Jorge Zepeda Patterson abre la columna con un diagnóstico que se ha vuelto opinión común: las críticas a Claudia Sheinbaum arreciaron en las últimas semanas. La lista que recoge es larga, marchas de la CNTE, marchas de madres buscadoras, su ausencia de la inauguración del Mundial, la forma en que enfrenta las presiones de Estados Unidos, una economía que no crece. Los comentaristas más severos, dice, comenzaron a decretar el fracaso de su liderazgo, a decir que está «rebasada» y «contra la pared», reducida a parar el golpe del día. La columna se propone desmontar esa lectura.
Antes entra al expediente Trump, y lo hace con dureza. El analista recoge la última declaración del presidente estadounidense, que asegura que los cárteles dominan a México y que Sheinbaum «es una gran mujer pero está débil y tiene miedo». La califica de «zafia» y de «evidente naturaleza misógina». Y la contrasta con un dato verificable: los cárteles son una enfermedad, escribe, pero no dominan al país, y de la presidenta «se podrá decir muchas cosas menos que tenga miedo, considerando que su Gobierno ha aprehendido y extraditado capos a diestra y siniestra, como no lo había hecho ningún gobernante». La afirmación se sostiene con cifras públicas: noventa y dos capos entregados a Estados Unidos entre 2025 y enero de 2026, en tres operaciones que vaciaron penales federales de máxima seguridad.
A partir de ahí, construye su tesis. La debilidad que le atribuyen a Sheinbaum, dice, es engañosa. En lo que de verdad importa, la presidenta ha seguido «un mapa de ruta implacable». Sin violentar a las cúpulas del movimiento ni generar divisiones, sostiene, se hizo con el control de los funcionarios clave del Congreso, del partido, de los órganos paralelos y del aparato judicial; disciplinó a gobernadores y generales; ganó posiciones mes a mes hasta armarse un «amplio tablero de mando». Algunas piezas las removió y colocó las suyas; otras se quedaron donde estaban, dice, tras garantizarle subordinación. El dato más concreto está al final del párrafo: los coordinadores de las mayorías en el Congreso, que hace unos meses se permitían desafiarla, hoy «compiten entre sí para mostrar su lealtad».
La decisión sobre la CNTE refuerza la lectura. Para Zepeda, lejos de ser la de un líder disminuido, fue «una salida hacia adelante, agresiva y algo temeraria que resume la confianza adquirida». La presidenta, observa, no cedió a las pretensiones de la dirigencia ni la reprimió: la desafió llevando la tensión a la base del magisterio, en reto abierto a los líderes coordinadores.
El siguiente movimiento que el columnista valora es la pérdida de eco de la carta que Andrés Manuel López Obrador envió respecto a Trump, así como el repliegue de Andrés López Beltrán a una «trinchera regional». Lo lee como un punto de inflexión crucial, porque despeja dudas sobre quién ejerce el bastón de mando. La verdadera prueba, advierte, llegará con la definición de las candidaturas de Morena a las gubernaturas y a las grandes alcaldías que están en disputa. Ningún presidente, recuerda, define personalmente a todos los candidatos, pero el elector número uno conserva un derecho de veto que «no es menor» y juega como árbitro de última instancia. Allí, dice, se verá la verdadera naturaleza del liderazgo de Sheinbaum. Su pronóstico es firme: la presidenta vetará candidatos inconvenientes aun a costa de perder votos, y reforzará candidaturas «que le parezcan imprescindibles».
La columna no es complaciente. El analista dedica el siguiente tramo al problema que, en su lectura, hace parecer más vulnerable a Sheinbaum de lo que en realidad es: la estrategia de comunicación. Su inclinación a responder a ataques, a engancharse en polémicas, a polarizar o a culpar a enemigos, dice, sumada a las dos horas diarias de mañanera, distrae la atención pública en «infiernillos». Entiende, concede, que la presidenta sienta la necesidad de salir al paso de acusaciones falsas o exageradas, pero el costo es alto: proyecta una figura en permanente defensa que muchos toman como prueba de que está rebasada. Y empeora, sostiene, porque «en la medida en que se sube a todo ring en que la invocan, hace crecer a sus contendientes al ofrecerles reflectores», cuando el jefe de Estado tendría que estar por encima de los protagonistas políticos.
El contraste que cierra el análisis es donde Zepeda muestra mejor su admiración. La debilidad atribuida es engañosa, repite, porque Sheinbaum transcurre el resto del día en una «febril actividad» como jefa de Estado, multiplicándose en las tareas que importan. Forma equipos, exige soluciones, presiona por una modernización radical de la burocracia, piensa iniciativas sobre agua, producción y contaminación, redobla esfuerzos por el Plan México y la inversión, atiende la inseguridad pública y el saneamiento de las finanzas. El veredicto del columnista es categórico: la presidenta es «el CEO más profesional con el que cuenta la administración pública mexicana», y lo demuestra siete días a la semana, aunque eso no sea lo que se queda en la cabeza de muchos mexicanos.
De ahí el diagnóstico final, el divorcio. Hay distancia, dice, entre el profesionalismo y la alta exigencia con que la presidenta enfrenta los problemas estructurales de fondo, y la imagen que proyecta enzarzándose en las escaramuzas cotidianas. Sería el momento, propone, para una reflexión a fondo sobre la estrategia de comunicación. La mañanera, reconoce, sigue siendo importante para explicar el segundo piso de la 4T, pero los «dimes y diretes» contra mexicanos que piensan distinto convendría dejárselos a otros. La frase con que cierra es la más exigente: «es presidenta de todos los mexicanos», y para ejercer como tal hay que estar por encima de las muchas diferencias que dividen al país.
La pieza ofrece, sobre todo, un ángulo que escasea. Separa la fuerza política real de la apariencia mediática, y obliga al lector a distinguir entre lo que la presidenta hace en el tablero del poder y lo que muestra en el podio cada mañana. No minimiza los frentes abiertos, ni los problemas estructurales, ni la creciente sofisticación de las presiones externas. Sólo invita a leer el liderazgo por sus efectos, no por su tono. Y deja, casi sin proponérselo, la pregunta que conviene a cualquier lector mexicano antes del año electoral: cuánto pesa de verdad lo que se gana en los hechos cuando lo que circula a diario es la pelea por la imagen.







