reino Unido de la Unión Europea, aconsejó que, para avanzar en política, era mejor dejar de contratar a consultores políticos y comunicadores, y empezar a sumar físicos a los equipos de trabajo.

No es motivo de estas líneas juzgar la validez del consejo, aunque no deja de ser de permanente reflexión y estudio lo que ciertos científicos han aportado al ascenso de los populismos.

La cantidad de datos con todo tipo de matices, el análisis que de ellos hacen y las estrategias que recomiendan les han traído éxitos a los estrategas y reveses a las democracias. Estoy seguro que los perdedores también contrataron a este tipo de profesionales, pero sus inversiones fueron más modestas o los análisis que les entregaron, menos acertados. Los antiguos consultores van quedando atrás.

¿Quiénes eran esos consultores políticos que se despiden, ya sea porque han llegado a la edad del retiro o porque el mercado ha dejado de llamarlos? Algunos fueron abogados, otros economistas, algunos sin estudios formales, pero todos excelentes vendedores de sí mismos, dicharacheros, simpáticos, a veces eficientes, y prontos para atribuirse los triunfos electorales y culpar a otros de las derrotas.

Ellos y ellas se guiaban por la intuición. Algunos usaban encuestas, que hoy palidecen frente al volumen de datos que entregan internet y las redes sociales: gustos, creencias, hábitos, simpatías, dolencias, horarios, zona postal, correo electónico, teléfono, interacciones,  palabras clave, páginas vistas. Todo eso permite enviar mensajes precisos a los posibles votantes, ya sea para conquistarlos o para desalentar a quienes simpatizan con el rival. Los datos, hoy, están en manos de ingenieros, físicos y otros especialistas que saben qué hacer con millones de registros para emitir mensajes sin desperdicio.

En el poder público y también en empresas de distintas regiones del país, sobre todo en las utraprovincias, los viejos consultores no han sido sustituidos por físicos ni por científicos de datos, sino por operadores de redes sociales. Suelen ser jóvenes con habilidades digitales. Y las encuestas, que ya eran vistas con desconfianza, han sido reemplazadas por recursos aún más frágiles. Aunque hay expertos y datos disponibles para todos, se opta por invertir menos, apostando al éxito ocasional de publicaciones que se viralizan.

La precariedad de estos métodos no parece preocupar a quienes toman decisiones. Al contrario, se celebra la rapidez, aunque el diagnóstico sea pobre. Lo que antes exigía semanas de trabajo ahora se despacha en una tarde. Entre velocidad y rigor, se elige la primera. No importan los resultados. Que al jefe le guste, que los bots sean eficientes y se nutra de “me gusta”.

Los publicistas tradicionales, los que producían las piezas recomendadas por los consultores de antes o por los científicos de ahora, también han sido desplazados por jóvenes con otras destrezas. La creatividad se ha empobrecido. Ya no hay metáforas, ni ritmo, ni frase. Solo imágenes para captar la mirada durante un instante, y textos que no buscan convencer sino aparecer. Inocuidad en la comunicación.

Los ingenieros del caos llegaron para quedarse. El asunto es saber si ellos mismos son operadores sin convicciones, si sólo trabajan para ciertos grupos, si su conocimiento sólo sirve a los extremos, o si el centro y la izquierda han sido más lentos en entender el juego. Tal vez algunas posturas políticas ya no tienen futuro, y nadie quiere decirlo. ¿El populismo es el único remedio del fracaso de las otras apuestas políticas? ¿Hemos olvidado los estragos del populismo en el pasado?

También queda por ver si estos nuevos actores no terminarán convertidos en lo que fueron los viejos consultores: figuras visibles, inamovibles, seguras de tener siempre la razón. Sólo un cambio de herramienta, hecha para fines comerciales y empleada con fines políticos, con triunfos contundentes a costos altísimos. Sin remordimientos ni culpas.

Es pronto para saberlo.

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