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miércoles, julio 22, 2026
InicioOpiniónMejor que el Silencio¿Trabajar duro o durar en el trabajo?

¿Trabajar duro o durar en el trabajo?

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El burnout ya no avisa. Se instaló.

Hubo un tiempo en que agotarse era una señal de alarma, el cuerpo pidiendo tregua antes de que algo se rompiera. Hoy es el pulso normal de cualquier semana laboral. Llegar destruido al viernes, dormir mal, cargar ansiedad de lunes a lunes y presentarse de todos modos a trabajar dejó de ser una crisis. Es el estándar. Renunciar cuando un empleo te consume solía ser la respuesta obvia. Para millones de personas esa respuesta ya no existe, porque irse de un trabajo hoy significa apostar lo poco que queda en pie.

Renunciar dejó de ser una decisión del corazón. Se volvió una hoja de cálculo.

Detrás de un sueldo hay una renta que jamás baja, al contrario, sube; una hipoteca que crece más rápido de lo que se paga, un crédito, la despensa, los útiles de los hijos, las medicinas de los padres, y esa tranquilidad mínima de saber que el viernes habrá depósito. Cambiar de trabajo pone todo eso sobre la mesa, y muy pocos pueden darse ese lujo.

El burnout dejó de ser la alarma para salir. Es la factura por quedarte.

La Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo del INEGI registra casi 60 horas semanales dedicadas a actividades productivas. En las mujeres la cifra rebasa las 61. El IMSS calcula que 7 de cada 10 trabajadores mexicanos arrastran fatiga por estrés laboral y problemas de sueño. México sigue entre los países que más horas trabajan dentro de la OCDE, mientras la reducción de la jornada laboral avanza a paso de tortuga. Dormir poco, vivir tensos, llegar reventados al viernes, eso dejó de ser la excepción incómoda de algunos. Es la credencial que todos traemos en la bolsa.

Datos de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo refuerzan este escenario. El 25.9 por ciento de la población ocupada trabaja en condiciones críticas, con bajos ingresos o jornadas excesivas, una proporción superior al promedio nacional urbano. La informalidad laboral alcanza el 56.2 por ciento. No es una anomalía local. Es la confirmación de que el problema ya forma parte de la normalidad. Hay personas con un empleo formal que buscan un segundo ingreso en la informalidad, no para enriquecerse, sino para que el salario alcance y evitar que una mayor carga fiscal termine por reducir todavía más lo poco que entra a casa.

Trabajar más iba a abrir puertas. Hoy apenas sostiene las que ya tenías entreabiertas.

Escribí hace poco sobre lo imposible que se volvió comprar una casa en Nayarit. Después escribí sobre el precio que muchos hombres pagan por tragarse todo en silencio hasta que el silencio los mata. Con esto ya son tres historias, un mismo fondo, descansar genera culpa, pedir ayuda parece un privilegio, y renunciar da más miedo que seguir consumiéndose despacio.

Las empresas presumen programas de bienestar, mesas de mindfulness, políticas de conciliación. Bien por el gesto. Pero ningún taller de respiración borra el cálculo real, buscar otro empleo puede tomar meses, y aterrizar en uno peor pagado. El miedo gana siempre esa pelea.

Byung-Chul Han lo describió antes de que lo viviéramos en carne propia, dejamos atrás la sociedad disciplinaria, donde alguien de afuera te vigilaba, y entramos a la sociedad del rendimiento, donde el jefe ahora vive dentro de tu cabeza. Ya nadie te obliga a producir más. Tú mismo te empujas al límite convencido de que ahí está la libertad. El “tú puedes” se volvió condena. Nos explotamos solos, sin necesidad de capataz, hasta la ansiedad y el cansancio crónico. Dejamos de vivir. Empezamos a rendir.

Ahí encaja el pingüino que camina hacia las montañas en el documental de Herzog (escribí sobre esto a principios del año), o el pez que sube desde el fondo del océano solo para “ver la luz”. Las redes los convirtieron en íconos motivacionales, sé el pingüino, persigue tu meta como el pez diablo. Pero ninguno se rebela contra nada. Caminan porque detenerse ya no es una opción. Son la metáfora perfecta de lo que nos pasa, seguimos avanzando, aunque no haya recompensa esperándonos al final, porque parar se siente más peligroso que agotarse.

El trabajo dejó de ser promesa de movilidad. Se volvió mecanismo de contención. Ya no se trabaja para avanzar. Se trabaja para no caer más abajo de donde ya estamos.

Y ahí el burnout cambia de naturaleza. No siempre nace de un jefe tirano ni de jornadas eternas. A veces aparece cuando alguien nota que, aunque meta más horas, más esfuerzo, más responsabilidades, su vida sigue exactamente en el mismo lugar. La fatiga no viene solo de trabajar de más. Viene de descubrir que ese esfuerzo dejó de traer esperanza.

Seis de cada diez trabajadores dicen que van a quedarse donde están. No por amor al puesto. No porque falten mejores opciones. Se quedan porque abandonar la poca estabilidad que tienen, por frágil que sea, implica un riesgo que casi nadie puede permitirse.

El burnout no dejó de crecer. Lo que cambió fuimos nosotros.

Antes era la señal para buscar salida. Hoy es el precio de entrada, y ya aprendimos a pagarlo sin quejarnos.

Diego Mendoza
Diego Mendoza
Licenciado en Comunicación y Medios por la Universidad Autónoma de Nayarit. Premio Estatal de Periodismo en 2021, 2022, 2025 y 2026, en las categorías de Columna, Crónica, Entrevista y Artículo de Fondo. Con gran experiencia en periodismo de datos enfocado en temas sociales y derechos humanos.
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