Tocan la Marsellesa
mientras los escaparates
los miran en su rebelión.
El siglo apenas empieza.
LCP
Jóvenes franceses protestan por la falta de maestros, el deterioro de las escuelas, la mala calidad de la educación. Muy pronto, esa protesta por asuntos puntuales se convierte en una inconformidad por el futuro de la juventud.
¿Por qué las democracias no pueden solucionar las problemáticas de las generaciones presentes? ¿por qué son los jóvenes quienes se rebelan? ¿por qué la furia con que se expresan los manifestantes?
Las democracias están atrapadas en la avaricia de los mercados capitalistas. Todos los días vemos los destrozos ocasionados por el afán de las ganancias ilimitadas para muy pocas personas del mundo: apropiación de los mejores recursos, contaminación de las aguas, extracción de minerales, destrucción de la naturaleza, envilecimiento de las personas. Todo, con tal de concentrar riqueza en una espiral de lo absurdo.
Las democracias son frágiles ante el poder económico desorbitado. La democracia es un esquema que permite seleccionar autoridades para el relevo del poder, pero no necesariamente, es un mecanismo para resolver los problemas que la concentración de riqueza ocasiona. Eso corre por otro lado. Por eso, las democracias no pueden contener en su interior, la solución a los problemas que plantea el ritmo de las ganancias de la economía actual.
El mundo se va dividiendo en población desechable, la mayoría y en población productiva, la minoría. Las migraciones de los países pobres a los ricos en todo el mundo, son este residuo de los deseos obscuros de la acumulación.
¿Por qué son los jóvenes los que se rebelan? Son los jóvenes quienes se rebelan porque perciben las inconsistencias del mundo adulto. Han dejado de estar atrapados en el juego de la infancia y todavía no se instalan en el mundo adulto del trabajo, la responsabilidad ciudadana y la formación de nuevas familias. Generalmente, ese salto lo hacían de la mano de la educación, lo que les permitía abrirse paso en el ámbito laboral. Hoy el paracaídas de la educación está roído, el mundo del trabajo se desmorona tal como se estructuró durante el siglo XX y la participación política ha dejado de ser el ámbito de la construcción de colectividades para la mejora de todos.
Las rebeliones juveniles muestran las falacias de la sociedad. Desnudan los principios democráticos para mostrar las hipocresías de izquierda y de derecha. Las rebeliones protagonizadas por los jóvenes son descargas violentas y renovadoras que buscan acabar con un equilibrio falso y envejecido. A su modo, anuncian un nuevo comienzo
Octavio Paz en El Laberinto de la soledad, dice que solo la juventud tiene la posibilidad de rebelarse, la niñez está atrapada en el juego, mientras los adultos están atrapados en el trabajo. Solo los jóvenes tienen la posibilidad de protestar porque la juventud es el tiempo que se abre a lo nuevo. Al no estar sepultados en la rutina institucionalizada, pueden encarnar la posibilidad visceral de reinventar la sociedad, romper el tiempo cotidiano para buscar otro vínculo.
La juventud abre las preguntas porque son conciencias que interrogan. Protestan por futuros inciertos, porque están aludiendo a la falta de lugar en el mundo que los excluye. Han dejado de creer en las promesas del futuro.
¿Por qué la furia? ¿por qué atentar contra edificios históricos? ¿por qué el saqueo a negocios de las marcas más prestigiosas del glamour francés? Es cierto, la protesta parece excesiva. Los jóvenes atacan negocios no porque el negocio en sí sea el culpable de su situación, sino porque el aparador exhibe lo inasequible: lo que nunca podrán tener en el futuro precarizado que les espera. El aparador es una ilusión. Las ilusiones o las rompemos para volver a la realidad o las perseguimos como horizontes del futuro. Hoy, las rebeliones juveniles, deciden romperlas.
Es, sin embargo, el poder del Estado el que contesta para devolver el orden del desorden.
La rebelión juvenil nos asusta por su furia, por la aparente fiesta del fuego y del saqueo. Actos violentos que en su fuerza muestran el mosaico sincrético que está detrás. El país donde se incubó la revolución francesa hoy abre el abismo de las pasiones; convoca a la búsqueda de algo más allá; un lugar más profundo que los intereses económicos signados por las marcas y sus prestigios. Es la explosión de una realidad histórica que asfixia a la humanidad. Es una ruptura.
Puede ser, también, la revelación de la necesidad de reconciliar la ciencia la tecnología, la cultura con la construcción de un paraíso anunciado por la democracia, pero que, en este momento, ningún partido, ningún gobierno, ningún líder, puede volver a convertirlo en ilusión.
Finalmente, un poema de Eduardo Galeano
Fuego en la sangre
Llevan el viento pegado a la camisa
y un grito tibio atorado en la garganta;
no entienden de cadenas ni de prisa,
solo del pulso salvaje que los canta.
Quieren romper el molde de la herencia,
pintar de rojo las paredes grises,
cambiar el orden por la desobediencia,
sembrar el cielo sin pedir raíces.
Se les desborda el pecho de preguntas,
tienen el mapa roto entre las manos,
las rebeldías y las dudas juntas,
buscando a tientas otros seres humanos.
Que nadie apague esa chispa ardiente,
que el tiempo ya vendrá con su medida:
hoy son tormenta limpia y transparente,
mordiendo con coraje la marea de la vida.
Socióloga. Investigadora de la UAN, lpacheco@uan.edu.mx







