La columna parte de un hecho comprobable y lo usa como gancho para una historia más vieja. El hecho: Carlos Torres Rosas dirige desde el 16 de junio dos bancos de desarrollo, Bancomext y Nafin, por nombramiento de la presidenta Claudia Sheinbaum, tras coordinar los Programas para el Bienestar. La historia: según Loret de Mola, el padre de ese funcionario, Carlos Torres Larriva, fue quien operó años atrás el rescate financiero del diario La Jornada. De ese cruce entre un cargo de hoy y un favor de ayer nace la tesis del columnista, que él mismo condensa en una frase: «Hay rescates financieros que sí avala la 4T».
El título es una provocación calculada. Loret llama «el Fobaproa de La Jornada» a ese rescate, y la analogía no es inocente: el Fobaproa, el salvamento bancario de los años noventa, fue durante décadas el emblema con que la izquierda, y López Obrador a la cabeza, denunció el saqueo neoliberal. El columnista da vuelta al símbolo y lo aplica al periódico que esa misma izquierda quiere. Sostiene que durante el gobierno de Enrique Peña Nieto se canalizaron «cientos de millones de pesos del presupuesto público» a un diario al borde de la quiebra, y que sin esa operación La Jornada quizá no habría llegado al 2018.
Loret reconoce que la bonanza mayor del periódico llegó con López Obrador. La atribuye a la afinidad ideológica y, sobre todo, a los afectos personales del entonces presidente dentro del diario, al que, escribe, trató como si tuviera el alcance de una televisora: le destinó gasto publicitario en montos comparables a los de Televisa y TV Azteca. «Ríos de dinero», resume. Pero su argumento es que esa bonanza no habría sido posible sin el rescate previo de Peña Nieto.
El centro de la columna es la figura del padre. Loret describe a Torres Larriva como «un discreto, pero muy influyente puente entre los empresarios y las administraciones de izquierda», tarea que, dice, le encomendaron Cuauhtémoc Cárdenas y López Obrador cuando fueron jefes de Gobierno capitalino. Y traza su genealogía: nacido en Torreón, emparentado con los González Torres, casado con una heredera de una familia maderera de Durango cercana a Amalia Solórzano, la viuda de Lázaro Cárdenas. Esa relación, sostiene, fue su puerta de entrada al movimiento que empezó en el PRD y desembocó en Morena. Apoyó las campañas de Cárdenas, y por ahí de los noventa se hizo amigo de López Obrador. De esa amistad entre los padres nació, según Loret, la de los hijos: Carlos y Andy.
Ahí cierra el círculo el columnista. El hijo, Carlos Torres Rosas, formado en universidades del extranjero, es presentado como «íntimo amigo» de Andrés López Beltrán. Coordinó los programas sociales con López Obrador y pasó, con Sheinbaum, a dirigir dos bancos cuyos activos suman, según la cifra que ofrece Loret, alrededor de 700 mil millones de pesos. La conclusión que el texto deja insinuada, sin enunciarla del todo, es que una red de lealtades familiares y políticas explica tanto el rescate de un periódico como el ascenso de un banquero.
Vale anotar una distancia editorial. La columna pertenece al género de la denuncia política, y su autor es uno de los críticos más visibles del oficialismo. Los señalamientos sobre el rescate de La Jornada, los montos canalizados y los lazos familiares se presentan como afirmaciones del columnista, sin documentos citados en el texto ni la versión de las personas mencionadas. El dato institucional sí se sostiene: el nombramiento de Torres Rosas en la banca de desarrollo es público y reciente. Y conviene recordar un contexto que la propia pieza roza: el uso de la publicidad oficial como instrumento de presión o premio sobre los medios es una práctica documentada en administraciones de todos los signos, no una invención de un sexenio.
Hecha esa salvedad, el valor del texto está en lo que personaliza. Loret toma una discusión estructural, cómo se entrelazan el dinero público, la lealtad personal y la prensa afín, y le pone nombres y apellidos, fechas y parentescos. Convierte una sospecha difusa en una cadena concreta que el lector puede seguir, eslabón por eslabón, y verificar o refutar por su cuenta. La pregunta que deja abierta es incómoda para un proyecto que hizo de la honestidad su bandera: si el Fobaproa fue el pecado original que la 4T no perdona, qué nombre merece el rescate que sí avaló.







