Solo acepto este mundo iluminado
cierto, inconstante, mío.
Solo exalto su eterno laberinto
y su segura luz, aunque se esconda.
Ida Vitale. Este mundo
¿A quién no se le ha ocurrido la idea de escapar de la vida que lleva para ir a buscar un sitio donde simplemente pueda habitar y vivir de otra manera? Puede ser una ensoñación, una fantasía; sin embargo, huir del mundo se convierte en un deseo para quienes aún tienen la posibilidad de imaginar una vida diferente; dejarlo todo, abandonar.
Después de cursar los estudios de posgrado, uno de mis compañeros decidió no seguir la carrera profesional. En su lugar, se separó de su esposa y de sus hijos para dedicarse a tocar la guitarra. Vivía así, de cantina en cantina; de cantada en cantada. Alguna vez lo llegué a encontrar. Decía que eso era la vida que quería tener, no la de las obligaciones familiares, las presiones de la productividad del trabajo, la búsqueda de reconocimientos. Yo no sé si me despedí con un dejo de admiración, porque era capaz de seguir sus deseos. Ahí, en esa decisión, alcancé a ver una pizca de la tensión de la libertad a la que él no renunciaba.
Quizá la experiencia más cercana de huir del mundo haya sido lo que nos ocurrió durante la pandemia. En esa ocasión el hogar se convirtió en un refugio sobre lo que ocurría en el mundo: la amenaza de la destrucción, la desazón; la posibilidad de la muerte.
No fue un huir decidido por cada quien, sino que fue la consecuencia de medidas tomadas desde el Estado. Una reclusión, hasta cierto punto voluntariamente aceptada en aras de protegernos del mal desconocido. Una parte importante de la población, en el mundo, pudo hacer de su casa el lugar para permanecer en tanto pasaba la epidemia; otras personas no pudieron hacerlo por tener que salir a trabajar, en el esquema de que sólo si trabajas, tienes ingresos para sobrevivir.
Diversos filósofos y pensadores han planteado la huida del mundo. Desde Platón, para quien la filosofía sería un ejercicio de desapego de las distracciones mundanas a fin de que el alma regrese al mundo de las esencias puras, hasta monjes, ascetas, escritores. Los monjes y ascetas han protagonizado huidas del mundo de su época, como San Antonio Abad que abandonó la ciudad en que vivía para habitar como ermitaño en una cueva. Había nacido en el año 251 en el bajo Egipto, ¡qué paradoja que hoy su nombre esté en una de las terminales del metro de la Ciudad de México, donde se calcula un cruce de 21 mil personas al día! Quizá muy pocos sepan quien fue San Antonio Abad, pero muchos lo reconocen como el fraile con un báculo de la estación del metro.
Entre las mujeres, quizá la huida más conocida en México sea la de Sor Juan Inés de la Cruz, quien decidió seguir la vida conventual para alejarse de la sociedad de su época a fin de dedicarse al conocimiento. Pero Sor Juana tuvo realmente, dos huidas. La primera fue la que hizo a los 19 años para evitar contraer matrimonio y alejarse de la corte de los virreyes; la segunda ocurrió a los 39 años cuando decidió abandonar su actividad literaria, la música y sus estudios para entregarse por completo a la vida religiosa. Se deshizo de su biblioteca, de sus instrumentos musicales y matemáticos. Tenía todavía parte del mundo en su celda a través de los libros; al deshacerse de ellos, huyó del mundo que significaba el conocimiento para dedicarse a la vida religiosa y al cuidado de sus hermanas.
Puede ser que nunca sepamos a qué se debió ese retiro, quizá fue rendición ante las presiones de los jerarcas de la iglesia; quizá fue cansancio. De cualquier manera, los dos últimos años se dedicó a las otras, a sus hermanas; quizá, también, a sí misma, porque en el cuidado de las otras, estaba su propio cuidado; su abono a la salvación del alma.
Hay quienes han huido del mundo en su propia casa. Este fue el caso de Emily Dickinson, quien no necesitó una pandemia para recluirse en la casa familiar, propiamente dicho en su propia habitación. Emily Dikinson había nacido en Massachusetts, en 1830. De chica asistió a la escuela local, pero muy joven decidió radicar solo en su casa. Murió a los 55 años de edad, dejando un legado de casi 1800 poemas, de los cuales solo fueron publicados algo más de doce, mientras vivía.
Sí, quizá muchas de nosotras hemos fantaseado con huir del mundo. No necesitamos apartarnos de la gente, escabullirnos del ruido de las ciudades, dejar de vivir en los laberintos de la muchedumbre si sabemos huir a las voces de las poetas. Sus letras se pueden convertir en la protección de los vientos helados, de los huracanes furiosos. Oír las voces de las poetas nos coloca en un lugar de silencio donde la palabra recobra el sentido, como en el siguiente poema de Emily Dickinson:
Es todo lo que tengo para traerte hoy.
Esto, y mi corazón,
esto y mi corazón, y todos los campos,
y todos los anchos prados,
esto y mi corazón, y todas las abejas
que en los tréboles están.
O el siguiente poema Invocación a la Osa Mayor de Ingeborg Bachman:
Osa Mayor, baja hirsuta noche,
animal de piel de nubes con ojos viejos,
ojos de estrellas,
por la espesura irrumpen relucientes
tus patas con las garras,
garras de estrellas,
mantenemos despiertos los rebaños,
pero encantados por ti, desconfiamos
de tus flancos cansados y de tus dientes
agudos y semidescubiertos,
vieja osa.
Una piña: vuestro mundo.
vosotros: sus escamas.
Yo la muevo, la hago rodar
desde los abetos del principio
hasta los abetos del final,
la resoplo, la pruebo en la boca
y la agarro con las zarpas.
Ya tengáis miedo o no lo tengáis,
pagar la limosna y dadle
al ciego una buena palabra,
para que sostenga a la osa de la correa.
Y sazonad bien los corderos.
Podría ser que esta osa
se soltara, no amenazara ya más
y corriera tras todas las piñas caídas
de los abetos grandes y alados
que cayeron del paraíso
[1] Socióloga. Investigadora de la UAN, lpacheco@uan.edu.mx







