Recientemente acompañé a una alumna en su acto de clausura. Fuí el «padrino». Egresó de la primaria. Ningún lazo familiar nos une. Nunca he convivido con ella ni su familia. Tampoco lo hice después del evento. Tenía cosas por hacer. De hecho, creo que no le caigo del todo bien a la mamá. No sé por qué me eligió su hija. Según sospecho, junto a algunos colegas maestros que me han ayudado a descifrar esto, podría deberse a que días previos a los preparativos del acto de clausura felicité a la niña por su desempeño en la Olimpiada del Conocimiento. Realmente me gustó bastante su participación. Es una alumna que no tuvo mucho foco. Creo que merecía más. Fue por eso que me acerqué a ella y le comenté lo mucho que me gustó su trabajo evaluado durante la olimpiada. Hice saber los aspectos relevantes, le ofrecí mi apoyo y la animé a seguir. Nada de su éxito me pertenece. Ha sido todo mérito suyo, de su familia y de sus maestros. Yo sólo le hice saber lo importante que había sido su trabajo. A veces esto último se olvida hacer.
El día de la clausura, ya estando cerca de ella, pensaba y pensaba en algunas palabras que le pudiera decir. Pero no fui más allá de las felicitaciones. No era mi intención animar nada más. Quería ofrecer algo útil. ¿Un consejo? Quizá. Aconsejar no es fácil. Al aconsejar uno puede resbalar en la soberbia, tropezar en sermones cansados o contradecirse. Yo no soy de consejos. Soy más de pruebas y evidencias. El tema de los consejos lo he pensado. Los frutos de mi edad deberían tener preparado un consejo predilecto, y creo que lo he encontrado.
Hay quienes aconsejan estudiar mucho. Otros de cuidar la salud. Algunos el disfrutar a los padres. He escuchado bastante el evitar las drogas o ciertas gentes. Todo esto debería llevar cualquier consejo básico. Pero el mío tiene que ofrecer algo más. Al yo ser de pruebas y evidencias, mi consejo debería integrar algún principio proveniente de la ciencia, pero dicho sin soberbia y sin resultar cansado. Además, debe ser fácil de comprender.
Mi consejo es cuidar la gratificación social. Cuídense del placer social. Nuestros cercanos nos ayudan a cuidarnos de muchas otras cosas, menos del placer social. Cuando realizamos una conducta y a esta le sigue atención social, en formas de elogios, retroalimentación o comentarios positivos, existe la alta probabilidad de volver a repetir la conducta. Incluso en conductas que reconozcamos como inapropiadas o poco benéficas. El placer social recibido después de cualquier conducta es una trampa en la que caen jóvenes y adultos.
Alguien pudo haber tenido una enfermedad y luego recibir la atención que en otra circunstancia nunca hubiera recibido, así que bien pudiera la persona racionalizar que enfermarse es bueno para ella. Igual sucede cuando damos ayuda a alguien sin que realmente la necesite y entonces evitamos que la persona se esfuerce por sí misma. Al reírnos de un chiste bobo o del que actúa como rebelde en el salón. La gente normalmente sabe que lo que hace no es correcto, pero el placer social es muy poderoso.
El placer social puede hacernos ir a lugares que no hubiéramos planeado, hacer público asuntos que antes nos hubieran dado vergüenza, gastar el poco dinero que tenemos sólo para que nos vean usarlas, apoyar causas que no conocemos a fondo, consumir alimentos o sustancias que dañen nuestro cuerpo, hablar inapropiadamente, realizar rabietas, agredir a otros, etc. Siempre que estén por hacer algo, plantéense lo siguiente: si no tuviera que compartir esto que estoy a punto de hacer, ¿Aun así lo haría? ¿Si la gente no me estuviera viendo? ¿Si nadie se diera cuenta nunca?
Como miembros de esta sociedad tenemos un gran poder que es la atención. Lastimosamente no muchas veces la usamos para mejorar la comunidad en la que vivimos. Pudiéramos dar las gracias a quien nos da el pase en el cruce de una calle, pero decidimos mejor ignorarlo porque suponemos que las conductas correctas no deben felicitarse porque son las que “deberían de ocurrir.” En lugar de atender a quien se comporta correctamente, elegimos darle toda nuestra atención a quien se comporta como vago alucín en las calles. Ignoremos al vago, atendamos al buen ciudadano. La concientización es mala política. La atención es más efectiva.







