
Imagina que organizas una fiesta en tu propia casa. Durante años te hablan de lo extraordinaria que será. Te emocionas porque sabes que llegarán visitantes de todo el mundo, habrá música, ambiente, celebración y un movimiento económico tan grande que casi parece imposible no beneficiarte de él. Te repiten una y otra vez que la fiesta traerá oportunidades, que los negocios venderán más, que las calles se llenarán de vida y que todos, de alguna manera, saldrán ganando.
Llega el día. Te arreglas, abres la puerta y descubres algo curioso, resulta que no puedes entrar a la mayor parte de tu propia casa. El acceso a las mejores áreas tiene un costo que no puedes pagar. Los espacios principales están reservados para otros. Si quieres ver lo que está ocurriendo, tendrás que conformarte con asomarte desde una ventana. Y si quieres observar la fiesta completa, también habrá que pagar una suscripción.
Por si fuera poco, algunas habitaciones estarán cerradas, ciertos pasillos tendrán acceso restringido y, si intentas grabar demasiado de lo que sucede adentro, alguien podría recordarte que esa fiesta tampoco te pertenece tanto como creías.
Suena absurdo. Sin embargo, es probablemente la mejor manera de describir el Mundial 2026 en México.
Durante meses hemos escuchado que el país será anfitrión de la Copa del Mundo. Una palabra interesante, anfitrión. Normalmente significa recibir invitados, abrir espacios y compartir una celebración (compartir, es la clave). Sin embargo, conforme se conocen más detalles sobre la organización del torneo, empieza a parecer que México será anfitrión únicamente en el sentido geográfico del término.
Pondrá ciudades, infraestructura, seguridad, movilidad y recursos públicos. Pero la experiencia completa quedará reservada para quienes puedan pagarla, licenciarla o administrarla. La fiesta llegará a territorio mexicano, aunque buena parte de los mexicanos apenas podrán verla pasar.
En una columna anterior hablé de una realidad incómoda, la mayoría de los mexicanos jamás podrá asistir a un partido del Mundial. No porque no le guste el futbol ni porque no quiera ir. Simplemente porque los precios quedaron diseñados para un mercado completamente distinto al ingreso promedio nacional.
Ahora descubrimos que incluso quienes no pensaban asistir tampoco tendrán acceso completo al evento. De los 104 partidos programados para la Copa del Mundo, apenas 32 serán transmitidos por televisión abierta en México. Menos de una tercera parte del torneo. El resto quedará detrás de plataformas de pago.
Es una situación peculiar para un país que fungirá como sede. México organizará el Mundial, pero necesitará suscripción para verlo. Nada ilegal ni extraordinario, sólo una curiosa forma de entender el concepto de anfitrión.
Y las restricciones no terminan frente al televisor. Las ciudades sede ya preparan operativos especiales alrededor de los estadios. Habrá cierres viales, accesos controlados y perímetros de seguridad durante horas antes y después de cada partido. Residentes necesitarán identificaciones especiales para circular con normalidad y visitantes deberán acreditar quiénes son para ingresar a determinadas zonas, si de por sí, estas ciudades se caracterizan por el caos vial, ahora con esto.
Los estacionamientos públicos desaparecerán en varios recintos y serán sustituidos por esquemas alternativos de transporte con costo adicional. Mientras miles de aficionados recorrerán el mundo para asistir a los encuentros, quienes viven alrededor de los estadios tendrán que reorganizar su rutina para acomodar las necesidades del espectáculo.
Ni siquiera quienes consigan entrar al estadio tendrán libertad absoluta sobre lo que ocurre dentro. Los aficionados podrán grabar el ambiente, los cánticos y las celebraciones. Pero deberán evitar registrar acciones del partido, jugadas continuas o contenido protegido por los derechos de transmisión.
En otras palabras, podrás demostrar que estuviste presente. Sólo procura no mostrar demasiado aquello por lo que pagaste para entrar. La experiencia podrá compartirse, siempre y cuando se mantenga dentro de los límites establecidos por quienes poseen los derechos comerciales del espectáculo.
Los negocios tampoco escapan a la lógica del control. Quienes deseen transmitir los partidos deberán adquirir licencias comerciales específicas. Los establecimientos que decidan hacerlo sin autorización podrían enfrentar sanciones económicas importantes. Incluso los medios de comunicación sin derechos de transmisión encontrarán límites estrictos sobre qué pueden mostrar y qué no.
Todo perfectamente legal. Todo perfectamente regulado. Todo perfectamente rentable. Y quizás precisamente ahí se encuentra la verdadera historia. Porque el problema nunca fue que la FIFA protegiera sus derechos comerciales. Cualquier corporación haría exactamente lo mismo.
La pregunta incómoda es otra. ¿En qué momento una celebración deportiva global dejó de pertenecer a quienes la hacen posible? Porque mientras se insiste en que el Mundial será una fiesta para todos, cada nueva regla parece recordar exactamente lo contrario.
No todos podrán entrar. No todos podrán verlo. No todos podrán transmitirlo. No todos podrán participar. La mayoría simplemente observará, desde lejos. Tal vez esa sea la imagen más honesta del Mundial 2026.
Un evento organizado parcialmente en territorio mexicano, financiado de cierto modo con recursos mexicanos, operado sobre infraestructura mexicana y celebrado en ciudades mexicanas. Pero experimentado plenamente por una minoría, casi exclusivo para exranjero.
México será anfitrión del Mundial. Aunque cada día parece más claro que también será uno de los invitados más limitados dentro de su propia casa.







