La imagen con que Vanessa Romero Rocha define a la oposición mexicana es de museo: una derecha «vintage» que, incapaz de ganarle una sola elección a Morena, se cobijó «bajo el manto de las barras y las estrellas» y le encargó a Trump la victoria que no consigue en las urnas. Su reproche de arranque es que esa apuesta parte de un error de cálculo, creer que la derrota del adversario equivale al triunfo propio.
El corazón de la columna es una advertencia sobre destinos. La oposición, dice, invoca el Estado de derecho, deplora la captura del Poder Judicial y exige límites al poder, y hace bien en pedirlo; su desatino está en creer que Trump la llevará hasta allí. Los caminos del magnate, sostiene, no conducen a la democracia liberal, porque la nueva derecha que gravita en torno a Washington la detesta; obedecen a asuntos menos nobles, la batalla contra China, la apropiación de recursos ajenos y la subordinación de las prioridades locales a su apetito.
Para probarlo, la autora recorre el continente, y aquí conviene separar lo verificado de su lectura. Su ejemplo más firme es Colombia. Abelardo de la Espriella, ultraderechista respaldado por Trump, ganó la presidencia en junio y, a pocos días de asumir, autorizó operaciones militares conjuntas con Estados Unidos en territorio colombiano, una decisión que la oposición y el saliente Gustavo Petro consideran inconstitucional porque el tránsito de tropas extranjeras exige aval del Senado. El caso encaja con su tesis sin necesidad de retórica.
El segundo botón también resiste el cotejo. En Honduras, Nasry Asfura, del Partido Nacional y apoyado por Trump, fue declarado ganador en noviembre; y días antes de los comicios, el presidente estadounidense indultó a Juan Orlando Hernández, del mismo partido, condenado en Nueva York a 45 años por narcotráfico. La frase de la columnista, «un indulto bien vale un país», resume con crudeza lo que documentaron las agencias. En Perú, añade, Keiko Fujimori acercó su gobierno a Washington para contener a China en el Pacífico Sur; en Brasil, Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente condenado por intentar un golpe, busca en las urnas lo que su padre quiso tomar sin ellas. Todos son casos reales, aunque el color con que los pinta es suyo.
Otros trazos son más discutibles y quedan a su cuenta. Sostiene que Milei planea entregar a Estados Unidos el puerto de Ushuaia como enclave militar y pagar mil millones de dólares por ingresar a una «Junta de Paz», afirmación que no ha sido confirmada y conviene atribuirle. Y su retrato de Trump, que desconoció una elección sin probar el fraude que denunciaba y gobierna con un patrimonialismo sin freno, es la caracterización de una autora que escribe desde la defensa de la soberanía y sin simpatía por la derecha.
Hecho ese deslinde, su argumento central se sostiene con lógica de ajedrez. La intervención de Trump en México, dice, no se limitaría a sacar a Morena del poder, y ahí ve la miopía de una oposición que imagina la injerencia como un simple detonador de alternancia sin preguntarse por «el día después de mañana». Si Washington se impusiera en suelo mexicano, advierte, no habría restitución de las instituciones añoradas; llegarían un país subordinado, la explotación de sus recursos y gobiernos criminales tolerados a cambio de docilidad. En lo que llama la Doctrina Donroe, la versión trumpista de la Monroe, los derechos humanos y la democracia no figuran.
Su remate es una acusación doble: miente quien promete un camino intermedio, y miente todavía más quien cree que podrá servirse de Trump y contenerlo a la hora que le convenga.
Conviene poner la pieza en su sitio, porque es tan de parte como las que la combaten. Romero Rocha escribe desde una posición nacionalista y adversa a la oposición, y su desfile de casos, aunque apoyado en hechos comprobables, está armado para asustar. La otra vereda respondería que no entrega el país a nadie, que resiste a un gobierno que juzga autoritario, que la presión extranjera sobre la corrupción no es lo mismo que una anexión, y que invocar la soberanía puede volverse también un escudo contra la rendición de cuentas. Ese contrapunto no aparece en la columna, y el lector hace bien en ponerlo.
Aun así, su pregunta incomoda por legítima. Más allá de la antipatía por Morena o por la derecha, el texto obliga a distinguir dos cosas que la coyuntura mexicana confunde a diario, el deseo de que se vaya un gobierno y el precio que se está dispuesto a pagar porque se vaya. Los ejemplos de Colombia y Honduras, que sí ocurrieron, sugieren que el patrocinio de Washington rara vez sale gratis. Si esa factura conviene o no a México es una discusión que merece darse con la cabeza fría, y no al calor de la esperanza de que un extraño resuelva lo que las urnas no han resuelto.







