El asomo a la “Ciudad de Dios” de León XIV se ha ido extendiendo más y más. Sin haberlo visualizado así, ante la densidad y profundidad que contiene, he llegado ya a una sexta exploración en la que ―habiendo tratado de explorar brevemente en la colaboración anterior lo que la encíclica expone acerca de los sistemas de Inteligencia Artificial y lo que significan los principios del bien común, del destino universal de los bienes, de la subsidiaridad, de la solidaridad y de la justicia social― intentaré explorar ―de la mano de León XIV― el significado de “custodiar lo humano” en la era de la Inteligencia Artificial, de la hegemonía del paradigma tecnocrático o de la revolución digital…
Sin abandonar el lenguaje claro y sereno, el Papa denuncia que lo que está en juego no “es solo que algunas tecnologías se usen mal, sino que el paradigma tecnocrático en el que estamos inmersos, potenciado por la revolución digital y la IA, haga parecer justa y normal una visión inhumana, según la cual, la plenitud de la vida consistiría en tener más, reducir la fragilidad, eliminar lo imprevisto y controlarlo todo” y añade: “El poder técnico, si no se equilibra, no nos hace más capaces; nos aísla, y nos expone aún más a lógicas de dominio y de exclusión. No se trata ciertamente de oponerse a la inteligencia [artificial], sino de recordar que, cuando se repliega en sí misma, olvida que ha sido hecha para servir a la vida y a la persona humana”.
Profundizando su análisis y su postura crítica, explora dos corrientes que constituyen el trasfondo ideológico que residen en algunos centros de poder tecnológico y colonizan el imaginario colectivo de forma simplificada, especialmente en los medios y en las redes sociales”: el transhumanismo y el posthumanismo.
Aquel, que “imagina una potenciación del ser humano por medio de las tecnologías —biomedicina, ingeniería del cuerpo, dispositivos, algoritmos—, con la aspiración de incrementar el rendimiento y las capacidades”; éste, que, “sobre todo en sus versiones más radicales, va más allá: critica el antropocentrismo y plantea una forma de hibridación entre el ser humano, la máquina y el ambiente, hasta imaginar que atravesará el umbral en el que la humanidad se superará a sí misma, entrando en una nueva etapa evolutiva”.
Y, de nuevo, a la luz de la Doctrina Social de la Iglesia afirma que “el punto crítico […] no es el uso de la técnica en cuanto tal, sino la visión que allí subyace; si el ser humano es tratado como materia para ser perfeccionada o superada, entonces se vuelve fácil aceptar que algunos sean considerados menos útiles, menos deseables, menos dignos. En nombre del progreso se puede llegar a pensar en ‘sacrificios necesarios’, y hacer pagar a los más vulnerables el precio de una presunta optimización de la especie”.
Por otro lado, en un contexto cultural en que cualquier limitación “—incapacidad, enfermedad, ancianidad, sufrimiento, vulnerabilidad— es interpretada como un defecto que hay que corregir más que como un espacio en el que el ser humano madura y se abre a la relación”, León XIV señala que es precisamente en nuestro ser limitados donde encuentran lugar la compasión y la sincera preocupación ante las necesidades de los demás, la generosidad que sorprende incluso en medio de la oscuridad y el fracaso, la experiencia espiritual y la adoración a Dios”.
“Para eliminar totalmente el dolor ―sigue diciendo el Papa― sería necesario […] apagar el amor y el deseo” y “renunciar a esta aventura, al mismo tiempo dramática y espléndida, en nombre de una presunta superación de todo límite podría ser cualquier cosa, pero no significaría ser humanos”. “La finitud, cuando se acoge en la verdad, no empobrece al ser humano, sino que lo abre al reconocimiento del rostro de Dios y del otro”.
Y, con una mirada llena de optimismo y esperanza, pasa revista a la fundación de instituciones capaces de proteger la vida común, “acontecimientos [que] ayudan a ver que la historia puede cambiar cuando al menos un hombre o una sola mujer toma realmente en serio la dignidad de todos”, y, en el ámbito eclesial “una trama más discreta pero decisiva”, en la que se encuentran los “mártires de lo cotidiano” que curan, educan, acompañan y consuelan discretamente, como los padres de familia, los enfermeros, los médicos, los voluntarios y las personas que están junto a los ancianos o a los excluidos”.
El reconocimiento de la limitación y de su fecundidad para reconocer el rostro de Dios y del otro se muestra de manera muy especial de acuerdo con la tradición cristiana que “afirma que el ser humano no está encerrado en los límites de su propia naturaleza, sino que está llamado a trascenderse a sí mismo; no para huir de la realidad o despreciar el límite, sino para realizarse en el amor” “y quien hace posible este camino solo puede ser el Infinito que se da: es Dios mismo quien supera la desproporción ‘infinita’” entre nuestra naturaleza y la vida de Dios.
Y, “cuando aceptamos esta posibilidad de trascendernos a nosotros mismos con la gracia de Dios no renegamos de nosotros mismos, no nos volvemos menos humanos. Por el contrario, como explicaba el Papa Francisco, ‘llegamos a ser plenamente humanos cuando somos más que humanos, cuando le permitimos a Dios que nos lleve más allá de nosotros mismos para alcanzar nuestro ser más verdadero’”.
Como tal vez se podría esperar, este capítulo central de “Magnifica Humanitas” culmina con una referencia exquisitamente agustiniana [y leonina] a “dos ciudades y dos amores”, a la Ciudad de Dios…
“La inteligencia creativa del ser humano es un don que puede aliviar sufrimientos y abrir nuevas posibilidades, pero debe permanecer ordenada al bien común, a la justicia, al cuidado de los frágiles y de la creación. En este sentido, la verdadera alternativa no está entre el entusiasmo y el miedo, sino entre dos modos de construir: un progreso que sirve a la persona y a los pueblos, o un progreso que los doblega a lógicas de poder”.
Dejando la palabra a San Agustín, León nos ofrece un texto de la Ciudad de Dios: “Dos amores han dado origen a dos ciudades: el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios, la terrena; y el amor de Dios hasta el desprecio de sí, la celestial” y la actualiza escribiendo: “Como en toda la historia humana, también hoy estos dos amores luchan en nuestro corazón por el predominio. El tiempo de la IA no escapa a esta regla: la construcción de Babel o la de Jerusalén comienza en cada uno de nosotros”.







