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sábado, marzo 14, 2026
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Los guardianes del polvo

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El ruido de los cristales rotos y el estallido de la pólvora en San Pancho han fracturado la calma aparente de nuestra costa nayarita. El atentado contra Erik Saracho, un hombre dedicado a la protección del jaguar y del equilibrio natural de nuestra tierra, constituye un golpe directo a la línea de flotación de nuestra seguridad comunitaria. Este suceso, ocurrido en la cotidianidad de un trayecto escolar, nos coloca frente a una realidad que preferimos ignorar mientras empacamos las maletas para el asueto de la Cuaresma: la vulnerabilidad de quienes han decidido ser la voz de lo que no habla. La errata colectiva que cometemos consiste en observar estos actos como eventos aislados de la nota roja, cuando en realidad son síntomas de una enfermedad social que desprecia la vida en todas sus formas.

Resulta contradictorio que, mientras miles de ciudadanos planean su descanso en las playas de Bahía de Banderas, el suelo que pisan esté manchado por la violencia contra sus propios defensores. Existe una miopía ética en nuestra sociedad que nos permite disfrutar de la belleza del paisaje nayarita sin cuestionar el costo humano de su preservación. El activismo ambiental en nuestra región se ha convertido en una profesión de alto riesgo, una labor de sacrificio que rara vez encuentra el respaldo sólido de una ciudadanía más preocupada por el marcador del próximo partido o por la logística de la fiesta que por la integridad de su territorio. La paz que tanto presumimos en los folletos turísticos se revela hoy como un barniz delgado que apenas oculta las tensiones de un sistema que silencia a los justos.

La sabiduría de la tradición profética, plasmada en los lamentos de Jeremías, describe una tierra que se enluta y desfallece porque no hay quien se tome a pecho su cuidado. Esta imagen antigua cobra una vigencia aterradora en las calles de San Pancho. El ataque a un ambientalista es, en esencia, un ataque a la viabilidad de nuestro propio futuro. Cuando se intenta apagar la voz de quien protege el hábitat del jaguar, se está intentando clausurar la posibilidad de una convivencia armónica con la creación. Nuestra falta de indignación ante estos atropellos funciona como un fertilizante para la impunidad, permitiendo que el miedo se instale en el espacio público y dicte las reglas de nuestra conducta diaria.

El registro de las enseñanzas galileas nos ofrece la parábola del buen pastor, aquel que no huye cuando ve venir al lobo porque las ovejas le pertenecen y las ama. Erik Saracho ha actuado como ese cuidador del patrimonio natural de Nayarit, permaneciendo en su puesto a pesar de las sombras que acechan el desarrollo desmedido de la zona costa. Por el contrario, la actitud de buena parte de nuestra sociedad se asemeja a la del asalariado que escapa ante el peligro, desentendiéndose del bienestar común con tal de salvar la propia comodidad. La Cuaresma es el tiempo idóneo para revisar estas omisiones y entender que la fe de erratas no se limita a corregir vicios personales, sino a enmendar nuestra complicidad con el silencio.

La seguridad en Nayarit no puede depender exclusivamente de los operativos de patrullaje o de la vigilancia en las fronteras con Jalisco. El verdadero blindaje de un estado reside en la solidaridad de su gente hacia sus líderes sociales y defensores de derechos. Si permitimos que el activista camine solo, estamos enviando el mensaje de que la vida de los valientes es prescindible. El miedo que hoy recorre los municipios costeros tras el atentado debe transformarse en un compromiso de vigilancia ciudadana activa. La paz auténtica nace de la justicia, y la justicia requiere que el brazo del Estado sea tan firme para proteger al ciudadano honesto como para castigar al infractor, una balanza que hoy percibimos alarmantemente desequilibrada.

Se lee en las cartas de los primeros apóstoles que si un miembro del cuerpo sufre, todo el cuerpo se duele con él. Sin embargo, nuestra reacción como cuerpo social nayarita suele ser la compartimentación del dolor: creemos que lo que sucede en Bahía de Banderas no afecta a quien vive en Tepic o en la sierra. Esta desconexión es una de las erratas más costosas de nuestra historia reciente. La violencia contra el ambientalista es un síntoma de la degradación del tejido que nos une a todos. La tierra que Erik defiende es la misma que nos da sustento, y el aire que sus agresores pretenden enrarecer con el miedo es el que respiramos todos. No hay fronteras municipales ni privilegios económicos que nos salven de las consecuencias de una justicia ausente.

Este sábado de Cuaresma, el ayuno más necesario para Nayarit no es el de carne roja, sino el de indiferencia. La mesa de nuestras casas debería ser el espacio para reflexionar sobre el valor de la vida y el respeto a quienes la protegen. Debemos transitar de una espiritualidad de consumo y rito externo a una ética de la responsabilidad compartida. La mancha de ceniza que aún resuena en nuestra memoria nos recuerda que somos polvo, sí, pero un polvo que tiene la capacidad de organizarse para defender la luz. El sacrificio que agrada a la divinidad, como bien señalaron los sabios antiguos, consiste en defender al oprimido y asegurar que la voz del justo no sea ahogada por la prepotencia del violento.

Al concluir esta semana, la invitación de Mateo Ríos es a mantener la mirada fija en lo que realmente importa. Que la urgencia de las vacaciones no nos borre la memoria del ataque sufrido por un ciudadano que sólo busca el bien común. La verdadera fe de erratas consiste en decidir, hoy mismo, que no dejaremos solos a nuestros guardianes. La esperanza de un Nayarit en paz no se construye con discursos políticos ni con promesas de campaña, sino con la valentía de una sociedad que sabe reconocer a sus héroes civiles y está dispuesta a protegerlos como el tesoro más grande de su identidad. Que el ejemplo de integridad de quienes lo arriesgan todo nos despierte del letargo y nos movilice hacia una justicia que no sea sólo un concepto, sino una realidad palpable en cada rincón de nuestra tierra.

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