La novela de Graham Greene sobre la persecución religiosa cayó en mis manos, de segunda mano, tal vez por un comentario en un suplemento de la revista Siempre o en algún periódico del entonces Distrito Federal. Hay un pasaje en El Poder y la Gloria, que comento de memoria, donde un cura preso confiesa en la celda que es un borracho, un mal sacerdote indigno del martirio. Con eso derrumba la ilusión de una mujer piadosa que lo quería santo. Después, a solas, se pregunta si no habría sido mejor dejarla con su consuelo. El ejemplar anda por ahí, esperando a alguien que se conmueva como yo, en el centenario de esa absurda guerra por la fe. Regalé otro hace poco a un diácono recién ordenado. Espero le guste tanto como a mí.



