El ensayo de David Epstein arranca con una incomodidad que casi nadie se atreve a nombrar: buscar lo mejor es, casi siempre, el objetivo equivocado. La razón es sencilla y se nos suele escapar. La búsqueda misma cuesta, y ese costo casi nunca entra en la cuenta. Si lo hiciéramos, dice el autor, veríamos que la estrategia óptima no consiste en optimizar. A esa manía de exprimir cada decisión hasta dar con la opción perfecta los psicólogos la llaman maximización, y el ensayo se propone desarmarla.
Para hacerlo, Epstein presenta a su protagonista, Herbert Simon, pionero de la inteligencia artificial y de la psicología cognitiva, además de premio Nobel de Economía. Simon mostró que en la mayoría de las decisiones los humanos no podemos evaluar todas las opciones, porque son demasiadas y nuestra información es incompleta, así que recurrimos a atajos. Acuñó para ello una palabra, satisficing, cruce de «satisfacer» y «bastar»: consideramos un puñado de alternativas, elegimos una que ya es bastante buena y seguimos con la vida. Su mantra, tomado de Voltaire, era «lo mejor es enemigo de lo bueno».
El retrato del personaje es la mejor parte del texto, porque convierte una teoría en una forma de vivir. Simon se llamaba a sí mismo un «satisfaccionista incorregible». Su hija Katherine contó que usaba una sola marca de calcetines para no elegir color cada mañana, que tenía una única boina negra comprada en cierta mercería europea, y que predicaba una doctrina del guardarropa, «uno en el cuerpo, otro en la lavadora y otro en el armario listo para usar». Desayunaba siempre lo mismo y vivió cuarenta y seis años en la misma casa. Al borrar las decisiones pequeñas, escribió su hija, liberaba atención para las personas y el trabajo que de verdad le importaban.
Epstein traduce esa intuición a números con un experimento mental del matemático John Allen Paulos. Para elegir pareja, calcula cuántas personas podrías conocer en la vida, sal con el primer tercio sin comprometerte, sólo para calibrar lo que te gusta, y luego quédate con la primera que supere a todas las anteriores. La probabilidad, demuestra Paulos, premia esa regla: insistir más allá de ese punto suele dejarte con alguien peor, o con nadie. La idea de fondo viaja mucho más allá de las citas, el camino hacia el mejor resultado pasa por la voluntad de dejar de buscar antes de agotar las opciones.
Lo que sigue es la prueba empírica. Tras la muerte de Simon en 2001, un equipo de investigadores construyó una escala para ubicar a cada persona entre el maximizador y el satisfaccionista, y el veredicto fue claro: conviene poco ser maximizador. Quienes lo son tienden a estar menos satisfechos con sus decisiones y su vida, a arrepentirse más y a compararse sin descanso con los demás. El satisfaccionista no rebaja el listón, aclara Epstein; lo fija en «lo suficientemente bueno para mí» y no en «lo mejor que pueda haber», y esa diferencia lo deja en paz con lo que eligió. El psicólogo Mihaly Csikszentmihalyi, el del concepto de flujo, lo dijo con elegancia: al apostar por una elección, «se libera una gran cantidad de energía para vivir» en vez de malgastarla preguntándose cómo vivir.
El ensayo gana filo cuando lleva el diagnóstico al presente, porque nunca fue tan fácil maximizar. Epstein recoge un cálculo de 2006 según el cual las opciones de consumo de una economía moderna superan por un factor de cien millones a las de las sociedades preindustriales, y aclara que esa multiplicación no se queda en los productos: alcanza a quién ser, dónde trabajar y a quién amar. Las redes sociales agravaron el cuadro al volverse un motor de comparación sin fin: cuando uno puede ver la carrera, la casa y las vacaciones de todos, lo «suficientemente bueno» empieza a parecer conformismo. El autor anota un síntoma medible, los estudios en Estados Unidos y China registran que, desde 2010, los jóvenes dicen aburrirse cada vez más, y las aplicaciones de citas convirtieron el experimento de Paulos en un deslizar infinito, maximización en estado puro.
Ahí coloca su advertencia más actual. La inteligencia artificial promete optimizarlo todo, los horarios, las dietas, el armario, la producción creativa, y para Epstein ahí está el riesgo: si Simon tenía razón, estas herramientas ensancharán todavía más el menú de opciones y comparaciones que ya nos abruma. La promesa de elegir mejor podría dejarnos eligiendo peor, y más infelices.
El cierre apela a la literatura, y es un acierto. Epstein recurre a un cuento de Haruki Murakami: dos jóvenes solitarios se reconocen en una esquina como hechos el uno para el otro, hablan durante horas y entonces los asalta la duda, «¿era bueno que un sueño se hiciese realidad con tanta facilidad?». Para confirmarlo se someten a una prueba, se separan convencidos de que el destino volverá a unirlos, y los años borran el recuerdo. Nunca vuelven a encontrarse. Eran perfectos el uno para el otro, y la perfección los perdió. A Simon, sugiere el autor, no le habría sorprendido el final.
La moraleja que deja el ensayo es de una sencillez incómoda. Fija un criterio de lo que es bastante bueno, detente cuando se cumpla y reserva tu energía mental para lo que importa. Para el lector de hoy, rodeado de menús infinitos y de máquinas que prometen afinar cada elección, la idea resulta casi subversiva: la serenidad pertenece a quien aprende a dejar de buscar lo mejor.







