
Los actos más sencillos exigen devoción en los detalles para que todo salga como uno lo imagina. Incluso unos humildes huevos estrellados: basta un descuido y la yema se rompe. Haber tocado El son de la Negra para recibir a la selección de Sudáfrica no fue lo más afortunado, cierto. Pero nos rasgamos las vestiduras y acusamos a medio mundo, cuando seguramente fue ocurrencia del propio mariachi. Un emblema del folclor, pensado como bienvenida, terminó leído como afrenta. ¿Quién sabe ya qué conviene hacer y qué evitar en cada situación? Lo que antes estaba normalizado hoy enciende todas las alertas. Un accidente se entiende como provocación, un gesto de hospitalidad como insulto. Vivimos tiempos en que el descuido más pequeño arrastra consecuencias imposibles de prever. Ni el mejor músico afina ya el contexto.







