
Hoy es el día del maestro en nuestro país, y puesto que todos tuvimos un maestro al que quisimos mucho, o incluso en algunos casos al que odiamos mucho por alguna razón personal, no pedagógica, y además, dado el terrible estrés al que están sometidos nuestros amados maestros, simplemente quiero agradecer su trabajo formador de generaciones y generaciones y que muchas veces ellos mismos ven pasar a esas generaciones a veces en materia económica y profesional a ellos, y sin embargo, ellos siguen amando el formar individuos que serán superiores a ellos mismos, en algún punto de la vida.
Admiro a los maestros porque han sido vilipendiados en su trabajo, por directivos que se encuentran en cargos de mando, pero que nunca han pisado una aula escolar para sentir el rigor de la raza, de esos niños mal alimentados, pobres, de hogares desintegrados, víctimas a veces de humillaciones y ataques sexuales en su misma familia, y que encuentran en la maestra o el maestro, su única válvula de escape emocional.
Y es que hay crisis que no aparecen en los informes, ni se miden en estadísticas, ni se anuncian en titulares, pero son profundamente peligrosas porque carcomen lentamente la esencia misma de la educación. Una de ellas es la pérdida progresiva de la autoridad del maestro: la erosión de la figura del referente intelectual, moral y humano, y con ello, el debilitamiento del proceso educativo. Porque la educación ocurre cuando el estudiante reconoce autoridad en quien enseña, cuando se percibe que detrás de su exigencia hay conocimiento, experiencia y propósito. Sin esa autoridad, el aula se convierte en un simple espacio de tránsito y de enseñanza en un acto mecánico, pero ojalá y fuera aprendizaje mecánico, pero no lo es, un maestro sin autoridad recibe la desobediencia de sus alumnos.
Es cierto que hoy día, hay crisis de autoridad en muchos segmentos, por ejemplo en los hogares mexicanos, vemos hijos que exigen, no es que soliciten, o pidan, exigen lo mejor para ellos, las mejores marcas, ropa, tenis, zapatos, mochilas, útiles escolares, como si exaltar su ego, los hiciera mejores hijos, mejores muchachos, lo único que hace es darles un mundo que cuando sean adultos, es altamente posible que no lo tengan.
Pero hoy al maestro le quitan la autoridad de reprobar a los malos alumnos, o a los alumnos que no logran comprobar que merecen pasar de año, así que el niño sabe que haga lo que haga, pasará de año.
Tampoco pueden castigar a un niño, hablo de los castigos esos leves que sufrimos los de la vieja guardia, el reglazo en las manos, o en las sentaderas, o el jalón de orejas, en fin, esas cosas que hacían que nos portáramos bien.
la crisis de la autoridad es uno de los rasgos más preocupantes de la modernidad, no porque la autoridad represente poder, sino porque representa responsabilidad frente al mundo. Sin embargo, hoy esa autoridad se ha ido degastando por múltiples factores. Durante años, un corifeo de alabarderos del poder ha promovido una narrativa mediática que presenta al docente como incapaz y responsable de los males del sistema educativo.
Se invisibiliza al maestro que se forma, que investiga, que acompaña, que sostiene emocionalmente a estudiantes con vacíos afectivos, con carencias sociales, con heridas invisibles; no es percibido el maestro que desde las primeras horas de la mañana sigue su proceso de planificación, el que lleva tareas al hogar o el que ofrece su alma y corazón al niño que carece de afecto y abrazos. Se invisibiliza al docente que enseña más allá del currículo, que orienta, que forma conciencia, que exige derechos. Y cuando se repite constantemente que el maestro no sirve, que no está preparado, que es el problema, se debilita su autoridad ante la sociedad, la familia y el estudiante.
Pierre Bourdieu señalaba que la autoridad simbólica depende del reconocimiento social. Cuando ese reconocimiento desaparece, la autoridad se debilita, incluso cuando la competencia existe. Ese es el drama actual: son muchos los maestros preparados, comprometidos y con vocación, pero sin el respaldo simbólico que legitime su palabra.
A esta realidad se suma el populismo educativo estatal que ha instalado la peligrosa idea de que el estudiante siempre tiene la razón y que la familia debe ser complacida, aunque ello implique debilitar la autoridad del maestro. El docente exige disciplina y es cuestionado, el maestro aplica normas y los organismos oficiales evitan respaldarlo (las familias amenazan al docente de llevarlo a la SEPEN); el estudiante incumple responsabilidades, amenaza, irrespeta y se flexibilizan las exigencias. Así, poco a poco, la autoridad se diluye y la escuela no funciona. La educación no es popularidad, la educación es formación, y la formación exige autoridad.
Finalmente quiero decirles que no hay educación sin esfuerzo, no hay aprendizaje sin disciplina, no hay formación sin exigencia…y que debemos apoyar irrestrictamente a nuestros amados maestros…¡felicidades profes y profas!…hasta mañana







