Jorge Zepeda Patterson lleva semanas escribiendo sobre el mismo problema desde ángulos distintos. Esta semana, en su columna semanal de El País, llega al argumento más de fondo: Claudia Sheinbaum tiene las condiciones para ser una presidenta histórica, y el principal obstáculo para lograrlo es la confusión entre el partido y el Estado, entre el medio y el fin.
El arranque del texto reconoce lo que el análisis político suele eludir por comodidad ideológica: hay cosas que el gobierno de Sheinbaum está haciendo bien y otras que funcionan mal. Zepeda Patterson lo dice con esa misma llaneza y lo inscribe en una curva de aprendizaje que cualquier administración atraviesa, agravada en este caso por un contexto internacional que el columnista llama “de pesadilla.” Pero el diagnóstico central es que “el proceso de instalar el segundo piso de la Cuarta Transformación ha sido más lento y débil de lo que se esperaba”, y que esa lentitud representa una oportunidad histórica que se está gastando.
La oportunidad que describe Zepeda Patterson tiene un nombre concreto: la combinación de formación científica, integridad y capacidad técnica que Sheinbaum trajo a Palacio Nacional. El columnista, biógrafo autorizado de la presidenta, escribe que esa combinación podría haber permitido encontrar “un equilibrio razonable a la cuadratura del círculo entre crecer y distribuir.” El condicional importa: habría sido posible, dice, y sigue siéndolo, aunque el margen se estrecha con cada mes que pasa.
El hilo conductor de la columna es el método científico aplicado a la política: ensayo, error y corrección. Sostiene que ese ciclo es la base de cualquier gobierno que quiera mejorar, y que el gobierno de Sheinbaum tiende a saltarse la tercera fase. Reconocer un error, en la lógica política que describe, se percibe adentro del movimiento como una concesión al adversario, como munición entregada voluntariamente a quienes buscan erosionar a la 4T. Esa percepción produce una parálisis específica: “un proyecto que se niega a corregirse renuncia a la posibilidad de hacer realidad sus banderas.”
Los ejemplos que ofrece el texto son los más directos de la columna. El Tren Maya y la refinería de Dos Bocas costaron más de lo proyectado y enfrentaron dificultades que el gobierno prefirió ignorar antes que reconocer públicamente. Pemex, Mexicana de Aviación, la naturaleza de la mañanera como instrumento de comunicación, las alianzas con figuras que el propio movimiento debería haber descartado: Zepeda Patterson los enumera como pendientes que conviene revisar ahora, antes de que el costo de la omisión sea mayor.
Pero el tramo más político de la columna es el que traza la distinción entre Ariadna Montiel, dirigente de Morena, y Claudia Sheinbaum, presidenta de México. “Algo no está bien cuando sus discursos espejean”, escribe el columnista. Montiel opera en la trinchera partidista, compitiendo por el poder frente a adversarios políticos. Esa es su función. Sheinbaum, argumenta, tendría que estar en una tarea diferente: “consolidar resultados para legitimar un proyecto de cara a todos los mexicanos, de los cuales ella es presidenta, hayan votado por ella o no.” La presidenta que actúa como militante del movimiento que la llevó al poder reduce su propio margen de gobernabilidad.
La confusión entre medio y fin es el diagnóstico estructural que atraviesa todo el texto. Morena es el instrumento que permitió llegar al poder y que permite gobernar. El fin es el proyecto de nación resumido en la frase que el movimiento repite desde su origen: “por el bien de todos, primero los pobres.” Zepeda Patterson señala que “una y otra vez la historia ha mostrado que quienes llegan al poder tienden a confundir una cosa con la otra”, y que en Morena esa confusión ya produce efectos concretos: personas dentro del partido tan ocupadas en fortalecer al partido que comprometen los fines para los que ese partido existe.
Las consecuencias que enumera el columnista son reconocibles en el debate público reciente. La iniciativa para anular elecciones por injerencia extranjera, calificada por quien podría tener interés en el resultado. La descalificación de medios y periodistas desde el poder del Estado bajo la apariencia de opinión personal. El intento de desaforar a una gobernadora de oposición por no haber conocido las acciones de sus colaboradores, mientras se extiende tolerancia a funcionarios del propio movimiento en situaciones equivalentes. Esos episodios tienen un denominador común: “ganancias partisanas, pero automutilantes en lo que respecta a los ideales.”
El párrafo final concentra el argumento en una frase que funciona como resumen de las semanas de columnas que el biógrafo de Sheinbaum lleva dedicando al mismo tema: “No necesitamos a una presidenta militante del movimiento que la llevó al poder, sino a una estadista capaz de convertir en realidad los ideales por los cuales se construyó ese movimiento.” La distinción entre militante y estadista define el tipo de presidencia que Zepeda Patterson considera posible y la que considera probable si la inercia continúa.
Quedan 52 meses de gobierno. El columnista cierra con esa aritmética implícita: el balance final de Sheinbaum será positivo, escribe, y se le recordará como una buena presidenta. La pregunta que deja abierta es si eso alcanza, o si la oportunidad histórica que describe requería algo más que un buen gobierno para convertirse en un punto de inflexión real en la vida pública mexicana.







