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El modelo económico y el modelo político

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La democracia y cualquier otro modelo, solamente puede ser calificado mediante el método del bolsillo. Cuando a la gente le va bien, el modelo es “bueno”: cuando deja de sonar en el bolsillo, el modelo es “malo”. Los últimos tiempos, tras constantes especulaciones en torno al fin de la historia, han colocado en tela de juicio los paradigmas de la democracia y el liberalismo. Es por eso que algunos ya intentan exhumar la historia que había sido declarada formalmente concluida. Otros ya se afanan en la realización de las exequias de la democracia. Reacción generalizada que se justifica si tenemos en cuenta que los fracasos están a la orden del día.

La izquierda derechizada, manifiestamente conservadora. La democracia haciendo de la sociedad abierta una sociedad anónima, culturalmente anémica y “políticamente” endogámica (de ahí el orangutanismo político). El neoliberalismo convertido en una expresión vacía, evidencia de la ausencia de imaginación.

Frente a esto se presentan las expresiones de una izquierda neoliberalizada que pretende, si no resolver al menos si abatir los excesos que derivan de la concentración de la riqueza y de la pobreza. Las manifestaciones más serias se expresan inicialmente en casos aislados. De nuevo, Brasil llama la atención con la llegada de Luiz Inácio Lula da Silva, representante de una izquierda menos moderada (?) que la izquierda neoliberal representada por Cardoso.

Resulta interesante analizar el caso del presidente carioca saliente Henrique Cardoso, quien ha dejado en claro que la realidad es más imponente que cualquier propuesta que pretenda someterla. Las experiencias nacionales no pueden exportase, sin embargo, sí resulta útil tomar en cuenta lo que ha ocurrido en otras regiones. De ahí, también, lo necesario que resulta reflexionar en torno a lo que Cardoso expone tras casi ocho años al frente del gobierno brasileño.

a). Cardoso sostiene que “El sistema capitalista es cíclico. El que no entienda eso, no entiende el capitalismo. La cuestión no es saber si a ti te gusta, el sistema es así”.

b). Él mismo señala que “Lo que está ocurriendo, para usar un lenguaje marxista es la quema de la plusvalía. Eso no tiene nada de extraordinario, ni significa que haya otro modelo. Como los economistas tienen que ser economistas políticos, ellos tienen que ajustar la fase del ciclo. No se puede hacer política como si fuese un ciclo de expansión estando en un ciclo de retracción”.

c). Concluye el ex presidente brasileño señalando que, “Cuando hablan del modelo, están pensando en el neoliberalismo, que no existe. Son palabras vacías y demuestran una falta de imaginación”.

Es indudable que hasta el momento no se ha logrado concretar una experiencia estructuralmente distinta las que conocemos en diferentes partes del mundo. El problema sin duda reside en las características inmanentes al sistema capitalista. Entre otras debemos tomar muy en cuenta que el esquema de desarrollo actual concentra demasiado las rentas. Esto lleva a escenarios de profundo desequilibrio entre las naciones y en el seno de las naciones mismas.

Resulta muy sencillo formular respuestas y soluciones desde la comodidad de un aula, por lo que el mismo Cardoso advirtió oportunamente “Olvídense de todo lo que escribí”. Los desequilibrios en la distribución del ingreso y la riqueza son fuente inagotable para el discurso político electoral, partidista, igualmente. No solamente en la tribuna política existe la demagogia, esta se expresa con la misma fuerza o hasta peor, en las aulas.

Sin embargo, tanto en las aulas como fuera de los centros de estudio, las tesis de la democracia son severamente cuestionadas tras amargas experiencias que ahora se consideran (en realidad igual que antes) “riesgos de la democracia”. No es una novedad que se ponga en severas tribulaciones la propaganda “democrática”. Ya lo habían advertido en su momento Heidi y Alvin Toffler: los sistemas democráticos que exportan las naciones desarrolladas a los países en vías de desarrollo, “traquetean y amenazan con atorarse”. En repetidos casos esos sistemas democráticos de plano se han atorado y no dejan de provocar severos daños a la sociedad.

La democracia mal interpretada pretende ser el escenario propio para la demagogia. Se envilece el concepto de democracia como si en la democracia se valiera de todo y no se considerase como perversión democrática la demagogia, la mentira y el engaño por la vía del poder mercadotécnico.

Así como el sistema capitalista es como lo expresó Cardoso, también la democracia es así. O por lo menos eso es lo que algunos pretenden o fomentan. Replantear la democracia exige un replanteamiento también del modelo de desarrollo. No puede haber reforma política sin reforma económica. Ambas son necesarias y deben ir de la mano. De lo contrario, el “neoliberalismo”, esa caja vacía como la concibe Cardoso, puede “neoliberalizar” a la misma democracia, puede profundizar la definición de la democracia como simple entelequia. De ser así, la política puede ser transformada en un hobby para «ricos de dinero», tal y como podemos verlo en la persona de Donald Trump. Esto es, una democracia neoliberalizada que se sujeta a la influencia del poder económico.

Continuar sin la definición de los nuevos paradigmas que orienten el ejercicio político, como en su momento lo advirtió Felipe González, puede conducir a convertir la democracia en una caja vacía. Parafraseando a Cardoso, la democracia puede derivar en palabra vacía, manifestación de falta de imaginación.

Construir el sistema democrático no puede (o no debe) sujetarse a los intereses de elites ajenas al interés popular. El internes popular puede, en un momento dado, imponerse por las vías más violentas, a pesar de que eso signifique elevados costos sociales. Es inconcebible un sistema democrático para el pueblo, por el pueblo, ¡pero sin el pueblo!, dicho sea recordando la festiva expresión de don Alejandro López Díaz. El que no entienda eso, ¿no entiende la democracia?

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