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viernes, julio 10, 2026
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“La tecnología es para los seres humanos; no los seres humanos para la tecnología”

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A lo largo de varias semanas, dediqué mis colaboraciones [¡diez!] a “un asomo panorámico a “Magnifica Humanitas”, la encíclica inaugural del pontificado de León XIV, cuyo foco de atención ―considerado como la “res nova” de nuestros tiempos― es la revolución digital y, más específicamente la Inteligencia Artificial, esa que, rápidamente, va mostrando atributos tradicionalmente reservados para la divinidad, especialmente, la omnipresencia y la omnipotencia.

El meollo del documento papal se puede resumir en el título de estas “palabras” que no es sino una adaptación de la expresión evangélica “el sábado es para el hombre, no el hombre para el sábado”: “la tecnología es para los seres humanos; no los seres humanos para la tecnología”, ya que esta expresión subraya tanto la dignidad infinita de los seres humanos como la superioridad ontológica de los humanos sobre sus productos por sofisticados que sean…

En esas diez colaboraciones ―que he condensado en un texto único, con pequeñísimas variantes― he dejado de lado algunos puntos que han sido abordados por otros, tales como las citas que no provienen de la Biblia, ni de la tradición de la Iglesia, ni de su Doctrina Social, o bien, hasta qué punto en la redacción del documento se recurrió a la IA y, así como una serie de temas abordados en la encíclica, entre los que destacaría el de la educación, tema que desarrolla con cierta amplitud en el capítulo cuarto, en el que aborda algunos ámbitos en los que la denominada revolución digital tiene repercusiones muy concretas y, a veces, dramáticas.

En esa sección, hay un apartado en el que se recalca el rol central de la escuela, llamando la atención sobre tres retos: uno de carácter sociológico relacionado con las fuertes desigualdades en el acceso a la educación básica y superior; otro de carácter pedagógico que tiene que ver con las dificultades para actualizarse al ritmo de los cambios y para apoyar un crecimiento integral de los alumnos y un tercero, de carácter intelectual y sapiencial que consiste en el riesgo de que “el flujo incesante de información sustituya al ejercicio de la investigación, la reflexión y el discernimiento” haga “más difícil captar la realidad en su conjunto, plantear preguntas sobre el sentido de las cosas y desarrollar un auténtico pensamiento crítico y creativo”.

Sin embargo, en este caso, mi atención se centra en el primer apartado de esa sección dedicada a la educación como uno de los ámbitos en que la revolución digital tiene repercusiones que llegan a ser dramáticas.

“La omnipresencia de los medios digitales genera una cultura de la inmediatez y la sobreestimulación, que alimenta el cansancio, el aburrimiento y la apatía ante el esfuerzo que supone buscar la verdad”, denuncia León XIV y contrasta esa cultura con una cultura de procesos educativos que “requieren tiempo para madurar, una confrontación con la realidad más allá de las apariencias y un camino paciente”.

Por ello, subraya: “educar en el uso de la IA implica […] educar para decidir cuándo y para qué no utilizarla” y añade: “Debemos aprender a prescindir de la IA y proteger a nuestros jóvenes de la promesa de la máquina perfecta, de esa sutil seducción que hace parecer inútil el pensamiento humano precisamente cuando más se necesita”.

Y, recurriendo al ámbito de la investigación y de la cotidianidad, hace mención de la literatura psicológica y psiquiátrica que ha documentado “con creciente insistencia cómo una exposición precoz y sin supervisión a los dispositivos digitales y a las redes sociales puede afectar negativamente al sueño, a la atención, a la regulación emocional y a las relaciones en las edades más vulnerables, con consecuencias a veces dramáticas”.

En ese mismo apartado, escribe: “A esto se suma la facilidad de acceso a escenas violentas o crueles que hieren la sensibilidad, a contenidos pornográficos e hipersexualizados, a mensajes que banalizan el cuerpo y la afectividad, y a propuestas que normalizan comportamientos de riesgo” y “Tener un teléfono móvil personal demasiado pronto y utilizarlo sin el control de los adultos puede acentuar la fragilidad y favorecer las adicciones en los jóvenes, exponiéndolos a dinámicas de aislamiento, acoso y ciberacoso, así como a la presión para compartir imágenes íntimas o datos sensibles”.

En ese orden de cosas, me impactó la lectura de un artículo de Eunice Rendón publicado en El Universal el pasado 03 de julio titulado “La adicción a las pantallas en menores” en el que ofrece una serie de datos preocupantes y sostiene la necesidad “de asumir este desafío como un problema de salud pública y prevención de las violencias”.

En su artículo Eunice habla del desafío de que millones de niños, niñas y adolescentes crezcan en un entorno digital diseñado para mantener su atención el mayor tiempo posible, en especial cuando “un cerebro en desarrollo entra en contacto con plataformas que generan contenido infinito y algoritmos que enganchan” y hace referencia a una encuesta relacionada con la salud mental en las escuelas, que “muestra que 1 de cada 10 adolescentes presenta un uso problemático de las redes sociales con rasgos similares a una adicción y que otro 32% está en riesgo”.

Y, para que no pensemos que se trata de una problemática del Primer Mundo, resalta el hecho de que los mexicanos superamos el promedio mundial de uso de internet con más de siete horas y media al día entre mayores de 16 años y que el acceso entre niñas y niños de 6 a 11 años ha alcanzado un 80%…

Asimismo, hace mención de los pocos países que han creado leyes que prohíben o limitan el acceso de menores a redes sociales y subraya que México debe asumir este desafío como un problema de salud pública y prevención de las violencias, incorporando la dependencia digital a las políticas de salud pública, fortaleciendo la educación socioemocional desde la infancia, alfabetizando digitalmente a familias y docentes, estableciendo criterios claros sobre el acceso de menores a dispositivos y redes sociales, detectando oportunamente el uso problemático y exigiendo mayor corresponsabilidad a las empresas tecnológicas.

Finalmente, diré, que creo haber encontrado una cercanía entre la encíclica de León XIV y “Toy Story”, cuyo mensaje parece radicar en la prioridad que debe tener “una amiga de verdad” y, probablemente los juguetes que permiten desarrollar la imaginación sobre los dispositivos electrónicos…

José Luis Olimón Nolasco
José Luis Olimón Nolasco
Académico, teólogo y filósofo. Catedrático de la Universidad Autónoma de Nayarit. Colaborador de la Secretaría de Educación Pública y de la Comisión de la Defensa de los Derechos Humanos en Nayarit.
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