7.7 C
Tepic
jueves, julio 2, 2026
InicioNayaritEl falso quinto partido que embruteció a Tepic

El falso quinto partido que embruteció a Tepic

Fecha:

spot_imgspot_img

Bastaron 90 minutos para que todo un país se paralizara. Ayer, enfundado en mi casaca verde, salí a la calle en busca del elixir contra la ansiedad. “A ver cómo nos va hoy”, me dijo un desconocido mientras caminaba por la calle. “Vamos a ganar”, le respondí. “Dios te oiga, si perdemos ¿quedamos fuera?”, me cuestionó. “Sí, pero tengamos fe”, “Ojalá que así sea”, dijo al despedirse.

La compra que se convirtió en ritual en el depósito de la esquina. Un seis sin alcohol y de regreso a casa para esperar a todos para ver el partido. La botana estaba lista, y uno a uno, llegaron los invitados. “Bájale a eso está muy fuerte”, me pidió mi cuñada. “Quiero sentir que estoy en el estadio”, le contesté.  

Después de un retraso de una hora, finalmente se escuchó el silbatazo inicial y rodó la pelota. Entre micheladas, cueritos, duritos y gritos de gol ahogados se fueron diluyendo los minutos. Hasta que una descolgada de Julián Quiñones dictó el 1-0. “¡GOOOOOOL!”, se escuchó en toda la colonia, mientras mi hermana llegaba apresurada celebrando como si estuviera en la tribuna. 

El primer tiempo siguió avanzando entre minutos que se sentían como horas por la tensión en el ambiente. Pero una magnífica jugada de Raúl Jiménez nos llevaría de nueva cuenta a saltar de alegría, era el 2-0 y la esperanza de un tercero estaba más encendida que nunca. “Tiene que meter gol el niño, está dando un partidazo”, decía mi mamá.

Pitado el medio tiempo, dije adiós. “Me voy a ver el partido con mi otra familia”, les solté, “la del trabajo”, agregué para evitar disgustos. La ciudad en soledad me permitió llegar increíblemente rápido por la avenida Independencia y encontrar estacionamiento en el fraccionamiento Las Aves.

En el arribo a la oficina la mayoría vestía de verde. “Tú por qué no traes tu playera”, le increpé a un compañero. “Siempre que uso algo, pierden”, me respondió con lamento.

La superstición formaba parte del ambiente. “Deja apago la luz para que sea vea mejor”, dijo un compañero, “No, no, así déjala prendida, no vaya ser qué por eso pierdan”, decía otro.

Convertidos en estrategas, vivimos el complemento entre discusiones tácticas y nervios contenidos. Al final, todo salió perfecto y después de 40 años, México logró ganar un juego de eliminación en la máxima competición internacional del futbol, logrando pasar al falso quinto partido, de un torneo ampliado.

Entonces llegó la pregunta que cambió la noche. “¿Van a ir al Ángel?”.

Los cláxones ya hacían temblar la avenida Independencia, por lo que, terminada la jornada de redacción, el sendero condujo al Ángel tepiqueño, ese punto donde la ciudad acostumbra a celebrar sus pocas alegrías deportivas.

Un enmascarado abordaba nuestro camino. “Casi no te reconozco cabrón con esa máscara”, le dije. “Es la idea”, me respondió quien escondía su cara pública conocida por su participación política.

Conforme avanzaba el pequeño contingente la reacción era común. “Está hasta la madre”, se escuchaba sin exageración. Cientos de familias de la ciudad se reunieron en el monumento para celebrar su país como si fuera un 15 de septiembre.

Al mirar el océano verde, no me quedó de otra que meterme a nadar. Terminando por naufragar entre la multitud al perder de vista a quienes venían conmigo.

El “quiere volar, quiere volar” se hacía presente en cada rincón de la celebración, que bailaba al ritmo de los sones nayaritas. A cada paso aparecían abrazos, manos conocidas y rostros que hacía años no veía. “Está todo Tepic aquí”, pensé.

La celebración encontraba su propio orden dentro del caos. Algunos bailaban frente a la banda; otros permanecían alrededor del Ángel; unos más improvisaban su propia fiesta al sonido de las bocinas de un vehículo.

“Nunca había visto jugar así de perfecto a la Selección”, coincidíamos todavía incrédulos mientras nos entregábamos a la ilusión colectiva del paso perfecto.

Una aspirante a la gubernatura huía apresurada de entre la multitud, después de tomarse unas fotografías para redes sociales. Mientras las primeras nubes de la verde comenzaron a mezclarse con el olor de la cerveza derramada. Los botes pasaron del brindis a proyectiles.

El ambiente familiar que nos recibió en un comienzo empezaba a desvanecerse. “¿Bueno aquí la gente no sabe celebrar o qué?”, cuestionaba molesto.

“Mira, ya mataron a un cabrón”, me decía un compañero que miraba una transmisión en vivo. “¿En dónde?”, le respondí preocupado. “La verdad no sé, pero es aquí en Tepic, dicen que estaba aquí en el Ángel”, me respondió, en una plática que terminó perdiéndose entre la euforia del festejo.

Aun así, la música seguía sonando sin parar. Mientras unos bailaban el Payaso de Rodeo, las colonias aledañas se convertían en sanitarios improvisados que la policía toleraba sin problema. Mientras unos pocos gendarmes se dedicaban a decomisar las drogas olfativas.

“¿Dónde estaban, cabrones?, me acabo de pegar un tiro para quitarles esto”, reclamaba un agente a sus compañeros mientras sostenía un cigarrillo verde a punto de calcinarse.

Caída la medianoche, el éxtasis terminó por transformarse. Desde los cielos, el Ángel parecía dividir la multitud en dos bandos. Poco importó el triunfo de la selección, los golpes se hicieron presentes.

“Mátalo”, gritaban desde distintos puntos de la avenida Insurgentes, mientras volaban vasos, latas y botellas.

Sin presencia policial suficiente, los enfrentamientos comenzaron a multiplicarse. Decenas de personas formaban círculos para mirar peleas como quienes asisten a una función de boxeo.

“Se pasaron con un vato; lo patearon cuando ya estaba en el suelo”, alcancé a escuchar la narración de uno de ellos. Mientras, por otro lado, veía jóvenes que huían cubriéndose el rostro o las piernas con aparentes lesiones.

La fiesta dejó de ser celebración. “Que pinche desmadre, imagínate Pablo que seamos campeones del mundo, ¿cuántos días crees que ocupemos para celebrar?”. “Mínimo una semana”, le respondí entre risas. “No creo que pase, pero con ganarle a Inglaterra se va a caer el país”, complementé la respuesta.

En punto de la 1:30 de la madrugada, la glorieta comenzó a vaciarse. Solo los más aferrados seguían bebiendo al pie del Ángel, mientras otros bailaban música electrónica entre montones de basura, botes aplastados y una mezcla de sudor y cerveza.

“¿Pero sí le ganamos a Inglaterra?”, insistía un compañero ungido en los placeres dionisíacos. “Yo digo que sí”, le respondía por quinta vez con el convencimiento de quien había descubierto algo extraordinario.

No sé si algún día vamos a ser campeones del mundo. Pero, ¿y si sí?, ¿y si esto es más que una ilusión? Solo existe una certeza, que para eso no estamos nada preparados.

Pablo Hernández Avendaño
Pablo Hernández Avendaño
Periodista. Formado en la Ciencia Política. Premio Estatal de Periodismo 2022 en Crónica. Con más de 13 años de experiencia en medios de comunicación locales. Editor web de Meridiano de Nayarit.
spot_img

Más artículos

spot_img
spot_img
spot_img