Hay un volcán en Nayarit con el corazón partido, literalmente, en dos piedras… y no, no es metáfora de una canción de Alejandro Sanz, es geología pura causada por el amor más tóxico de la historia prehispánica de nuestra región.
Hace siglos, en el Valle de Matatipac, había un rey llamado Trigomil, quien tenía una hija hermosísima: la princesa Mololoa.
Y como en toda historia de princesa hermosa, empezaron a llegar pretendientes de otros reinos. Hoy eso sería como que te agreguen en Instagram desde Australia y a los cinco minutos ya quieran videollamada.
Se dice, se cuenta, se rumora que el rey era todo un padre feminista, un tipo muy adelantado a su época, pues le dijo: “Tú eliges, mija, al galán que más te cuadre”. Ella eligió a Tépetl: guerrero, sensible, un tipazo.
Eran novios de banca de parque, con más honestidad emocional que medio Tinder junto. Tépetl era el clásico apego seguro: escucha, valida, no controla. El “date lento” hecho persona.
Ellos se la pasaban las tardes platicando, compartiendo sueños y construyendo esa historia de amor que parecía destinada a terminar bien. Pero llega Sangangüey, con fama de cruel, a pedir permiso para ver a la princesa.

Ella lo escucha y le dice clarísimo: “No voy a aceptar tus regalos”. Y lo manda directo a la zona de amigos: “No siento lo mismo por ti”. ¡Gracias por participar!
Y aquí Sangangüey nos regala el ejemplo perfecto de apego ansioso: miedo al abandono, necesidad de aprobación… pero en lugar de superarlo, responde que será su esposa aunque tenga que matar para lograrlo.
Cuando Sangangüey se entera de la boda de Mololoa con Tépetl, grita tan fuerte que “hizo temblar la tierra”, y entonces se la lleva por la fuerza.
Tépetl la busca hasta encontrarlos y se desata una batalla: “cuerpo a cuerpo, cara a cara”, como diría el legendario doctor Alfonso Morales.

Sangangüey escupía fuego. Tépetl, con inteligencia, empieza a lanzarle piedras hasta cubrirlo por completo. El fuego derritió esas piedras y así nació el volcán Sangangüey.
Pero el guerrero, agonizando, lanza un último golpe de fuego y funde a Tépetl en piedra. Así nace el cerro de San Juan… y Mololoa, desde su roca, observa morir a su amor. La princesa llora tanto que sus lágrimas se convierten en un río: el río Mololoa, que hoy todavía existe y atraviesa Tepic.

Dicen que Mololoa llevaba 500 años llorando por Tépetl… y ahora, encima, tiene que llorar por nosotros, porque miren cómo hemos dejado sus lágrimas: bien contaminadas.
Fuente: Pineda Galaviz, Julián. La leyenda de la Princesa Mololoa. Folleto. 1997.







