Caparrós le escribe a Villoro desde Madrid, después del Argentina-Argelia, y la carta arranca con una imagen concreta. El partido se acababa, Messi ya había sido reemplazado, y allí estaba, sentado en el césped, masticando y escupiendo algo, la mirada perdida. El cronista lo describe como siempre lo ha descrito: simulando «que no pensaba nada». De esa estampa nace la pregunta que organiza la carta y que da nombre a la pieza: cómo será saber que los ojos del mundo están en uno, que en media hora la mitad de los medios dirá que es «descomunal maravilloso extraordinario». Cómo será ser Messi.
Caparrós se la responde con un inventario de hipótesis que vale leer: «¿Una satisfacción tranquila, hastío, la imagen de la abuela una vez más, otra confirmación de que sos único, la sorpresa de que se sorprendan, qué va a decir Mateo?». La lista mezcla lo épico y lo doméstico, la abuela y el hijo, y dice algo sobre la prosa del autor: cuando quiere acercarse a un mito, lo hace desde el detalle más pequeño. Lo demás del partido, escribe, fue marco para esa interrogación.
El relato se detiene primero en una pelea con la máquina. A los siete minutos, dice, los hombres ya habían hecho dos goles y «las máquinas habían dicho que no»: un hombro de más, un tobillo de menos. La crítica al VAR la condensa en una frase con buen ritmo, la única que pide la voz alta: «el offside debería serlo cuando la vista de un humano alcanza para verlo». La máquina, añade, debería aprender a mirar como humana, «precaria, aproximada». La queja es estética y también ética: lo que el árbitro no vio nunca fue penalty, lo que el delantero no advirtió nunca fue trampa.
Luego entra Messi. Caparrós lo nombra con su giro habitual, «la mejor máquina de jugar al futbol que hayan armado nunca unos humanos», y se permite una broma genealógica sobre el arquero argelino, al que llama «un supuesto hijo de Zidane enmascarado y con dos manos menos», porque dos de los tres goles del rosarino vinieron de rebotes que el portero entregó. La verificación del hecho deportivo es ya conocida: el hat-trick lleva a Messi a dieciséis goles mundialistas, empatado con el alemán Miroslav Klose como máximo goleador histórico de Copas del Mundo, y lo convierte en el primer futbolista que disputa seis ediciones distintas del torneo.
A partir de ahí, la carta cambia de escala. Caparrós ve en el partido la confirmación de una tesis que ronda en su columna desde el inicio del Mundial: el futbol contemporáneo está hecho de no hacer aspavientos, de pasarse la pelota en zona neutral, de «tomala vos dámela a mí», y de esperar el error del rival para resolver «de pronto y de repente, pim pam pum». Y de paso ofrece una imagen para los aficionados: esa noche, en Kansas City, los papeles se invirtieron. Los argentinos se conformaron con los pases preciosos y «los argelinos intentaron hacer de argentinos y gambetear». En este mundo donde todo es inversión, anota, los papeles se invierten.
Esa observación abre la parte más ambiciosa de la carta. Caparrós le anuncia a Villoro una hipótesis grande: este Mundial podría recordarse como el que «consagró el principio del fin de la desigualdad» en el futbol. La afirmación es prudente, no eufórica. Aclara que la victoria final recaerá en una potencia, pero el síntoma está en otra parte: Cabo Verde aguanta a España, Arabia a Uruguay, Japón a Holanda, Marruecos a Brasil. El monumento a la igualdad, dice con su humor, se llama empate. Y suelta una de esas frases tristes que solo a él le salen sin solemnidad: «la Copa del Mundo siempre fue un club muy exclusivo», y enumera a los socios fundadores, Brasil, Alemania, Argentina, Francia, Italia, Uruguay, más los advenedizos Inglaterra y España.
Para no caer en triunfalismo, el cronista se cita a sí mismo. Recoge la frase de «un irrefutable analista que lanza sus verdades como puños», que no se sabe si admira o pone en solfa, y la transcribe con todas sus letras: «En el futbol, lo que de verdad importa es meter más goles que el rival. Si no lo haces, pierdes. O, en el mejor de los casos, empatas. España fue incapaz de hacer un gol, tampoco recibió ninguno y, por eso, el resultado fue de 0-0». La sátira a la perogrullada deportiva, en boca de quien tiene gusto por el matiz, vale como pequeña poética del oficio.
La diagnosis tiene una vuelta de tuerca generosa. Caparrós, que escribe desde un país europeo, reconoce el momento incómodo en que él mismo aparece, sin haberlo buscado, del lado del poderoso. «A mí me toca ver las cosas desde su posición, el dueño amenazado», escribe, y se pregunta cómo es perder parte del privilegio y «tolerar que otros, que nunca fueron nada, pretendan ser nuestros iguales». La explicación que ensaya es elegante: el capital se vengó de sí mismo. De tanto comprar africanos para sus clubes ricos, los dueños del futbol los fogueó en las mejores competencias y los volvió temibles. La igualdad que se asoma, dice, llegó por la puerta de servicio.
La carta cierra sobre el principio. La igualdad avanza, pero le falta un trecho, «mientras haya un rey como este rey va a ser muy complicado». El saludo final, dirigido a Messi, contiene la frase que da color a toda la columna: «Leo Primero, gran señor de las clases y las desigualdades, un desclasado te saluda». O, traduce a la lengua de los amigos colombianos, «un igualado te saluda».
La pieza ofrece dos cosas, una en cada plano. En el plano íntimo, una de las preguntas mejor formuladas que se han hecho sobre el fenómeno Messi, alguien que no celebra los goles porque ya conoce la coreografía de la celebración ajena. Y en el plano histórico, una idea que el lector mexicano puede llevarse al sillón: el Mundial donde los pequeños empatan a los grandes podría no ser, todavía, el Mundial donde un pequeño gana al final, pero ya bastaría con eso. El partido entre las naciones, como en el escritorio de Caparrós, también se mide ahora a pases neutrales, esperando el error del rival.







